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Viajar por el mundo: El postureo del viaje en redes sociales

Viajar por el mundo: El postureo del viaje en redes sociales

Hay momentos en los que cuesta mantener la mirada en la pantalla. Hoy ha sido uno de esos días. Vengo de compartir la mañana con algunos de los niños del programa de educación del que soy responsable. De comprobar sus esfuerzos, de compartir sonrisas, de aprender algo más y de ver la cruda realidad de un entorno que trabaja duro por mantenerse vivo. Cansado pero sonriente, he llegado a mi pequeño refugio camboyano, he abierto mi ordenador y al conectarme a internet, el contraste me ha abofeteado nuevamente la cara: un aluvión de creadores de contenido compitiendo por el ángulo más idílico, el baile más ridículo o el filtro más idóneo para seguir mendigando seguidores. Si hablo con el filtro de la corrección política, desde los valores y principios que guían mis más de 8 años de ruta y otros tantos de fidelidad absoluta a la causa, miraría a los ojos a toda esa generación del postureo digital y les diría: "Decidisteis ser el pasatiempo para muchos en vez de la esperanza para una mayoría". El gran engaño de la era del "Like". No busco lanzar una crítica vacía, sino dar un toque de atención que considero imperioso. Nos hemos vuelto locos. Hoy en día se premia, y se da un apoyo visual masivo, a quienes viajan con el único propósito del beneficio personal, el dinero y la fama, mientras se invisibilizan las realidades que de verdad duelen. Viajar por el mundo no es acumular banderas en un perfil de Instagram. Tampoco vender una felicidad empaquetada. Viajar por el mundo, al menos como yo lo entiendo, es una responsabilidad. Hace años asumí el compromiso de no mirar hacia otro lado ante la situación de muchos. Decidí que mi cámara de fotos no sería un juguete para ganar aplausos, sino un altavoz para documentar la dignidad humana de las comunidades que gran parte del mundo parece haber olvidado. Y eso implica bajarse de la bicicleta, comprometerse y, a veces, detener el viaje. La realidad frente al filtro: El valor de un compromiso. Mientras el postureo digital vende humo, la realidad sobre el terreno no espera a que los algoritmos decidan qué es tendencia. Mi compromiso no es de postal; se llama Alas para el futuro. O Meyja, Joseph, Lamin, Bharati, Tiare o Quico... Tras verme obligado a cerrar las puertas de Human Gallery en Battambang, debido al impacto del cierre de la frontera entre Camboya y Tailandia, mi prioridad absoluta sigue intacta: mantener la estabilidad y la educación de estos nueve chavales que tenemos a nuestro cargo en el programa. Podría haber elegido el camino fácil: usar las redes para pedir, sumarme a la corriente de la queja pública o mercantilizar las necesidades de estos niños, pero en 2009, mientras preparaba el Proyecto Voice, me hice una promesa inquebrantable: jamás llorar a la gente para sacar un beneficio de ello, fuera cual fuera la razón. Creo firmemente en tocar los corazones sutilmente a través de la acción y la coherencia, no a través de la demanda. Mi única vía para sostener este proyecto ha sido, es y será, la pureza de mi fotografía y la confianza en que las personas que descubren labores honestas, decidan no mirar hacia otro lado. Aishwarya en su pequeña escuela de la región de los Annapurna, Nepal Volver a lo Humano. No se trata de ir a contracorriente por el simple hecho de rebelarse. Se trata de recuperar el alma de las cosas. La tecnología y las redes sociales son herramientas maravillosas si se usan para construir puentes, para acercar mundos y para recordar que, detrás de cada frontera cerrada, hay vidas, nombres propios y futuros que merecen una oportunidad. Vendemos nuestra atención al diablo del algoritmo. No invirtamos nuestro tiempo alimentando un postureo vacío que solo busca el aplauso egoísta. Cuando miréis una pantalla, buscad la verdad. Apoyemos visual y humanamente a quienes usan sus pasos para sumar positivamente al entorno que pisan. O al menos para intentarlo. Yo, por mi parte, seguiré haciendo lo que debo aquí en Battambang hasta que el 2 julio mi otro compromiso y la ilusión me devuelvan a la ruta, rumbo a La India. No para sumar kilómetros, ni para buscar los mejores ángulos que me sumen seguidores, sino para escuchar historias reales y mantener en el tiempo sus miradas. Hagamos de este mundo digital, por fin, un lugar de encuentro para lo verdaderamente HUMANO.

Gracias por manteneros cerca. Amanecer en el Golfo de México Viaje

Esclavitud moderna: Tres noches en la cantera | La India

Esclavitud moderna: Tres noches en la cantera | La India

Me encontraba en Maharashtra, un estado situado en el área central occidental de la India. Unos días antes había dejado atrás la caótica ciudad de Mumbai, donde conviví en la calle durante dos días con cuatro menores en situación de exclusión. Siguiendo la ruta de mi vuelta al mundo en bicicleta, había puesto el ojo, como casi siempre, en el extremo sur del país: concretamente en la ciudad de Kanyakumari. Pedaleando por una carretera en muy mal estado, coincidí con una familia que realizaba labores de reparación sobre el maltrecho asfalto. Varios de los trabajadores eran menores de edad. Paré durante unos minutos con la idea de preguntarles si sabían de algún lugar tranquilo en la zona donde pudiera acampar esa noche. Me indicaron que había un pequeño sendero a la izquierda de la carretera, a unos dos o tres kilómetros. Este camino me llevaría a una gran cantera, que era de donde procedían los montones de piedras repartidos por el asfalto. Allí pasaría tres difíciles días entre más de un centenar de almas sin vida, sin expresión en sus rostros y sin esperanza alguna. Esclavitud moderna Familia realizando trabajos de reparación en la carretera. Un refugio equivocado y un aviso a contrarreloj. Localicé el camino y, un poco más adelante, la cantera. La familia me había comentado que era un lugar tranquilo, lo que me hizo pensar que se trataba de una explotación abandonada o sin servicio. Pero nada más lejos de la realidad... Al llegar, coloqué a Maravilla a buen resguardo detrás de un muro natural de roca y comencé a caminar para localizar el mejor rincón que nos permitiera descansar unas horas durante la noche. Lo encontré entre un mar de piedras, grandes rocas y polvo. Con la tienda ya montada —no sin antes haber preparado bajo ella un colchón natural de pequeñas piedras para cubrir las puntiagudas rocas clavadas en el suelo—, escuché una voz. Desde lo alto de una pequeña colina de roca blanca, un hombre me gritaba mientras agitaba los brazos de un lado a otro. —“Boommmmmm boommmm, nooooo”—, me decía sin dejar de cruzar los brazos en alto. Al hacérsele imposible descender hasta donde yo me encontraba, decidí acercarme a él tanto como las grandes rocas me lo permitían. —“Boommmmmm boommmm”—, insistía el buen hombre a la par que me señalaba el camino por el que había entrado una hora antes. No habrían pasado ni cinco minutos cuando dos hombres, en un considerable estado de nerviosismo, se presentaron por uno de los laterales: —“Tienes que retirar de aquí tu tienda de campaña y la bicicleta ahora mismo. En veinte minutos va a estallar una carga de dinamita que han colocado nuestros compañeros justo aquí al lado”—, me dijeron en un buen inglés con el inconfundible acento indio. Sin tiempo para pensar, y con la ayuda de ambos, desmontamos rápidamente la tienda de campaña. Allí quedaba el colchón de piedras que con tanto esmero había preparado. El estallido y una invitación inesperada. Salimos al camino por el que había accedido y llegamos al cruce de la carretera principal, donde se encontraban más de una decena de operarios esperando la detonación. Desde allí presencié y grabé el momento del fuerte estallido. Hasta ese instante no fui consciente de que aquellos hombres, probablemente, me habían salvado la vida. La detonación no solo cumplió con su objetivo, sino que también arrancó una carcajada a cada uno de los operarios al verme saltar cual rana huyendo de su depredador. Una vez pasado el mal trago, el encargado de dar la orden de la detonación me invitó a pasar la noche en el barracón de los empleados más cualificados de la compañía. Una cena caliente y un catre de cuerda fueron más que suficientes para descansar como hacía mucho tiempo no lo hacía. A la mañana siguiente, tras escuchar los detalles del viaje que estaba realizando y ver el archivo visual que llevaba conmigo, me invitaron a acompañarles una segunda noche. Acepté la invitación. Durante el atardecer del día anterior, había visto al resto de los trabajadores llegar a sus chabolas después de su eterna jornada de trabajo; por no decir de esclavitud. Se trataba de los no cualificados. Los otros. Los sin vida. Aquellos que acostumbran a llevarse la peor parte del trabajo más duro, ese que pisotea la dignidad humana. Familias enteras con la mirada perdida y envueltas en una gruesa capa de polvo blanco. Esha, Bharati, Aruna y Kavita, esclavas en el siglo XXI, no tienen otro estilo de vida con el que poder comparar. Testigo de la injusticia a través de la fotografía documental. Aquella mañana, con la primera luz y el permiso del máximo responsable de la empresa, me subí a un viejo tractor en compañía de un chaval de no más de doce años. Khushi y su padre tenían como misión pasar el día conmigo para hacerme llegar a cada rincón de aquel cementerio en vida y ver el trabajo que desempeñaban, de sol a sol, "los otros". Esto me sorprendió sobremanera. Este tipo de empresas nunca permiten la entrada a sus instalaciones, y menos a un fotógrafo comprometido con la fotografía documental y humanitaria que viaja con un proyecto contra la vulneración de los Derechos Humanos. No permiten que nadie descubra las condiciones en las que la gente lleva a cabo sus labores diarias, más aún cuando muchos de ellos son menores de edad. Nuevamente nos encontrábamos certificando la esclavitud moderna a la que son sometidos millones de personas en el mundo. En muchos, muchísimos casos, niños en edad de ocupar su tiempo con juegos, en la escuela o simplemente dibujando sus sueños. Esto último era algo de lo que Maravilla y yo nos encargaríamos de recoger directamente de manos de algunos de ellos al anochecer, ya a su regreso de "la batalla", como parte de las dinámicas de mi Proyecto Voice. Yalitza es un claro ejemplo de la deshumanización que se está apoderando del mundo. Durante los cortos descansos que el injusto calor obligaba a realizar a aquella gente, llegaba mi turno de ayuda en la carga de los grandes remolques que arrastraban los tractores. Disha es una niña más, entre millones, a quien se le usurpan cada uno de sus derechos fundamentales. La noche se echaba encima y decidí, antes de meterme al estómago una inmerecida cena caliente, compartir momentos con aquellos niños que, por no haber llegado aún a la “edad idónea” para poder destrozarse manos y espalda cargando rocas, deambulaban por los alrededores de sus chabolas. Ya de noche, y con las explotadas familias en sus hogares, continué con la ardua labor de comprobar el día a día de sus sacrificadas vidas. Allí, junto a ellos, quedó una parte importante de mí. Se acercaba la Navidad en La India, pero no para los "sin vida". Alas para el Futuro: Educación infantil en Camboya. Detrás de cada entrada de este blog y de cada captura fotográfica, hay una misión social. Con el proyecto Alas para el Futuro, aseguramos la educación básica de un grupo de niños y niñas en la provincia de Battambang, Camboya, un lugar donde la falta de recursos golpea con dureza a los más vulnerables. Aunque la situación actual en el país es compleja y el conflicto armado entre Camboya y Tailandia nos obligó a cerrar las puertas físicas de Human Gallery, no nos hemos rendido. Actualmente, asumo la financiación del proyecto de manera personal, impulsada principalmente por las ventas de arte fotográfico en esta plataforma y el apoyo de personas solidarias. Romper el ciclo de la pobreza infantil es posible. ¿Nos ayudas a lograrlo? Adquiriendo mis fotografías a través de las galerías de esta web. Realizando una donación directa para cubrir gastos escolares. Ver crecer a estos niños con oportunidades es el mejor paisaje posible. Si decides arrimar el hombro, ¡gracias de corazón por formar parte de este viaje!

