Toda la actualidad y noticias sobre el trabajo y vuelta al mundo en bicicleta del fotógrafo humanitario Joseba Etxebarria.

Nacida para ser libre | Sahara




Tierra áspera. Nobleza. Luz cegadora y horizonte. Miradas sin dramatismo. Humanidad. Tierra ocupada. Corazones libres.


Domingo 14 de abril. Siete menos diez de la mañana. Hemos entrado en Sáhara Occidental.




Mi idea era cruzar la línea divisoria por la tarde pero una gran duna, a escasos cinco kilómetros de ésta, se presentó invitándonos a acompañarla esa noche. Mi compañera está de acuerdo, retrasamos unas horas la entrada en la Tierra que clama Libertad.


Se trata de la única gran duna accesible y en forma de “L” que puede protegernos del viento. Al otro lado de la tranquila, estrecha y maltrecha carretera, un mar de ellas, pero están demasiado lejos y el terreno es arenoso. Toca empujar a mi compañera más de trescientos metros hasta llegar al rincón que previamente había ojeado.


Es temprano aún y ya tenemos el campamento montado. Cámaras en mano, subo hasta lo más alto de nuestra generosa amiga. Libertad se queda vigilando de nadie nuestra jaima mientras observa detenidamente la ascensión. La música, como siempre en estos casos, también me acompaña. Generosa, nuestra anfitriona me regala unas impresionantes vistas desde la parte más alta de su joroba. El silencio como condimento al atracón. Abajo, mi compañera, que no me pierde de vista. Hay conexión. Este es uno de esos muchos momentos en los que uno se siente egoísta como nadie; lo tengo todo y no puedo compartirlo con aquellos que quisiera. Fotos, tomas de vídeo y memoria. Podemos hacerlo un tiempo después.



En nuestras alforjas tenemos arroz y media cebolla, y mientras degusto la paella típica de este viaje, Libertad espera impaciente a que le suelte prenda sobre el momento vivido arriba. -Tenemos tiempo, amiga, ahora toca engañar un poco al estómago-.



Hasta aquí, todo perfecto.


Tres de la mañana y el viento ha cambiado de dirección. Nuestra amiga, aún queriéndolo, no puede seguir protegiéndonos. La ventisca entra en la “L” por un lateral y con ella toda la arena que le cabe en las garras. La tienda se infla dejando el espacio libre para que ésta atraviese la mosquitera y entre como Pedro por su casa. Dentro, en pocos segundos, una nube me obliga a anudarme la funda de la colchoneta en la cabeza ya que es imposible respirar sin ella. Salgo rápidamente para quitarle a Libertad la funda de plástico que, al inflarse como la tienda, la está ahogando. No es suficiente y tengo que elegir entre ella o la tienda; mi amiga es lo primero. Rápido le desprendo de las alforjas, la tumbo sobre la arena, le coloco el plástico como puedo y amontono a estas sobre ella. Con la luz de la linterna que llevo en la frente apuntando a la tienda, veo que dos de las clavijas se han soltado, el sobre techo campa a sus anchas y se puede desgarrar. Como puedo, tiro del resto de clavijas a la vez que voy trabajando un enorme bolillo con la segunda piel de nuestra jaima. El criminal viento no da tregua y en pocos minutos se han amontonado casi tres centímetros de arena en el interior. Las flexibles varillas dan hasta donde dan y tengo que soltarlas también. Sin reparar en el desorden, me protejo como puedo detrás de mi compañera y el montón de alforjas sin soltar el manojo de tienda que tengo en los brazos. La arena se me está clavando como alfileres. Apago la luz porque asusta tenerla encendida. Toca esperar a que amanezca. Más de dos interminables horas.


Lo que había comenzado como una perfecta despedida de Marruecos, en tan solo veinte minutos se había convertido en la pesadilla que me haría dormir en alerta hasta bien entrados en Senegal.