Human Gallery: Protegiendo la infancia en Camboya

Human Gallery: Protegiendo la infancia en Camboya

Después del duro parón global por la pandemia del Covid-19, las fronteras comenzaron a abrirse de nuevo. Camboya, afortunadamente sin haber registrado cifras extremas de contagio, también se sumó a esa esperada "nueva normalidad". Gracias a este respiro, pudimos volver a abrir las puertas de nuestro pequeño gran rincón en una nueva ubicación: la emblemática calle 2 de Battambang. Esto supuso un gran impulso para que Human Gallery reactivara con fuerza la financiación directa de nuestro proyecto social en el terreno. Trabajamos por la igualdad de oportunidades en Battambang, Camboya. Tras esos dos años de incertidumbre, la realidad nos golpeó de frente: demasiados niños y niñas habían dejado de acudir a la escuela debido a la falta absoluta de ingresos en sus hogares durante la crisis sanitaria. En nuestro caso, la cifra ascendía a 63 menores. La caída total del turismo se reflejó de inmediato en la economía de muchas familias de la zona; especialmente en Banan, la comunidad rural cercana a la ciudad de Battambang donde centramos los esfuerzos de nuestro proyecto de educación infantil. Nuestra preocupación por la situación de las familias de los niños beneficiarios del proyecto de educación es constante, por eso las visitamos diariamente. Human Gallery y nuestro proyecto de educación infantil Reactivando el proyecto "Alas para el Futuro". Por este motivo, y porque tenemos claro que aunque el mundo se paralice nuestros pequeños deben seguir formándose y haciéndose fuertes de cara al futuro, aceleramos la reactivación del proyecto Alas para el Futuro. Nuestro objetivo prioritario en aquel momento fue apoyar a 72 familias vulnerables, garantizando la escolarización completa de sus hijos para el siguiente curso de primaria. La situación llegó a ser tan extrema que algunos padres se vieron en la dolorosa obligación de vender cuatro de las bicicletas que les habíamos entregado anteriormente a los niños para que pudieran desplazarse a la escuela. Reponer ese transporte se convirtió en una necesidad urgente para evitar el abandono escolar. Excursión con cuatro de los niños. Fotografía con propósito y Derechos Humanos. El acceso a la educación primaria es un derecho fundamental del que dependen todos los demás. A través de la fotografía documental y humanitaria que daba vida a la galería, y dentro de nuestras posibilidades, trabajamos a diario para que esto se cumpla. El arte no solo decora, sino que se transforma en herramientas, matrículas y oportunidades. Aunque las vías de financiación mutan con los años, el espíritu de Alas para el Futuro sigue intacto: asegurar que los niños de la comunidad de Banan rompan el círculo de la pobreza a través de las aulas. Si puedes apoyarnos adquiriendo material escolar o respaldando nuestras acciones de cara a los nuevos ciclos, estarás dando un paso de gigante junto a estos chavales. Human Gallery proyecto de educación infantil. APOYA NUESTRO PROYECTO DE EDUCACIÓN INFANTIL "ALAS PARA EL FUTURO". El motor de esta web y de mi trabajo fotográfico va mucho más allá del arte: busca transformar vidas. A través del proyecto Alas para el Futuro, coordinamos y financiamos la escolarización de niños y niñas en la comunidad de Banan (Battambang, Camboya). Tras el doloroso cierre físico de Human Gallery en agosto de 2025 debido al conflicto armado fronterizo, el proyecto sigue adelante gracias al compromiso personal y, sobre todo, a ti. Hoy, Alas para el Futuro se financia íntegramente a través de la venta de mis fotografías en esta web y de tus donaciones online. La pobreza extrema genera realidades inimaginables para estos pequeños. Si quieres unirte y cambiar su futuro, tienes varias formas de colaborar: Compra una fotografía en nuestra tienda online: Cada imagen que vistes en tu hogar se traduce en educación. Haz una donación online: Cualquier aportación suma directamente a su escolarización. Si puedes y deseas apoyarnos, tanto nuestros niños como yo, te estaremos eternamente agradecidos. ¡Tu ayuda vuela alto!

La Bestia: El tren de la muerte y la realidad migrante  | México

La Bestia: El tren de la muerte y la realidad migrante | México

La Bestia, también conocido como el tren de la muerte, es el nombre con el que se bautizó al convoy de carga que cruza la República de México desde su frontera sur con Guatemala hasta el límite con los Estados Unidos en el norte. Cada año, miles de migrantes llegados desde Centroamérica —principalmente de El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua— abordan este gigante de metal en su afán por alcanzar el mal llamado "sueño americano". Por delante les esperan más de 2.300 kilómetros de verdadera incertidumbre y peligro. Al resultar tan difícil y restrictivo el acceso legal por la frontera sur de México, las personas en movilidad optan por arriesgar sus vidas tomando rutas clandestinas y medios de transporte extremadamente peligrosos que, a menudo, los dejan a merced del tráfico de personas. Los principales puntos de acceso para subir a la ruta de La Bestia desde el sur de México son Tenosique, en el Estado de Tabasco (donde pasé casi dos meses documentando la situación), y Ciudad Hidalgo, en el Estado de Chiapas. Los estados meta a alcanzar en la frontera norte son, principalmente, Tamaulipas y Sonora. La bestia en Mexico. Las causas del éxodo: ¿Por qué arriesgar la vida en el tren de la muerte? Se estima que anualmente entre 400.000 y 500.000 migrantes se suben a estos techos de metal arriesgando todo. Las razones detrás de esta drástica decisión se repiten de frontera en frontera: la precaria situación económica en sus países de origen, las secuelas de conflictos civiles y políticos, la devastación de desastres naturales (como los huracanes que azotan la región de Centroamérica) y las continuas extorsiones o amenazas de muerte por parte de las bandas criminales asentadas en sus barrios. Un dato desgarrador que define esta crisis es que aproximadamente el 30% de quienes viajan en los trenes son migrantes cíclicos; es decir, hombres y mujeres que insisten en regresar a los Estados Unidos tras haber sufrido una deportación o un intento fallido previo. Para muchos, la bestia en México es la única opción viable: es "gratuita" y les permite rodear decenas de centros mexicanos de detención y numerosos puestos de control migratorio. Sin embargo, el peaje humano es altísimo. Durante la ruta hacia el norte, se enfrentan a asaltos, extorsiones, corrupción policial, destrucción de sus documentos de identidad, detenciones sin asesoría legal y violencia sexual. Las estadísticas, aun siendo muy poco amigo de ellas, dicen que el 80% de los inmigrantes serán asaltados en el camino y el 60% de las mujeres, violadas. Muchos otros ni siquiera corren esa 'suerte' y son secuestrados o directamente asesinados. El peligro invisible y la vulnerabilidad en las vías. Muchos de los accidentes más graves ocurren por el propio cansancio físico del viaje. Los migrantes, extasiados tras días de marcha, terminan durmiéndose sobre el techo de los vagones en movimiento. Un bache o un frenazo brusco los despide hacia las vías, donde muchos mueren al instante por decapitación, conmoción o graves mutilaciones. A esto se le suma la discriminación y las actitudes xenófobas que sufren en algunos puntos del trayecto, donde se les criminaliza injustamente. Su estatus de indocumentados y el desconocimiento de sus derechos fundamentales los convierte en el blanco perfecto para el acoso tanto de funcionarios corruptos como de carteles criminales sanguinarios, como Los Zetas en el Estado de Tamaulipas. "El Tren de la Muerte" ha sido retratado con frecuencia en la literatura, la prensa internacional y en numerosos documentales de televisión. Sin embargo, vivirlo de cerca cambia la perspectiva por completo. Durante mi vuelta al mundo en bicicleta, detuve los pedales para poner el foco de mi fotografía documental y humanitaria en esta realidad. Compartimos casi dos meses de vida, historias y café en el albergue "La 72", en la localidad de Tenosique (Tabasco). Allí, además de retratar sus miradas, activamos las dinámicas del Proyecto Voice, permitiendo que los niños atrapados en esta dura ruta migratoria expresaran sus miedos y esperanzas a través del dibujo. La bestia en Mexico. APOYA NUESTRO PROYECTO DE EDUCACIÓN INFANTIL "ALAS PARA EL FUTURO". El motor de esta web y de mi trabajo fotográfico va mucho más allá del arte: busca transformar vidas. A través del proyecto Alas para el Futuro, coordinamos y financiamos la escolarización de niños y niñas en la comunidad de Banan (Battambang, Camboya). Tras el doloroso cierre físico de Human Gallery en agosto de 2025 debido al conflicto armado fronterizo, el proyecto sigue adelante gracias al compromiso personal y, sobre todo, a ti. Hoy, Alas para el Futuro se financia íntegramente a través de la venta de mis fotografías en esta web y de tus donaciones online. La pobreza extrema genera realidades inimaginables para estos pequeños. Si quieres unirte y cambiar su futuro, tienes varias formas de colaborar: Compra una fotografía en nuestra tienda online: Cada imagen que vistes en tu hogar se traduce en educación. Haz una donación online: Cualquier aportación suma directamente a su escolarización. Si puedes y deseas apoyarnos, tanto nuestros niños como yo, te estaremos eternamente agradecidos. ¡Tu ayuda vuela alto!

Niños soldado: Los hijos del éxodo | Sierra Leona

Niños soldado: Los hijos del éxodo | Sierra Leona

Los hijos del éxodo y la misericordia, ‘educados’ en un ambiente desesperanzado, acaban reclutados como carne de cañón para guerras sin final ni solución política; conflictos que los organismos internacionales se limitan a poner entre paréntesis como problemas crónicos sin resolver. Son jóvenes, hijos de campesinos o refugiados, que se ven convertidos a la fuerza en soldados adolescentes. Chicos que aún gustan de llamarse “freedom fighters” (combatientes de la libertad), pero que luchan con un espíritu y unos métodos radicalmente distintos a los de los antiguos frentes de liberación, aquellos que soñaban revoluciones y peleaban contra la opresión colonial. Equipados con los restos de otros naufragios históricos y haciendo gala de la disciplina de una banda de piratas, combaten y mueren en guerras casi siempre olvidadas por nuestros medios de comunicación. Se calcula que, solo en la pequeña Sierra Leona, fueron entre 6.000 y 10.000 los niños soldado que combatieron en la guerra civil durante la década de los noventa. Niños soldado. El pequeño Kaba de Sierra Leona El valor de la vida en la ruta africana. Sierra Leona es uno de los países más difíciles que he pisado a lo largo de mi vuelta al mundo en bicicleta. Un rincón del planeta donde, en gran parte del territorio, la vida parece valer menos que un litro de agua embotellada. "La pobreza, sus consecuencias, son inimaginables. Es imposible asimilar lo que éstas suponen para quienes sufren la carencia absoluta de las cosas más elementales para el desarrollo de sus vidas." Entré en el país desde la frontera con Guinea y lo hice con un propósito muy claro en mi mente: poner el foco de mi fotografía documental y humanitaria para recoger la historia de uno de los muchos ex niños soldado que aún viven su traumático recuerdo en absoluto silencio. Algo que, tras muchas jornadas de búsqueda y gracias al espíritu de escucha del Proyecto Voice, conseguí llevar a cabo entre un sinfín de lágrimas compartidas. Durante los primeros días en el terreno, visité el primer orfanato del país en la localidad de Port Loko. Allí comprendí que la educación es la única herramienta capaz de romper estas dinámicas destructivas. "Para alentar revoluciones de amor, no de sangre, hay que formar ciudadanos libres que sean críticos." Menelik y su hija Nala de Sierra Leona Testigos de la guerra: Víctor y José Luis. Poco después me encontraba en Makeni. Allí conocí a Victor Mosele, un misionero javeriano nacido en Italia con casi treinta años de duras vivencias en Sierra Leona. Entre sus múltiples experiencias se encuentran dos capturas por parte de los rebeldes del Frente Revolucionario Unido (RUF) durante la sangrienta guerra civil. Aún conservo sus memorias con el mismo respeto y cuidado que me las regaló. Antes de su primera captura en 1996, Víctor estaba a cargo de treinta y tres escuelas que acogían a más de seis mil alumnos. El dato más desgarrador es que algunos de esos mismos estudiantes estarían, poco después, entre sus propios captores. Niños entrenados a la fuerza para luchar en guerras que jamás fueron suyas. No muy lejos de Víctor se encontraba mi buen amigo José Luís, un misionero agustino recoleto, navarro de los pies a la cabeza. Junto a él y su comunidad pasé siete maravillosos días. Gracias a su hospitalidad descubrí un poco más la profunda historia que guarda este país y, de paso, logré recuperar varios de los kilos que había perdido durante el año y medio de intenso pedaleo que hasta entonces llevaba recorriendo el continente africano. APOYA NUESTRO PROYECTO DE EDUCACIÓN INFANTIL "ALAS PARA EL FUTURO". El motor de esta web y de mi trabajo fotográfico va mucho más allá del arte: busca transformar vidas. A través del proyecto Alas para el Futuro, coordinamos y financiamos la escolarización de niños y niñas en la comunidad de Banan (Battambang, Camboya). Tras el doloroso cierre físico de Human Gallery en agosto de 2025 debido al conflicto armado fronterizo, el proyecto sigue adelante gracias al compromiso personal y, sobre todo, a ti. Hoy, Alas para el Futuro se financia íntegramente a través de la venta de mis fotografías en esta web y de tus donaciones online. La pobreza extrema genera realidades inimaginables para estos pequeños. Si quieres unirte y cambiar su futuro, tienes varias formas de colaborar: Compra una fotografía en nuestra tienda online: Cada imagen que vistes en tu hogar se traduce en educación. Haz una donación online: Cualquier aportación suma directamente a su escolarización. Si puedes y deseas apoyarnos, tanto nuestros niños como yo, te estaremos eternamente agradecidos. ¡Tu ayuda vuela alto!

La emoción en estado puro: Mi encuentro con Marita en la Fundación Vicente Ferrer | India

La emoción en estado puro: Mi encuentro con Marita en la Fundación Vicente Ferrer | India