Una gasolinera aún cerrada, pero es una gasolinera y necesito desprenderme del rebozado que llevo. Mientras espero a que llegue quien deba llegar, organizo el desbarajuste que tenemos montado. Poco más tarde, un coche con cuatro ocupantes llega al sitio; el hombre de la gasolinera, el del desangelado bar y dos amigos de éstos que serán los encargados de mal informarme sobre la ruta y las opciones de agua que tenemos durante la misma. También de ser los anfitriones de un desayuno a base de té, cómo no, pan y aceite.


-Sí, estás en Sahara ya-, me confirman.


-No tienes agua hasta algo más de cuarenta kilómetros-, me mal informan en un claro español.


Aseados mi compañera y yo, y sacudida la tienda en condiciones, volvemos a ponernos en ruta hacia Esmara. El fuerte viento no nos ha abandonado en ningún momento, pero esta vez nos empuja en vez de destrozarnos. Paramos en el primero de los treinta y ocho controles policiales en Sahara. Aún no estamos hartos de estos y lo pasamos dejando atrás un buen rato con los dos gendarmes.



Treinta, cuarenta, cincuenta kilómetros y vemos menos posibilidad de agua que la primera pareja de camellos con los que nos cruzamos en ruta. Estamos sin suministro desde hace más de hora y media y el sol trabaja cada vez con más energía. El aire es asfixiante y consigue que mi lengua se pegue al paladar, y este, a su vez, a la única neurona que me queda. Veinte kilómetros más y nos damos de frente con un pequeño pueblo. Los amigos estaban equivocados, no eran cuarenta sino setenta los kilómetros que nos separaban del ansiado líquido. Allí, en una pequeña casa, me sacan una garrafa de cinco litros con agua helada, a la que me abrazo como un niño a su peluche en la cuna. La familia me invita, como siempre sucederá en este país, a pasar la noche con ellos, pero necesito descansar y rechazo la invitación. Haberla aceptado hubiera supuesto someterme a una nueva y larga entrevista y mi cuerpo no estaba para tal labor. Hoy no, lo siento.


Como por arte de magia, ese agua me da fuerza para pedalear con energía hasta Esmara. Un total de ciento treinta y cinco kilómetros desde que nos despedimos de la duna. El viento, seguro arrepentido de la noche regalada, continúa de nuestra parte y hay que aprovechar el momento. Los gendarmes vuelven a darnos el alto antes de entrar en la ciudad y pocos metros después lo hace también la policía. Comienzo a fruncir el ceño.


-Es por tu seguridad-. Esta será la frase que más veces escucharé en el país y a la que siempre responderé de igual forma: -Este país lo forma buena gente, no hay problema con mi seguridad. La cosa es que a vuestro rey le encanta controlar a todo el Mundo que entra en esta Tierra-.



El motivo por el cual nos desviamos de la costa por unos días y llegamos hasta Esmara no es otro que acceder al campo de refugiados, pero me indican que tampoco puedo llegar desde allí, que debo entrar en Mauritania para subir hasta Argelia y entrar en Tinduf, casi nada, así que mi ánimo se desploma como un árbol al recibir el último hachado, y me dirijo, sudado y con la camiseta perfectamente teñida del color del desierto, hacia el campamento del ejército marroquí que además de liarse a porrazos y pelotazos con los saharauis cada poco, protege, no sé de quién, a los operarios de la ONU que “trabajan” en la zona. Cuatro kilómetros empujando a mi compañera por una impracticable pista empedrada.


Trescientos metros antes de llegar, dos soldados comienzan a darme el alto con los brazos en alto, pero continúo empujando a Libertad hacia ellos. Estos insisten y yo también, lo que hace que nos saludemos a medio camino. Mientras hablo con ellos como puedo, veo a otros atrincherados y armados hasta los dientes a ambos lados de la pista, y a otros tantos de igual forma pero dentro de “su territorio”, en lo alto de una pequeña loma. Defecto profesional; mis ojos trabajan de forma independiente, en muchos casos, aún suplicándoles un descanso. Sin llegar a los cinco minutos, puedo contar hasta catorce soldados alrededor mío. Uno de ellos armado y con cara de pocos amigos. El de mayor rango, de no más de treinta años y último en llegar al sitio, se presenta en un perfecto español.