Llevaba pedaleados en India algo más de 3.500 kilómetros. Me encontraba en el sur del país y la idea era visitar la Fundación Vicente Ferrer, una organización española que trabaja desde hace más de cincuenta años con los más desfavorecidos en el Estado de Andhra Pradesh. Llegué a la Fundación de noche, sin luces y sin que nadie me esperara allí, porque no había avisado de mi visita con anterioridad. No pasaron muchos minutos hasta que Ana, la maravillosa mujer de Vicente, se me presentó dándome la bienvenida a Anantapur, ciudad donde está ubicada la central de la organización. Vicente, marido de Ana y fundador de esta gran historia, fue, es y seguirá siendo una de las personas en las que baso muchos de mis valores y principios. Él fue y sigue siendo un ejemplo para millones de personas. Un año antes de mi llegada, Vicente había fallecido entre la más absoluta admiración del pueblo indio y de medio mundo. —Perdona por haber llegado un año tarde— le dije a Ana. —Nadie sabía lo que iba a suceder. Lo importante es que estás aquí y vas a poder conocer el legado que Vicente nos dejó— sentenció. Por aquel entonces yo tenía un blog, sencillo pero con mucha aceptación, donde escribía sobre mi día a día de la vuelta al mundo. Susana, una de mis buenas amigas en España y fiel seguidora, se enteró a través de las publicaciones de mi inminente visita a la Fundación y rápidamente me escribió un correo pidiéndome un gran favor: Joseba, desde hace cinco años tengo apadrinada a una niña de la Fundación Vicente Ferrer. Su nombre es Marita. Cada año me envían una felicitación acompañada de un dibujo hecho por ella. También me envían puntualmente fotografías para ver su evolución, pero me haría mucha ilusión saber qué tal está, cómo es su día a día y si es feliz con su familia. Por favor, ¿puedes hablar con quien corresponda en la Fundación para ver si puedes visitar a Marita y su familia, y contarme cómo es?”, decía claramente en el correo. Aquella primera noche en Anantapur le expliqué a Ana el favor que me había pedido mi amiga. —Has llegado en bicicleta hasta aquí y lo mínimo que puedo hacer por ti es lo posible para que conozcas a la niña y le des tu impresión a Susana— me respondió Ana. Por la mañana, a primera hora, uno de los guías de la Fundación pasó a buscarme para llevarme a conocer a la pequeña y feliz Marita. El guía hablaba perfectamente español y, a la vez que conducía el 4x4, me iba explicando cómo es la vida en aquella zona de India, el segundo Estado más seco del país y uno de los más pobres. —Marita vive con su familia a unos cien kilómetros de la Fundación, pero es uno de los viajes que más me gusta hacer porque la gente de esa zona es increíblemente amable y hospitalaria— me dijo el conductor con cierto grado de emoción. Jamás olvidaré aquel día. Era la séptima vez que visitaba India, pero nunca antes había sentido la emoción de una experiencia similar en el país. Y puedo decir que tengo muchas vividas y bien conservadas en el corazón… Llegamos a media mañana a la aldea. Antes de entrar, le pedí al guía que parase un momento en la carretera porque necesitaba serenarme. La emoción había formado un nudo en mi garganta que necesitaba deshacer. Me bajé del coche y descargué los sentimientos que me tenían bloqueado desde la salida. Marita era la razón de esta profunda historia y no podía permitir que mis lágrimas le arrebataran el protagonismo. Desde el mismo momento que cruzamos frente a la primera casa, pude sentir que todo el pueblo nos estaba esperando. El guía me indicó con el dedo cuál era el hogar de Marita. Conté seis casas al lado de la de la pequeña. En el centro de todas ellas había un espacio libre, como un lugar de juego y socialización para las familias. Allí se detuvo el vehículo. Enfrente nos esperaban varias decenas de personas, pero no conseguí localizar a Marita de inmediato. La emoción era tal que le pedí a mi compañero que me diera unos segundos antes de bajarme. De repente, vi a una niña hermosísima acercarse a nosotros. Era Marita. En sus manos tenía dos collares hechos a mano con multitud de flores de colores. En el suelo, sobre la arena, cientos de pétalos me daban la bienvenida: "Welcome Joseba", se leía con absoluta claridad. Aún no me había bajado del coche porque me temblaban demasiado las piernas. Las lágrimas, en vez de paralizarme, me animaron a abrir la puerta y abrazar a Marita como si se tratara de mi propia hija. La pequeña me abrazó como lo hubiera hecho con mi buena amiga Susana. ¡Qué momento! Después de más de un minuto de sincero abrazo, Marita me cogió de la mano y me llevó hasta la puerta de su casa para presentarme a sus padres y otros familiares, que se encontraban igual o más emocionados que yo. Fue un momento único. Me atrevo a confirmar que se trataba de uno de los instantes más conmovedores que había vivido desde que salí de España hacía ya más de seis meses. Una vez hube abrazado al resto de la familia —algo inusual en India—, comenzaron a acercarse los vecinos del pueblo. Niños y mayores se sumaban al encuentro después de colgarme del cuello más y más collares coloridos. Le pedí al guía que les tradujera unas palabras de agradecimiento, pero también que les dijera que yo simplemente era un amigo de Susana, y que era ella quien estaba haciendo posible un cambio en la vida de Marita y su familia. La Fundación Vicente Ferrer, entre otras muchísimas cosas, construye casas para miles de familias, y la de la pequeña era una de las tantas beneficiarias. Me enseñaron la vivienda que habían convertido, con mucho amor, en un gran hogar. Se trataba de una familia feliz. Realmente feliz. Marita es hija única —al menos por aquel entonces—, pero como dijo ella, todos los niños de la aldea eran sus hermanos. Fundación Vicente Ferrer. Junto a Marita y sus padres en su hogar Estuvimos algo más de una hora en la casa, recibiendo las ofrendas de todo el pueblo que, emocionado, se había acercado a conocer al hombre que llegaba en nombre de las miles de personas que desde España apoyan su causa. Estas fueron palabras textuales del guía. Visitamos la escuela donde estudiaba Marita. Allí nuestra visita también fue una fiesta; el colegio al completo nos esperaba impaciente. Nos recibieron con un baile típico de la zona y más flores que tuvimos que cargar en el 4x4 porque ya no nos cabían alrededor del cuerpo. Marita junto a algunas de sus compañeras de clase De la escuela, siempre de la mano de Marita, visitamos el pueblo y regresamos al hogar de la familia. Allí comimos y pasamos una tarde increíblemente maravillosa. Fotos y más fotos, sonrisas y más sonrisas de agradecimiento. Complicidad a raudales… Por aquel entonces, una parte importantísima de mi proyecto consistía en recoger los sueños de trescientos niños y niñas a través de sus propios dibujos. Los fui recopilando, uno a uno, en cada país que visité entre España y Vietnam, donde finalizaba la primera parte de esta vuelta al mundo por los Derechos Humanos a la que, muchos años después, continúo entregado en cuerpo y alma. Obviamente no podía marcharme de allí sin el sueño de Marita, así que desplegué sobre el mismo suelo todos los lápices de colores que cargaba en la bicicleta y una cartulina en blanco, al igual que había hecho con más de un centenar de niños durante los meses previos. Marita se encargó del resto y de allí salí con su sueño dibujado en trazos llenos de vida. Marita, su sonrisa y dibujo Marita era entonces una niña feliz, realmente feliz. Una niña amada por todos los que la rodean y que aprovechó la oportunidad que le dieron para estudiar. Como alguien dijo una vez, son las pequeñas acciones las que cambian el mundo. Y tú, mi querida amiga Susana, eres un claro ejemplo de ello. Si quieres descubrir más sobre la increíble historia de Vicente y Ana Ferrer, y cómo transformaron la vida de miles de personas en Anantapur, te animo de corazón a ver su película. Historias como la de Marita demuestran que la solidaridad no tiene fronteras. ¿Te ha conmovido esta experiencia tanto como a mí? ¿Has colaborado alguna vez con un proyecto de apadrinamiento? APOYA NUESTRO PROYECTO DE EDUCACIÓN INFANTIL "ALAS PARA EL FUTURO". El motor de esta web y de mi trabajo fotográfico va mucho más allá del arte: busca transformar vidas. A través del proyecto Alas para el Futuro, coordinamos y financiamos la escolarización de niños y niñas en la comunidad de Banan (Battambang, Camboya). Tras el doloroso cierre físico de Human Gallery en agosto de 2025 debido al conflicto armado fronterizo, el proyecto sigue adelante gracias al compromiso personal y, sobre todo, a ti. Hoy, Alas para el Futuro se financia íntegramente a través de la venta de mis fotografías en esta web y de tus donaciones online. La pobreza extrema genera realidades inimaginables para estos pequeños. Si quieres unirte y cambiar su futuro, tienes varias formas de colaborar: Compra una fotografía en nuestra tienda online: Cada imagen que vistes en tu hogar se traduce en educación. Haz una donación online: Cualquier aportación suma directamente a su escolarización. Si puedes y deseas apoyarnos, tanto nuestros niños como yo, te estaremos eternamente agradecidos. ¡Tu ayuda vuela alto!

Al amanecer, una nueva oportunidad: Diario de una vuelta al mundo en bicicleta | Camboya

Al amanecer, una nueva oportunidad: Diario de una vuelta al mundo en bicicleta | Camboya

La situación por la pandemia es complicada en todo el mundo, pero, a mi parecer, aquellos que nos encontramos lejos "de casa" vivimos este momento con un grado extra de preocupación. La falta de información o la dificultad para localizar fuentes válidas complican bastante cualquier decisión sobre qué, cuándo y cómo actuar. Ante las noticias que circulaban desde hacía un tiempo por Camboya sobre una posible expulsión de los extranjeros bloqueados en el país, el pasado domingo escribí un correo a la embajada de España en Bangkok solicitando información. A primera hora de ayer recibía la respuesta: “Camboya sigue extendiendo de manera automática y gratuita los visados de los extranjeros, hasta nueva orden. En caso de que cambie la situación informaremos en nuestra web y en redes sociales. Seguimos a su disposición para cualquier otra cosa que necesite”, decía textualmente el correo. Seguimos lidiando con la infección, pero estamos descansados, preparados para lo que venga y más tranquilos con esta noticia. La primera semana de septiembre, Khmaw y yo completábamos la vuelta a Camboya en este reinicio de la vuelta al mundo. Ilusos nosotros, guiados por los rumores de entonces, esperábamos la pronta apertura de la frontera terrestre de Tailandia, Laos o Vietnam. Volvemos a la ruta. Seguimos con nuestro diario. Un nuevo amanecer en Camboya. Durante el primer mes de espera, pedaleamos al completo el norte de Camboya, bien pegados a la línea fronteriza con Tailandia, hasta llegar al protegido y deseado parque natural de Virachey. La razón principal para alcanzar la zona no era otra que acercarnos a los diferentes grupos étnicos asentados allí desde hace mucho tiempo y conocer de primera mano su situación. Durante los últimos años, estas comunidades viven sumidas en un intento de aplastamiento y continuo robo de tierras por parte de los "camboyanos originales", como se definen los locales de la provincia. Imagino que, como todo lo oscuro que sucede en este país, actúan arropados por el propio gobierno. Por si fuera poco, la noticia de que el virus había entrado en el país en las mochilas de los extranjeros —más concretamente de los occidentales— había corrido como la pólvora, lo que dificultaba enormemente el contacto con los locales. Sin mucho éxito en lo referente al contacto humano debido al recelo de la gente en la provincia de Ratanakiri, comenzamos a descender hacia el sur. Cruzamos el este de Camboya para llegar a Phnom Penh, su caótica capital. Javi, el Cónsul honorario español, nos esperaba en su casa con un gran desayuno y respuestas contundentes a mi consulta sobre las fronteras colindantes. Me aseguró que en breve los extranjeros con visado de turismo seríamos expulsados del país, tal y como tenía previsto hacer el gobierno tailandés. Eruta por el norte de Camboya. Salimos de la capital sumidos en la preocupación, pero nos dirigíamos a la costa —que no a la playa— y confiaba en que el mar nos invitaría a verlo todo desde otro prisma. Era mediados de julio. En Kampot nos esperaba Rafa, un fiel seguidor convertido en hermano de corazón. Cuando uno viaja por el mundo a corazón abierto, con una razón de peso detrás (o delante) y montado sobre una bicicleta con todo lo que ello implica, necesita comprensión, apoyo y, por qué no decirlo, unas dosis de cariño; más aún cuando sabe que su cuerpo se está haciendo mayor, que no su alma. De Rafa recibí todo eso, además de un aprendizaje en diferentes campos que a buen seguro algún exprofesor hubiera deseado conseguir de mí. —No eres consciente de lo mucho que estás haciendo por mí y por el proyecto, pero llegará el día —le repetí en varias ocasiones. Un abrazo, hermano. Siempre. Estés donde estés, lo necesites o no. Línea de frontera con Tailandia en el norte de Camboya Gracias al bueno de Noel, otro hermanazo de corazón, Khmaw obtuvo las reparaciones que le urgían y se veía con energía para rodar entre montañas y volver a sentir esa tierra roja. Los años también le sirven a ella para atesorar experiencia y entender la necesidad de aquel alto junto a Rafa. Durante veintiocho días permaneció allí a la espera, en silencio, con la certeza de que estábamos en el lugar adecuado. Y volvimos a la ruta siguiendo la línea de costa sin llegar a palpar el Mar Meridional de China. Nuestro destino era Koh Kong. La idea no era otra que un par de noches de acampada en la playa para descansar antes de acometer la cordillera de los Cardamomos, pero coincidimos con la celebración del Año Nuevo Khmer y la zona estaba infestada de turistas locales. Iniciamos la ascensión a la Cordillera de Cardamomo, en el sur de Camboya. Iniciamos la ascensión con los primeros avisos de una muela en malas condiciones. Por delante nos esperaban, como mínimo, dos días de constante subida por una estrecha pista en medio de una selva que, por olor y espesura, me recordaba a la del norte de Sierra Leona. Creo que nunca olvidaré aquella primera noche de acampada. El sonido de las grandes gotas de lluvia sobre la tienda de campaña y la espesa vegetación, sumado a las lágrimas de dolor, consiguieron que viviera cada minuto como una hora y cada hora como una eternidad. Todo lo pensado y sufrido aquella noche bien merece un espacio especial en ese libro que tantas veces me han solicitado y aconsejado escribir. Como pudimos, llegamos a la pagoda de Ou Saom, un pequeño pueblo en la alta planicie de la cordillera. Allí nos esperaban los monjes y una retahíla de medicamentos locales que, como por arte de magia, consiguieron bajar dos días después el flemón con el que nos habíamos despertado. Habíamos alcanzado la parte alta de los Cardamomos. La vida entendió que nos lo estaba poniendo demasiado difícil y nos regaló unos kilómetros de pedaleo —con flemón pero sin dolores— en medio de un entorno mágico complicado de describir. Un regalo que valoramos como merecía. Sin embargo, nos habíamos quedado sin un freno, así que iniciamos el descenso caminando por la misma pista que nos había traído hasta allí, pero en esta ocasión sujetando la bicicleta en lugar de empujarla. Y tras muchos kilómetros en soledad, llegaron los primeros encuentros. Un descanso en buena compañía. Con un solo freno, pero ya en llano, cruzamos parte de las provincias de Pursat y Battambang hasta alcanzar la ciudad donde he pasado los últimos años y desde donde habíamos reiniciado el viaje casi tres meses atrás. Pasamos cuatro días en Battambang para visitar y repartir abrazos a los más queridos. También para lanzar un SOS privado a un grupo de amigos y amigas de la otra parte del mundo; mi situación económica así lo requería y rápidamente obtuve la ayuda necesaria para poder comer, reparar de nuevo a Khmaw y continuar la ruta hasta la ciudad de Siem Reap. Allí tenía pensado esperar a ver qué sucedía con la frontera de Tailandia o la posible expulsión de la que me había hablado Javi unas semanas atrás. En ruta por el suroeste de Camboya. Llegamos a la ciudad de los famosos templos del Imperio Khmer, pero al día siguiente nos vimos obligados a regresar a Battambang por la grave infección que me ha tenido inmovilizado los últimos dos meses. Mi buen amigo Bunlang, con quien mantengo una relación de hermandad desde hace más de cinco años, se desplazó rápidamente hasta Siem Reap al verme en una fotografía que le envié. —Joseba, te voy a buscar y te quedas en mi hostel hasta que consigamos bajar esa infección, extraer la muela y Tailandia abra la frontera. No puedes estar en esas condiciones y solo— me propuso. Han pasado dos meses de constantes visitas a médicos y dentistas, de saturación de medicamentos con nulos o escasos efectos, pero con la generosidad y atención de Bunlang como principales compañeras. Han sido dos meses de estudio y trabajo en la edición de mis fotografías, así como de organización y ampliación de las memorias escritas durante más de cuatro años de viaje. Ha llegado el momento de volver a la ruta, aunque a mi gente le pueda más la preocupación que el llegar a entender que para mí es una cuestión de necesidad. El bueno de Bunlang me ha pedido que continúe en su hostel al menos hasta que la infección se haya dado por vencida y se pueda realizar la extracción, pero el camino llama. Estamos en ruta y escribiendo nuestro diario. Este viaje no lo hago solo: tú también formas parte de la ruta. Viajar en bicicleta por el mundo documentando los Derechos Humanos es una aventura maravillosa, pero también está llena de imprevistos, averías mecánicas, problemas de salud y desafíos económicos que ponen a prueba nuestra resistencia. Este proyecto se gestiona de forma totalmente independiente y sale adelante gracias al corazón y la solidaridad de personas como tú. Si este relato te ha tocado el alma y quieres aportar tu granito de arena para que Khmaw y yo podamos seguir sumando kilómetros y dando voz a quienes no la tienen, te invito a colaborar con el proyecto. Cada pequeña ayuda nos mantiene en movimiento. Infórmate sobre cómo puedes apoyarnos.