-No puedes estar aquí, es zona militar y está especialmente protegida-, me dice.


-Pues ya ves qué hora es y los minutos de luz que me quedan. Venía a charlar con alguien de la ONU para, además de solicitar información sobre el campo de refugiados, pedir el favor de pasar la noche aquí-, le respondo sin perder de vista a los antes mencionados.


Este llama desde su móvil a no sé quien diciéndole no sé qué y al terminar la charla me dice que mis intenciones, ambas, son imposibles.


-Bueno, ¿pero no puedo hablar directamente con alguno de ellos?-, le pregunto a sabiendas de la respuesta que voy a recibir. Mientras, le muestro el amplio dossier que llevo encima donde se recoge toda la info sobre el proyecto, además de entrevistas y fotografías.


-Espera que llame al boss a ver qué me dice-. Momento para fotografiar mentalmente todo lo que se mueve y lo que no. Mientras mis ojos y memoria trabajan, un 4×4 que no resulta ser dieciséis sale de la zona militarizada. Cuatro desgarbados soldados con más polvo encima que el que llevo yo, se suman a la callejera reunión.


-Estamos todos-, le digo al nuevo amigo cuando termina la conversación telefónica. Este se ríe y me dice que dentro quedan otros ochocientos. También que el gran jefe está en camino.


-Si no te permiten pasar la noche aquí, que será lo más probable, te vienes a mi casa, te duchas, cenas y duermes tranquilo, y ya mañana continúas camino-.


Mientras esperamos la llegada del boss, cuento dos 4×4 blancos con una enorme antena en el frontal, nuevos e impolutos, que salen del recinto a toda velocidad levantando una polvareda de escándalo. Una persona en cada vehículo. En las puertas delanteras se lee claramente UN. Ni saludan a los soldados a los que han tintado un poco más de lo que ya están, ni a mí, pero fijan su vista en Libertad, eso sí. Pocos minutos después, otro vehículo de igual calibre entra con las mismas prisas con las que los otros han salido. En este viajan cuatro personas de alto nivel dadas sus vestimentas. Dos mujeres y dos hombres. Estos tampoco se paran a preguntar si necesito un apósito o una fabada asturiana. En fin, es lo que toca pero que no debiera ser así, dado que ellos también acostumbran a beber cuando tienen sed.


Antes de pasar la media hora, un nuevo 4×4 que sí resulta ser dieciséis, llega al sitio. El jefe, el subjefe y el machaca de estos me estrechan la mano. Intento explicarles el motivo de mi visita pero no me dan tiempo.


-Me dicen que quieres hablar con alguien de la ONU además de pasar la noche aquí y ni una ni otra puede ser, pero tranquilo que yo te pago una habitación en el hotel de un amigo-, me dice el boss a través de mi amigo el sargento y sin darme tiempo a pestañear.


-No se hable más-, me digo por lo bajines.


-Ni pestañees, Joseba-, siento como me dice Libertad.


Vuelvo a empujar a mi compañera los mismos cuatro kilómetros de la ida y, tras pedalear un par de ellos más, llegamos al hotel que no resulta ser tal. Se trata de una vieja pensión sin agua y sin servicio, pero con un pequeño lavabo fuera y con un viejo catre en una sucia habitación de no más de seis metros. Pero el habitáculo tiene cuatro esquinas y en una de ellas, alguien generoso, ha dejado un pequeño balde sumamente importante para estos casos. Como siempre digo llegados estos momentos: “A caballo regalado no le mires el juanete”.


En el mapa había visto, desde hacía días, que el trayecto hasta El Aiún iba a ser, cuanto menos, complicado. Y no iba muy desencaminado… Unir Esmara con la capital iba a regalarnos nuevos amigos, sí, pero también sol hasta derretirnos y un viento frontal bestial. Cosas del desierto.