Pandemia y resiliencia: Cuando tienes la certeza de continuar la vuelta al mundo en bicicleta | Camboya

Pandemia y resiliencia: Cuando tienes la certeza de continuar la vuelta al mundo en bicicleta | Camboya

La Vuelta al mundo en bicicleta. Recuerdo que unos días antes dábamos la bienvenida al 2020 en medio de una preocupación generalizada por la fuerte caída del turismo en Camboya, especialmente en Battambang. Las Navidades acababan de finalizar y llegaban las primeras noticias al país sobre un nuevo virus en China. Se hablaba de que ya había salido del gigante asiático y comenzaba a propagarse por los países vecinos. Incluso algunos decían que ya había entrado en Camboya. —Casi todo lo que llega aquí lo hace desde China— les decía a Bunlang y otros amigos durante una cena en la que bromeaban con las toses. La caída total del turismo y más de tres años de saturación de trabajo en Human Gallery, sumado al proyecto de educación, me invitaban a recordar que el problema físico que me había traído a Camboya antes de tiempo ya no era una excusa. Basándome en esto y en la intuición que tan buenos resultados me había dado durante los primeros cuatro años de viaje, decidí retomar la vuelta al mundo en bicicleta que me había visto obligado a paralizar tiempo atrás. “¡Vamos a ello, Joseba!”, me repetía una y otra vez durante las horas siguientes, como si necesitara de una nueva aprobación interna para dar el paso. Vuelvo a ver el mundo desde la bicicleta. Khmaw, mi tercera compañera en esta vuelta al mundo. —Llevas años preocupándote más por la situación de otros que por la tuya y es momento de pensar un poco más en lo que tú necesitas. Para seguir haciendo algo por los demás, necesitas estar bien tú— son las dos frases que más me han repetido en el último año mis amigos más cercanos, esos que se han mantenido firmes también en los momentos complicados. El cierre de una etapa y el engaño del distribuidor. El uno de marzo llegaba el cierre de Human Gallery. Para ello necesité, entre otras cosas, encontrar un lugar especial donde las fotografías expuestas siguieran cumpliendo con su principal cometido: la sensibilización. Estaba claro que Pomme contaba con el espacio y la magia suficientes para recibirlas. Hacía tiempo que Orbea me había confirmado que mi nueva bicicleta —en esta ocasión una MTB— llevaba ya semanas dentro de un contenedor marítimo con destino a Camboya y que llegaría a la tienda del distribuidor en unos días. Y llegó, pero para no variar en este país, la cosa se truncó. El distribuidor, después de muchos mensajes, me respondió indicándome que habían cometido un error y se la habían vendido a otra persona. Esto cambiaba la situación radicalmente. Pasaban los días y el distribuidor seguía empecinado en no responder a mis WhatsApp, faltando a su palabra de buscar una solución a su grave error. Después de cinco años viviendo aquí, palpando y sufriendo el lamentable cambio en la mentalidad de la mayoría de sus gentes, estoy más que acostumbrado a esta forma de actuar, así que comencé a buscar una alternativa. En Camboya, el afán por generar y amasar la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible se ha convertido en la base de una gente a la que en su día admiré y apoyé en profundidad. La fecha marcada en el calendario para el reinicio del viaje era el primero de junio. Aunque aún quedaba un tiempo para ello, la necesidad aumentaba y el tiempo apremiaba por el inminente cierre de fronteras. En uno de los muchos desplazamientos a la Embajada de España en Bangkok —ya que en Camboya no hay—, pude hacerme con las alforjas que necesitaba, pero me faltaba lo principal: la bicicleta. El porqué de una Mountain Bike y el flechazo con Khmaw. El día que tomé la decisión de reiniciar la vuelta al mundo, también decidí que, tras más de cuatro años de viaje sobre dos bicicletas híbridas, era el momento de hacerlo sobre una mountain bike. La experiencia adquirida me servía para saber que sobre una bici de touring uno no puede acceder a ciertos lugares (o sí, pero a duras penas). Yo quería adentrarme más, si cabe, en esos rincones de difícil acceso, que es donde principalmente suelen encontrarse las personas que salimos a buscar en este viaje. Visita a una tienda de bicicletas en Battambang, mensajes a otras tres en Phnom Penh, una nueva tienda en la ciudad... y seguía sin encontrar a mi nueva compañera de viaje. Todas eran de tallas pequeñas y precios desorbitados que yo no podía pagar, ya que llevaba tres años destinando mensualmente a los niños de nuestro proyecto de educación la mayor parte de mis ingresos. Pero en uno de esos días en los que los astros se alinean, en los que uno hace un alto, se serena y desbloquea la cabeza, recordé que en la ciudad había una empresa de tours en bicicleta cuyo propietario conocía y que, aun siendo de segunda mano, podía disponer de la compañera que necesitaba. La rápida propagación del Covid-19 ya había animado al gobierno camboyano, al tailandés, al laosiano y al vietnamita al cierre de sus fronteras sin previo aviso. Estábamos bloqueados. Conocí a 'la negra' en la primera visita que le hice al amigo de Soksabike. Fue un amor a primera vista. En ruta por Camboya Khmaw estaba junto a su hermana gemela, siendo las últimas de una hilera de catorce bicicletas dentro del taller mecánico. Estaban arrinconadas, como si nadie las tuviera en cuenta, a pesar de resaltar sobre el resto por su especial altura. La talla XL era la que buscaba desde el inicio y la culpable de no haberla encontrado antes. Tocaba decidir cuál de las dos hermanas pasaría a formar parte de esta maravillosa historia. Aunque las dos tenían la misma edad, Khmaw contaba con una serie de roces en el cuadro que me animaron a decidirme por ella. —Esta tiene más experiencia— me dije convencido. Y junto a ella salí al exterior. Estaba tan seguro de mi elección que mi revisión fue bastante más breve que la que los técnicos le hicieron; de hecho, mis tactos eran más una caricia que un control. Un par de vueltas a la manzana, más por cumplir que por otra cosa, y directos a casa. Los doscientos dólares del precio de salida se quedaron en ciento ochenta. Ingenio, soldaduras rudas y listos para la ruta. Ahora, ya más sosegado, tocaba buscarle unos portabultos y mejorar ese manillar que se me hacía difícil de dirigir. Lo más importante es que en esta ocasión los astros se habían acordado de nosotros y nos brindaban a Khmaw y a mí la oportunidad de revivir compartiendo una vida. O al menos una parte de ella. Era obvio que en Camboya, o al menos en Battambang, iba a ser imposible localizar un manillar de mariposa y unos portabultos capaces de cargar tanto peso, así que tocaba ingeniárselas para fabricar ambos. En esta ciudad no son muy dados al aluminio; a ellos les gusta más lo rudo, el hierro, y los pocos talleres que hay no suelen aceptar trabajos tan especiales. Tres años atrás, con la preparación y decoración de Human Gallery, había contratado a una empresa de soldadura de hierro para ciertos detalles, así que me dirigí a ellos. Les presenté el croquis del manillar y del portabultos delantero que previamente había dibujado y detallado con medidas, y aceptaron el trabajo. Aproveché el momento para tomar un café y mirar otros elementos necesarios para completar mínimamente a Khmaw. Cinco horas después regresé al taller y me encontré con un manillar válido para pilotar un avión Antonov, pero no una bicicleta. Una vez más se habían equivocado, y una vez más tocaba pagar íntegra la equivocación. Camboya también es especial para esto. Me había quedado sin dinero al destinarlo todo a seguir cubriendo la escolarización de los niños beneficiarios de nuestro proyecto de educación Alas para el futuro, pero disponía de lo elemental para volver a emprender una aventura así: pasión, motivación, ilusión, energía, los astros mirándonos de reojo, mi nueva-vieja compañera mejorada hasta en el color y un manillar capaz de soportar muchos kilos de bananas. Todo listo para el nuevo desafío. Seis de la mañana del 2 de junio de 2020: estamos en ruta. Eso sí, en plena pandemia. En ruta por el norte de Camboya. Este viaje no lo hago solo: tú también formas parte de la ruta. Viajar en bicicleta por el mundo documentando la falta de incumplimiento de los Derechos Humanos, es una aventura maravillosa, pero también está llena de imprevistos, averías mecánicas, problemas de salud y desafíos económicos que ponen a prueba nuestra resistencia. Este proyecto se gestiona de forma totalmente independiente y sale adelante gracias al corazón y la solidaridad de personas como tú. Si este relato te ha tocado el alma y quieres aportar tu granito de arena para que Khmaw y yo podamos seguir sumando kilómetros y dando voz a quienes no la tienen, te invito a colaborar con el proyecto. Cada pequeña ayuda nos mantiene en movimiento. Infórmate sobre cómo puedes apoyarnos. ¡Gracias por pedalear a nuestro lado!