Comenzamos a subir hacia el noroeste, según el mapa.



El primero de estos cuatro días fue casi perfecto. El viento soplaba de espaldas a ratos y del lado derecho otros tantos. En pocos kilómetros habíamos subido hasta una gran meseta tan plana como la memoria de Rajoy. Por momentos, las vistas que tengo a mi izquierda me obligan a realizar paradas para observar, en la quietud, aquello hasta donde mi vista da de sí. Un mar de arena y piedras. Una Tierra nacida para ser libre. Sin coches en una estrechísima carretera de poros abiertos. No hay gente, ni agua. No hay casi vida, pero la poca que hay puedo sentirla en mi piel y emocionarme cuando llega a calar dentro. Sin apenas darme cuenta de lo pedaleado, cuando más centrado estoy en mi mundo, el cuerpo comienza a avisarme.


-Compañero, vete pensando en elegir el sitio donde pasar la noche-, siento cómo me dice a través de los músculos.


Aún tengo bien fresca en la memoria la noche pasada y pedaleo y pedaleo hasta encontrar un lugar a resguardo que no llega. Ese aviso que me han dado me obliga a dejar de volar y me coloca nuevamente sobre el suelo que peleamos. No queda mucho tiempo de luz y no aparece el rincón que nos dé tranquilidad, pero en la única colina con la que nos tropezamos en los sesenta y siete kilómetros de la jornada, una gran antena de telefonía se estira orgullosa cual torre Eifel. Debajo de ella veo un muro que cubre su perímetro. -¡Estamos salvados!-, pienso en alto para todo el grupo. Según me voy acercando, veo a un hombre con ropa de militar y un pequeño perro que sale en mi busca seguramente creyendo ver alucinaciones. Hassan es el primero de los salvavidas que encontraremos en esta Tierra. Junto a él y su pequeña y juguetona compañera, pasaremos la noche. Antes un buen té en tres pequeñas dosis con el que dar comienzo a cada nueva amistad a partir de entonces.


Con el desayuno a base de té, pan y aceite, como es costumbre aquí, damos comienzo a tres devastadores días en lo que a desgaste físico se refiere. Tres jornadas de soledad absoluta y fuerte viento frontal hasta llegar a El Aiún. Largas distancias en las que, de no controlar la cabeza, pueden convertirse en jornadas infernales, pero las salvamos gracias también a Hassan, Said y su familia que dicen pertenecer al Frente Polisario, a Fdaili, su mujer y sus pequeños. Todos empujan a su manera para que esto continúe adelante.



Llevo varios días con la cabeza trabajando en una decisión que creo debo tomar y esta no me permite centrarme, como debiera, en lo que he venido a hacer. Me pongo duro conmigo mismo mientras pedaleo y prácticamente dejo sentenciada la decisión. Yo a lo mío, otros a lo suyo. Aunque no será hasta unas semanas después cuando dé a conocer mi decisión y los claros motivos de esta.


Y llegamos a la capital, abatidos y con quemaduras de consideración en algunas zonas del cuerpo. Allí aparece Mohamed, sin más, en medio de una larga avenida que me da la sensación de sobrarle espacio o de faltarle gente por algún lado. Esta da entrada a la ciudad. Mi generoso amigo también habla un perfecto español.


-¿De dónde vienes alma de cántaro?-, a la que respondo con una larga carcajada. Por un momento, éste consigue que el agotamiento desaparezca, pero no la sudada que llevo encima.


-¿Y esa expresión, de dónde la has sacado?-, le pregunto aún con lagrimones en los ojos.

-Muchos años trabajando en España, hermano. ¿Qué te traes a esta tierra? ¿Has comido?- Y juntos, yo sudado hasta las uñas y él con su camisa de manga corta y cuadros grises, nos sentamos en una terraza en el centro de la ciudad a comer un pollo con patatas. Un refresco de cola acompaña el menú.


-Joder compañero, ni me acuerdo cuándo comí esto por última vez-, le comento.


El camarero, por si fuera poco, adorna el centro de la mesa con una ensalada que tiene un poquito de todo, o es lo que a mí me parece. Salsa de tomate y mostaza a ambos lados. ¡Atracón al canto!


En cada conexión que puedo hacer a internet, siempre me encuentro un correo o mensaje privado especial. Siempre. Con frecuencia, amigas que siguen el viaje desde hace tiempo y con las que tengo un grado alto de confianza me cuentan cómo les va la vida, otras y otros muchos dando ánimos de forma muy emotiva, algunas creyendo muy necesario lo que hacemos y empujando en forma de colaboración con el proyecto. Pero ese día, un correo entre todos ellos trajo consigo la confirmación de un amor eterno.


Volvemos a volar, pero esta vez hacia el sur. Por la costa rumbo a Boujdour.


Decido abandonar la cansina carretera y adentrarme un poco más en el desierto donde me doy de bruces con dos grandes jaimas.



Allí está Ahmed junto a su hermana y hermano pequeños. Como siempre sucede en este territorio, persona que encuentras en los alrededores, aunque estés a varios cientos de metros, persona que te invita a compartir con él todo lo que tiene. Sea lo que sea durante el tiempo que haga falta. De su boca vuelvo a escuchar la palabra Libertad en varios momentos de los tres tés.


-Pues trabajo en el mundo de la fotografía y estoy viajando por el Mundo intentando hacer algo para que la vida de un puñado de pequeños cambie de una vez por todas. No sé si con esto conseguiré algo pero me hace sentir bien y me consta que a otros también les hace igual de bien. Digamos que trabajo de una forma un tanto especial por sus Derechos-, le respondo a la pregunta de ¿a qué te dedicas?


-Mi padre y mi madre están con el rebaño de ovejas y vendrán dentro de un par de horas, cuando el sol comience a caer. Si quieres, podemos ir a buscarles y les haces unas fotos-, me propone cuando le digo que mi especialidad es inmortalizar miradas.


Tengo un buen presentimiento y este termina por confirmarse cuando llegamos, en el viejo Land Rover, y conozco a nuestros nuevos anfitriones Hussein y Ahlaila, su mujer. Desde el primer momento, mi viejo amigo y yo conectamos a fondo. Habla bastante bien español ya que sirvió en el ejército del retorcido Franco durante un tiempo. Este se ofrece a ser retratado cuando descubre el motivo de mi viaje. Fotos y tomas de vídeo que a los pocos días ya verían la luz en este blog.


La noche con Hussein y su familia fue una de las más emotivas que he vivido en estos seiscientos días de andanzas por el Mundo. Y he vivido unas pocas ya…



Volvemos a la ruta a primera hora de la mañana y tras una larga jornada con viento de frente, damos con Brahim, otro curioso amigo con el que pude volver a soltar varias carcajadas. También momentos con buena dosis de emoción.


-¡Qué alegría que hayas parado! Además eres español. Llevo muchos años intentando que alguno pare, pero nada. Eres la primera persona que lo hace en los doce años que llevo aquí metido-, me aclara mientras comienzo a notar el característico nudo en la garganta que me acompaña en este viaje y a veces no me deja respirar.


Brahim es un hombre de setenta y un años que vive hacinado en una pequeña jaima que se cae a trozos. El viento es perenne también aquí y su pequeña vivienda pocas embestidas más puede soportar. Él me lo confirma.


Mi raquítico amigo también formó parte del ejército del indeseable.


-Mi mujer vive a las afueras de Boujdour con nuestras cincuenta ovejas. No tenemos hijos porque nunca hemos podido permitírnoslo. El dinero que estas dan no nos llega ya que la leche que dan es mínima, no como en España que las ovejas están gordas y dan dinero para vivir, supongo-. Esto termina por derrumbarme y tengo que salir de la jaima para respirar un rato. Mi amigo se ha dado cuenta y sale detrás a ver si estoy bien. Me pide disculpas.


-No tienes por qué preocuparte porque aquí gano doscientos setenta euros al mes y con ello llevamos años saliendo adelante-, termina.