La fuerza de un deseo: Mi encuentro con Oishi en el desierto de Thar | Rajasthan, India

La fuerza de un deseo: Mi encuentro con Oishi en el desierto de Thar | Rajasthan, India

Había visitado La India en varias ocasiones, pero esta iba a ser mi primera vez en el Estado de Rajasthan. Lo haría montado sobre una bicicleta cargada hasta la saciedad, con doce dólares en el bolsillo y, como siempre, la pasión y el deber por bandera. Tan solo hacía cinco meses que había iniciado la vuelta al mundo, lo que me convertía en un auténtico novato en este universo del "ciclo-nomadismo", pero la intuición me decía que debía adentrarme en el mágico desierto de Thar. Y acertó. El desierto me regaló a Oishi.

Oishi: 13 años de edad. Rajasthan, La India. Años después sigues empujándome en los momentos difíciles Era octubre de 2010 y hacía tres semanas que había aterrizado en La India. Volaba "por obligación" desde Estambul, después de que el personal de la embajada de Irán en Ankara me informara de que las fronteras terrestres de Pakistán se encontraban cerradas por orden gubernamental. La Embajada de Siria me había negado el visado, y eso que mi solicitud iba acompañada de una carta de recomendación de la Embajada de España; la misma que me había desaconsejado continuar mi viaje por Armenia, Georgia, Kazajistán, Uzbekistán y Tayikistán porque el invierno se me echaría encima con graves repercusiones. Rumbo a las puertas del Thar, en Rajasthan. Después de unos días callejeando por la vieja Delhi, salí rumbo al fascinante, caliente, extenso y árido desierto de Thar. Seguía adelante con el proyecto personal que me animaba, día tras día: la recogida de los trescientos sueños en forma de dibujos que me había propuesto cargar en la bicicleta durante la primera parte de mi periplo alrededor del mundo. Si la responsabilidad de cargar con las ilusiones de todos esos niños y niñas era, cuanto menos, excitante, el descubrir, fotografiar y compartir cientos de historias humanas hacía que todo el desgaste, el hambre, el frío y el calor merecieran la pena. Tras varios días de pedaleo por las caóticas carreteras del norte de India, alternando pistas con asfalto, llegué a la mágica ciudad de Bikaner. Estábamos a las puertas del desierto y los nervios controlados comenzaban a aflorar. El Thar iba a ser el primero de los tres desiertos que atravesaría durante mis primeros cuatro años de viaje. Allí, en Bikaner, conocí a Ujual, un chico de veintidós años que se acercó a mí con respeto pero con las pupilas como platos al verme sobre semejante bicicleta. Acababa de entrar en la ciudad y era la primera y única parada que realizaba. Ujual, fiel a la hospitalidad india, me invitó a su casa para conocer a su familia. Con ellos pasé tres maravillosos pero agotadores días en los que visité dos escuelas y la estación de tren. Incluso me dio tiempo a callejear junto a él por la zona vieja de la ciudad, descubriendo los entresijos de la vida local. Adentrándome en la inmensidad del desierto. Siempre intentaba recoger los dibujos en las zonas más alejadas, esas a las que a buen seguro nadie se desviaría para hacerlo, y menos aún montado en una bicicleta. Así que salí de Bikaner con la esperanza de poder acercarme lo máximo posible a la frontera con Pakistán, pero con la certeza de que, en algún momento, podría volver a tomar la carretera nacional que me llevara a Jaisalmer. Ujual me había ayudado a preparar la ruta para los siguientes días, sin dejar de insistir en que lo que pretendía hacer era una locura. Pero uno de los componentes de la aventura es la adrenalina, y yo, en esos momentos, estaba sobrado de ella. De Kalasar hasta Akasar para enlazar la carretera 37 hasta Kolayat, donde sabía que podía hacer la primera parada. Sabía que a pocos kilómetros iba a atravesar un canal donde podría cargar agua. Seguí por la 37 hacia Goru y de ahí hasta el cruce de Ranjeetpura. Me encontraba justo en el eje de la frontera pakistaní y el canal de agua, así que en cierta medida estaba tranquilo. De ahí en adelante quedaría en manos de las almas que encontrara en el camino. El monzón había pasado y no tendría problemas en ese sentido, pero el sol atizaba con fuerza. La siguiente parada sería en Radhakisthan, donde esperaba poder pasar la noche. El desierto es mi lugar preferido de entre todos los rincones que he tenido la suerte de pisar a lo largo y ancho de este maravilloso planeta. Ahí estás tú contigo mismo. Nada te distrae. El intento de engaño no sirve de nada. El ego no te va a salvar; más bien todo lo contrario. Estás tú, tu motivación y la energía que hayas reservado previamente. La más mínima ingenuidad te pasa factura, de las caras y con propina. Ahí el aire te seca las neuronas. Un oasis humano en Raichandwala. Me había quedado sin agua. Calculaba que llevaba más de dos horas sin mojar el reseco paladar y la preocupación era real. Sabía más o menos dónde me encontraba, pero no tenía ni idea de cuándo iba a encontrar a alguien. En esos momentos me acordaba de las historias que varios amigos subsaharianos me habían contado en España antes de iniciar mi viaje: odiseas sufridas para llegar a alcanzar la inhumana valla que separa África de España. Fue entonces, mientras pedaleaba la complicada zona de Raichandwala, cuando conocí a la joven Oishi, protagonista de esta historia y responsable directa a la hora de aupar mi motivación en los muchos y difíciles momentos que llegarían durante el resto de mi viaje. La preocupación estaba en uno de los puntos más altos cuando, a lo lejos, en el lateral izquierdo, intuí una construcción que se convertía en realidad según avanzaba. No era ningún espejismo. La casa era pequeña y la arena se había apropiado de una gran parte de ella. No vi a nadie, pero obviamente paré. No había puerta de entrada y accedí saludando en voz alta. Un gran cántaro de agua, medio lleno, formaba parte de la sencilla decoración. Salí para coger los cinco botes que cargaba sin líquido y, en ese momento, llegaron Mota y Khiraj, dos hermanos. Aún no había llenado el primer bote cuando les pedí permiso para continuar con los otros cuatro. Mota se acercó para ayudarme mientras Khiraj examinaba la bicicleta, sin llegar a creer lo que sus ojos veían. A los pocos minutos llegó Babu, el padre, con un cántaro enmohecido de varios colores cargado sobre su hombro. El sudor del hombre delataba que había caminado mucho tiempo con el agua a sus espaldas, lo que le daba aún más valor. Me obligaron a descansar y acepté. Si algo me han enseñado mis viajes es que la vida siempre te indica dónde está la línea roja. Es el ego y tu control sobre este quien te hará cruzarla o no. El dolor frente a la ilusión de un sueño. Aproveché el descanso para ofrecerles a Mota y Khiraj la posibilidad de dibujar su sueño. En Delhi habían publicado en el periódico un reportaje sobre mi viaje y lo cargaba en la bicicleta como medio para que la gente entendiera la razón de mi ruta. Se lo entregué al padre, pero ninguno sabía leer. Fue cuando saqué el resto de dibujos que otros menores me habían entregado hasta ese día cuando entendieron mi propuesta. Les entregué dos cartulinas en blanco y extendí las pinturas sobre un camastro que había en la entrada. Pronto comenzaron a dar color al papel. Mientras, Babu me indicaba sobre el mapa la ruta hacia Jaisalmer, mirándome a los ojos con cierta preocupación. En ese momento, vi a lo lejos a alguien que se acercaba desde una zona de pequeños arbustos. Era Oishi. Llegaba con los dedos de las manos distanciados entre sí, como si algo les impidiera unirse, y una increíble luz en sus ojos. Se trataba de una buena amiga de los hermanos. Al entrar en la casa y ver todos aquellos colores desplegados, sus ojos se cargaron de una inocente ilusión: ella también quería dibujar. Saqué una nueva cartulina y, sin apenas tiempo para entregársela, giró sus manos mostrándome las palmas. Sus dedos estaban completamente hinchados y amarillos. Tenía más de quince grandes pinchos clavados, lo que le había provocado una importante infección. El dolor era tal que ni siquiera los dedos podían tocarse entre sí. Babu me explicó que Oishi trabajaba extrayendo de la arena, a mano, los arbustos espinosos que se veían frente a la casa. Trabajaba junto a sus padres, a quienes conocí poco después. Por aquellas fechas, cargaba dos pequeños botiquines en la bicicleta. Del primero saqué un cúter, unas pinzas, betadine y algodón. Los pinchos llevaban tiempo clavados y la piel los había cubierto por completo. Conseguí extraerle el primero haciendo un pequeño corte, pero al segundo intento Oishi me pidió que lo dejara. Mientras le limpiaba la herida, la pequeña no dejaba de mirar a sus amigos y a las pinturas. Para Oishi, la ilusión de trazar su sueño sobre el papel era mucho más importante que el dolor que sentía al tener los lápices entre sus dedos. Intenté retirarle la cartulina en dos ocasiones al ver el sufrimiento en su rostro, pero no hubo forma. Sus ojos mostraban un dolor real, pero también una determinación inquebrantable. Ella sabía mejor que nadie dónde estaba su línea roja y si debía cruzarla o no. ¿Quién era yo para ponerle límites? Una hora y media después, Oishi se acercó a mí ofreciéndome su dibujo, acompañado de una mirada cargada de humildad, ilusión y plena satisfacción. ¡Qué lección! Decidí no pasar la noche allí porque tenía la certeza de que, por la mañana, me costaría una barbaridad despedirme de ellos, especialmente de la pequeña Oishi. Agradecido de habernos cruzado en el camino. Historias que transforman el camino. A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza y la dignidad de la pequeña Oishi es un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo. El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber qué te ha transmitido esta historia. ¿Qué reflexiones te despierta la increíble determinación de Oishi frente a su realidad? ¡Gracias por formar parte de este viaje humano!