-Me duele que alguien que desea tener hijos no pueda sentirse realizado por culpa del maldito dinero, pero anda tranquilo porque estoy bien-, le miento desde fuera del desastroso amasijo de telas.


-He llegado a ponerme en medio de la carretera con los brazos levantados, delante de las grandes auto carabanas, para que paren y poder invitarles a té y a charlar un rato, pero no hay forma de que hagan un alto, siempre me esquivan. Siempre tienen prisa o será porque pensarán que estoy loco-. Mi querido amigo cambia de tema y consigue ponerme por un momento en situación soltando la primera de muchas carcajadas en su compañía.


-¡Qué grande eres, amigo mío! Y encima sabes sacar tiempo para el cachondeo-, le respondo sin haber terminado de reír.


-Te vas a quedar a dormir, ¿no?-.


-Por supuesto-.


-Voy a echar las redes a ver si hay suerte y mañana recojo algo. ¿Me acompañas?-, me invita.


Después de caminar casi un par de kilómetros y bajar un pequeño acantilado con unas vistas capaces de quitar el hipo a quien lo tenga, nos adentramos en el mar unos ciento cincuenta metros y le ayudo a desenredar su vieja red de plástico negro y verde. Un precioso momento que guardo con especial cariño en la memoria.


Mi amigo es poco dado a la cocina, le pasa como a mí, y me toca preparar la especialidad de la casa: arroz con cebolla, pero en esta ocasión también tenemos tomates. Este, además, tiene algo de aceite como buen saharaui que es. Poco después, tras una bonita charla, me quedo dormido en el suelo, a su lado, como si fuera el hijo que no pudo ser.


Grande, amigo. Grande.


Una nueva lección la que, con mucho respeto, cargo en las alforjas.



Y llegamos a Boujdour, donde un nuevo Ahmed, este un poco mayor que el anterior, me invita a su casa a cenar y me da a elegir entre pasar la noche con ellos o en la pequeña pensión de un amigo que, en este caso, ambos resultan ser verdad. Me avisa que desde la pensión puedo acceder al wifi de la cafetería que regenta en la acera de enfrente.


-Llevo varios días recogiendo bonitas historias y necesito trabajarlas, Ahmed–, le respondo sinceramente.


Mi buen amigo, este que resulta dar trabajo a dieciocho personas y ser un padre ejemplar por lo que veo en la relación con sus hijos, me presenta a Mohamedu; su mejor acompañante de vida. También a su mujer. Poco después, tras una pequeña charla, Mohamedu pasa a ser el segundo en Boujdour en ofrecerme su ayuda. Esta extra. Al final resultan ser dos noches en vez de una las que paso en la pensión.


-Mañana te veo en la cafetería para desayunar-, me dice Ahmed antes de dejarme marchar a darme una deseada ducha y trabajar un rato.


Dos días en la ciudad intercalando el trabajo y las relaciones con la gente de la zona.


Tres malienses me indican en ruta que en su país, el problema del conflicto armado entre Francia y los “rebeldes”, está a más de mil kilómetros al norte de Bamako, la capital. Me dejan claro que por donde tengo pensado pedalear no existe problema alguno. Soplo y resoplo varias veces.



Unos kilómetros más adelante, concretamente dos días después, paso la noche junto a un hombre, en un pequeño habitáculo de una pequeña central depuradora de agua, que resulta ser el polo opuesto a todos los anteriores. Una persona que, a los ojos de la gente, pasa por ser alguien con muy pocos recursos, incluso me pide ayuda en forma de moneda, y resulta ser un tratante de viajeros en toda regla, propietario de tres chalés nuevos en la zona residencial y deshabitada que hay al otro lado de la carretera. Todo un personaje el hombre.


La noche siguiente, Otmane sacrificó un gallo para celebrar mi visita. Era el único que tenía. Esa noche la pasamos entre risas a cuenta del gallo que resultó ser el más duro en varios kilómetros a la redonda. Vaya vaya con el gallo…


Pedalear en Sahara, además de molerte, te ofrece cosas tan increíbles como poder escribir, en mitad de la nada y mientras miras al horizonte, una bonita carta a tu madre. Te quiero, pelona.


Esta Tierra también me regala mañanas en las que despierto con una sensación de paz que intento dure todo el día. ¿O será que me estoy haciendo viejo queriéndolo?


Una gasolinera y una mezquita dentro en forma de habitación verde pistacho. Una noche más a cubierto fuera del alcance de nuestro único enemigo; el viento.


Otro Brahim, que no resulta ser ninguno de los doce anteriores, se dirige al campo de refugiados de Tinduf en un viejo todo terreno y me ofrece la posibilidad de acompañarle y pasar unos días con él y su familia, al completo dentro de unos de los campos desde hace años.


-Ves cómo llevo el coche, pero intentaremos meter la bicicleta de alguna manera-, me propone.


Aún quedan cien kilómetros para llegar a la frontera con Mauritania. De ahí tendríamos que subir hasta Argelia para llegar al campo donde está su familia, pero esto no supondría problema alguno. La cosa está en que luego debería volver pedaleándolos y estamos hablando de más de mil kilómetros, echando las cuentas a voleo.


–Amigo, hace unos días me metí una pechada para intentar llegar al campo y me vine abajo al ver frustrada la posibilidad. Además son un buen puñado de kilómetros-, le digo con más pena que otra cosa.


-¿Dónde vas a pasar la noche?-, me pregunta.


-Pues no tengo ni idea, pero como todas las noches, siempre aparece el lugar indicado. No suele preocuparme demasiado la cosa si el tiempo acompaña-, respondo.


Sin vacilar, Brahim mete la mano al bolsillo de su pantalón y me da dinero para pasar, no una, dos noches en el pequeño hotel de carretera que hay junto a nosotros.


Así, sin más ni más, la vida te va presentando personas con muy diferentes historias pero con algo en común: ganas de apoyar para que las historias de otros comiencen a tintarse de varios colores. Lecciones de Humanidad en toda regla.


El último día en Sáhara Occidental lo pasamos pedaleando, para no variar, pero esta vez intentando digerir los momentos vividos y unirlos de alguna manera para que tú también puedas llegar a dormir junto a Brahim o hablar con Hussein sobre su amada Tierra, o escuchar ladrar a la pequeña compañera de mi amigo Hassan. O simplemente sentir la caricia de la vida en los brazos. También, ¿por qué no?, que vivas una noche en medio de una ventisca.


Un tanto emocionado, además de cansado, llego a la línea de frontera de Marruecos, para mí de Sahara, y escucho la absurda pregunta que resulta ser la misma en todas las fronteras: -¿A dónde vas?-. -A New York-, siempre es mi respuesta. El resto del equipo pasa la línea conmigo. Seis kilómetros empujando a Libertad en la mal denominada Tierra de nadie y entramos en Mauritania, donde la policía de frontera me invita a pagar un soborno de 50 euros. Donde conozco a Arturo, propietario de Atar Expeditions y culpable de mi llegada al orfanato NAD; un nuevo rincón de este Planeta donde viviremos dos semanas emocionados hasta las pestañas. Un lugar donde desafiaré a mi buena amiga la vida por su injusto trato con la pequeña Meyja. Donde me comprometeré una vez más.



Atrás dejamos un pequeño trozo de Tierra donde, los que la forman y aman, no hablan de independencia sino de Libertad. Primer Derecho a respetar.


Miércoles, 1 de mayo. Una menos cuarto de la tarde. Hemos entrado en Mauritania, la tierra que me pondrá a prueba una y otra vez.


Pero eso es otra historia.



Cómo apoyar el proyecto solidario Hacia el Sur, la vuelta al mundo en bicicleta del fotógrafo humanitario Joseba Etxebarria.

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Defiendo la honestidad, la equidad y la justicia como base de cualquier labor humanitaria.

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  • Joseba Etxebarria Photography
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