Nacida para ser libre: Diario de una vuelta al mundo en bicicleta | Sáhara

Nacida para ser libre: Diario de una vuelta al mundo en bicicleta | Sáhara

Siete menos diez de la mañana del domingo 14 de abril de 2013. Más de tres años ya de vuelta al mundo en bicicleta. Hemos entrado en el Sáhara Occidental. Seguimos compartiendo el diario de un viaje en bicicleta. Junto a mi compañera Libertad en ruta por Sahara Occidental. Mi idea era cruzar la línea divisoria por la tarde, pero una gran duna, a escasos cinco kilómetros de esta, se presentó invitándonos a acompañarla esa noche. Mi compañera está de acuerdo; retrasamos unas horas la entrada en la tierra que clama libertad. Se trata de la única gran duna accesible y en forma de “L” que puede protegernos del viento. Al otro lado de la tranquila, estrecha y maltrecha carretera, hay un mar de ellas, pero están demasiado lejos y el terreno es arenoso. Toca empujar a mi compañera más de trescientos metros hasta llegar al rincón que previamente había ojeado. Es temprano aún y ya tenemos el campamento montado. Cámaras en mano, subo hasta lo más alto de nuestra generosa amiga. Libertad se queda vigilando que nadie ronde nuestra jaima mientras observa detenidamente la ascensión. La música, como siempre en estos casos, también me acompaña. Generosa, nuestra anfitriona me regala unas impresionantes vistas desde la parte más alta de su joroba. El silencio actúa como condimento al atracón visual. Abajo, mi compañera no me pierde de vista. Hay conexión. Este es uno de esos muchos momentos en los que uno se siente egoísta como nadie: lo tengo todo y no puedo compartirlo con aquellos que quisiera. Fotos, tomas de vídeo y memoria; podremos hacerlo un tiempo después. En nuestras alforjas tenemos arroz y media cebolla, y mientras degusto la paella típica de este viaje, Libertad espera impaciente a que le suelte prenda sobre el momento vivido arriba. —Tenemos tiempo, amiga, ahora toca engañar un poco al estómago— le digo. Al poco de acampar siempre elijo un rincón donde pasar los primeros minutos. En esta ocasión, en lo alto de la duna. Atrapados en una tormenta de arena. Hasta aquí, todo perfecto. Tres de la mañana y el viento cambia de dirección. Nuestra amiga, aun queriéndolo, no puede seguir protegiéndonos. La ventisca entra en la “L” por un lateral y con ella toda la arena que le cabe en las garras. La tienda se infla, dejando el espacio libre para que la tormenta atraviese la mosquitera y entre como Pedro por su casa. En pocos segundos se forma una nube en el interior que me obliga a anudarme la funda de la colchoneta en la cabeza, ya que es imposible respirar sin ella. Salgo rápidamente para quitarle a Libertad la funda de plástico que, al inflarse como la tienda, la está ahogando. No es suficiente y tengo que elegir entre ella o la tienda; mi amiga es lo primero. Rápido la desprendo de las alforjas, la tumbo sobre la arena, le coloco el plástico como puedo y amontono las alforjas sobre ella. Con la luz de la linterna frontal apuntando a la tienda, veo que dos de las clavijas se han soltado: el sobretecho campa a sus anchas y se puede desgarrar. Como puedo, tiro del resto de clavijas a la vez que voy enrollando la segunda piel de nuestra jaima. El criminal viento no da tregua y en pocos minutos se han amontonado casi tres centímetros de arena en el interior. Las flexibles varillas dan hasta donde dan y tengo que soltarlas también. Sin reparar en el desorden, me protejo como puedo detrás de mi compañera y el montón de alforjas, sin soltar el manojo de la tienda que tengo en los brazos. La arena se me está clavando como alfileres. Apago la luz porque asusta tenerla encendida. Toca esperar a que amanezca. Más de dos interminables horas. Lo que había comenzado como una perfecta despedida de Marruecos, en tan solo veinte minutos se convirtió en una pesadilla que me haría dormir en alerta hasta bien entrados en Senegal. Después de la acampada tiempo para reponer fuerzas Rumbo a Esmara: Entre la sed y los controles policiales. Amanece en una gasolinera aún cerrada, pero es un refugio y necesito desprenderme del rebozado de arena que llevo encima. Mientras espero a que llegue el encargado, organizo el desbarajuste que tenemos montado. Poco más tarde, un coche con cuatro ocupantes llega al sitio: el hombre de la gasolinera, el del desangelado bar y dos amigos de estos que serán los encargados de malinformarme sobre la ruta y las opciones de agua. También resultan ser los anfitriones de un desayuno a base de té, cómo no, pan y aceite. Aldeas abandonadas en Sahara —Sí, estás en el Sáhara ya— me confirman. —No tienes agua hasta algo más de cuarenta kilómetros— me aseguran en un claro español. Aseados mi compañera y yo, y sacudida la tienda en condiciones, volvemos a ponernos en ruta hacia Esmara. El fuerte viento no nos ha abandonado en ningún momento, pero esta vez nos empuja en vez de destrozarnos. Paramos en el primero de los treinta y ocho controles policiales en el Sáhara. Aún no estamos hartos de estos y pasamos un buen rato charlando con los dos gendarmes. Treinta, cuarenta, cincuenta kilómetros y vemos menos posibilidad de agua que la primera pareja de dromedarios con los que nos cruzamos en ruta. Estamos sin suministro desde hace más de hora y media y el sol trabaja cada vez con más energía. El aire es asfixiante y consigue que mi lengua se pegue al paladar, y este, a su vez, a la única neurona que me queda activa. Veinte kilómetros más y nos damos de frente con un pequeño pueblo. Los amigos de la gasolinera estaban equivocados: no eran cuarenta, sino setenta los kilómetros que nos separaban del ansiado líquido. Allí, en una pequeña casa, me sacan una garrafa de cinco litros con agua helada, a la que me abrazo como un niño a su peluche en la cuna. La familia me invita a pasar la noche con ellos, pero necesito descansar y rechazo la invitación. Haberla aceptado hubiera supuesto someterme a una nueva y larga entrevista, y mi cuerpo no estaba para tal labor. Hoy no, lo siento. Como por arte de magia, ese agua me da fuerzas para pedalear con energía hasta Esmara. Un total de 135 kilómetros desde que nos despedimos de la duna. El viento, seguro que arrepentido de la noche que nos brindó, continúa de nuestra parte y hay que aprovechar el momento. Los gendarmes vuelven a darnos el alto antes de entrar en la ciudad y, pocos metros después, lo hace también la policía. Comienzo a fruncir el ceño. —Es por tu seguridad— esta será una de las frases que más veces escucharé en este territorio que clama libertad, y a la que siempre responderé de igual forma: —Este país lo forma buena gente, no hay problema con mi seguridad. La cosa es que a vuestro rey le encanta controlar a todo aquél que entra en esta tierra—. Los dromedarios salvajes son una constante en Sahara Occidental El muro militar y la burocracia del desierto. El motivo por el cual nos desviamos de la costa por unos días y llegamos hasta Esmara no era otro que acceder al campo de refugiados, pero me indican que no puedo llegar desde allí; que debo entrar en Mauritania para subir hasta Argelia y entrar en Tinduf. Casi nada. Mi ánimo se desploma como un árbol al recibir el último hachazo. Compañía en Sahara Occidental Me dirijo, sudado y con la camiseta perfectamente teñida del color del desierto, hacia el campamento del ejército marroquí que, además de liarse a porrazos y pelotazos con los saharauis cada poco, protege a los operarios de la ONU que “trabajan” en la zona. Son cuatro kilómetros empujando a mi compañera por una impracticable pista empedrada. Tras horas de lucha contra el viento, un alto en la ruta junto a Libertad Trescientos metros antes de llegar, dos soldados comienzan a darme el alto con los brazos arriba, pero continúo empujando a Libertad hacia ellos. Insisten y yo también, lo que hace que nos saludemos a medio camino. Mientras hablo con ellos como puedo, veo a otros atrincherados y armados hasta los dientes a ambos lados de la pista, y a otros tantos en lo alto de una pequeña loma. Defecto profesional: mis ojos trabajan de forma independiente en muchos casos, aun suplicándoles un descanso. Sin llegar a los cinco minutos, puedo contar hasta catorce soldados alrededor mío. Uno de ellos está armado y tiene cara de pocos amigos. El de mayor rango, de no más de treinta años y el último en llegar, se presenta en un perfecto español. —No puedes estar aquí, es zona militar y está especialmente protegida— me dice. —Pues ya ves qué hora es y los minutos de luz que me quedan. Venía a charlar con alguien de la ONU para, además de solicitar información sobre el campo de refugiados, pedir el favor de pasar la noche aquí— le respondo sin perder de vista al resto. Este llama desde su móvil a no sé quién y, al terminar la charla, me dice que mis intenciones son imposibles. —Bueno, ¿pero no puedo hablar directamente con alguno de ellos?— le pregunto a sabiendas de la respuesta. Le muestro el amplio dossier que llevo encima donde se recoge la información sobre el proyecto, entrevistas y fotografías. —Bueno, ¿pero no puedo hablar directamente con alguno de ellos?— le pregunto a sabiendas de la respuesta. Le muestro el amplio dossier que llevo encima donde se recoge la información sobre el proyecto, entrevistas y fotografías. —Espera que llame al jefe a ver qué me dice—. La hospitalidad es una constante en Sáhara Occidental Momento para fotografiar mentalmente todo lo que se mueve y lo que no. Mientras mis ojos y memoria trabajan, un 4x4 sale de la zona militarizada. Cuatro desgarbados soldados con más polvo encima que yo se suman a la reunión. —Estamos todos— le digo al nuevo amigo cuando termina la conversación telefónica. Este se ríe y me dice que dentro quedan otros ochocientos. También que el gran jefe está en camino—. Si no te permiten pasar la noche aquí, que será lo más probable, te vienes a mi casa, te duchas, cenas y duermes tranquilo, y ya mañana continúas camino. Mientras esperamos la llegada del "boss", cuento dos 4x4 blancos con una enorme antena en el frontal, nuevos e impolutos, que salen del recinto a toda velocidad levantando una polvareda de escándalo. Una persona en cada vehículo. En las puertas delanteras se lee claramente UN. Ni saludan a los soldados a los que han tintado de polvo, ni a mí, pero fijan su vista en Libertad. Pocos minutos después, otro vehículo de igual calibre entra con las mismas prisas. En este viajan cuatro personas de alto nivel dadas sus vestimentas; dos mujeres y dos hombres. Estos tampoco se paran a preguntar si necesito un apósito o una fabada asturiana. En fin, es lo que toca, aunque no debiera ser así, dado que ellos también acostumbran a beber cuando tienen sed. Antes de pasar la media hora, llega el jefe. El capitán, el subjefe y su asistente me estrechan la mano. Intento explicarles el motivo de mi visita pero no me dan tiempo. Noche en la jaima de Hussein y su familia —Me dicen que quieres hablar con alguien de la ONU además de pasar la noche aquí, y ni una ni otra cosa puede ser, pero tranquilo que yo te pago una habitación en el hotel de un amigo— me dice el jefe a través de mi amigo el sargento, sin darme tiempo a pestañear. —No se hable más— me digo por lo bajines. —Ni pestañees, Joseba— siento cómo me dice Libertad. Junto a mi buen amigo Hussein en mitad del Sahara Vuelvo a empujar a mi compañera los mismos cuatro kilómetros de la ida y, tras pedalear un par de ellos más, llegamos al "hotel", que no resulta ser tal. Se trata de una vieja pensión sin agua corriente ni servicios, con un pequeño lavabo fuera y un viejo catre en una sucia habitación de no más de seis metros. Pero el habitáculo tiene cuatro esquinas y en una de ellas, alguien generoso, ha dejado un pequeño balde sumamente importante para estos casos. Como siempre digo llegados estos momentos: “A caballo regalado no le mires el juanete”. La inmensidad de la meseta y el encuentro con Hassan. En el mapa había visto que el trayecto hasta El Aaiún iba a ser, cuanto menos, complicado. Y no iba muy desencaminado… Unir Esmara con la capital iba a regalarnos nuevos amigos, sí, pero también un sol capaz de derretirnos y un viento frontal bestial. Cosas del desierto. Comenzamos a subir hacia el noroeste. El primero de estos cuatro días fue casi perfecto. El viento soplaba de espaldas a ratos y del lado derecho otros tantos. En pocos kilómetros habíamos subido hasta una gran meseta tan plana como la memoria de algunos políticos. Por momentos, las vistas que tengo a mi izquierda me obligan a realizar paradas para observar, en la quietud, aquello hasta donde mi vista da de sí: un mar de arena y piedras. Una tierra nacida para ser libre. Viajamos sin coches en una estrechísima carretera de poros abiertos. No hay gente, ni agua. No hay casi vida, pero la poca que hay puedo sentirla en mi piel y emocionarme cuando llega a calar dentro. Sin apenas darme cuenta de lo pedaleado, cuando más centrado estoy en mi mundo, el cuerpo comienza a avisarme a través de los músculos: —Compañero, vete pensando en elegir el sitio donde pasar la noche—. Aún tengo bien fresca en la memoria la noche pasada. Pedaleo y pedaleo hasta encontrar un lugar a resguardo que no llega. Ese aviso me obliga a dejar de volar y me coloca nuevamente sobre el suelo que peleamos. No queda mucho tiempo de luz y no aparece el rincón que nos dé tranquilidad, pero en la única colina con la que nos tropezamos en los 67 kilómetros de la jornada, una gran antena de telefonía se estira orgullosa cual Torre Eiffel. Debajo de ella veo un muro que cubre su perímetro. —¡Estamos salvados! — piensa uno en voz alta. Detalle del interior de una jaima en Sahara Occidental Según me voy acercando, veo a un hombre con ropa militar y un pequeño perro que sale en mi busca, seguramente creyendo ver alucinaciones. Hassan es el primero de los salvavidas que encontraremos en esta tierra. Junto a él y su pequeña y juguetona compañera pasaremos la noche, no sin antes tomar un buen té en tres pequeñas dosis, el ritual para dar comienzo a cada nueva amistad. Con el desayuno a base de té, pan y aceite, damos comienzo a tres devastadores días en lo que a desgaste físico se refiere. Tres jornadas de soledad absoluta y fuerte viento frontal hasta llegar a El Aaiún. Largas distancias en las que, de no controlar la cabeza, pueden convertirse en jornadas infernales, pero las salvamos gracias también a Hassan, a Said y su familia —que dicen pertenecer al Frente Polisario—, y a Fdaili, su mujer y sus pequeños. Todos empujan a su manera para que esto continúe adelante. Llevo varios días con la cabeza trabajando en una decisión que creo debo tomar y que no me permite centrarme como debiera en lo que he venido a hacer. Me pongo duro conmigo mismo mientras pedaleo y prácticamente dejo sentenciada la resolución. Yo a lo mío, otros a lo suyo. Aunque no será hasta unas semanas después cuando dé a conocer mi decisión y los claros motivos de esta. Recogida del ganado al atardecer Un pollo con patatas en El Aaiún y el valor de la hospitalidad. Y llegamos a la capital, abatidos y con quemaduras de consideración en algunas zonas del cuerpo. Allí aparece Mohamed, sin más, en medio de una larga avenida que da la sensación de sobrarle espacio o de faltarle gente por algún lado y que da entrada a la ciudad. Mi generoso amigo también habla un perfecto español. —¿De dónde vienes, alma de cántaro?— me dice, a lo que respondo con una larga carcajada. Por un momento, consigue que el agotamiento desaparezca, pero no la sudada que llevo encima. —¿Y esa expresión? ¿De dónde la has sacado?— le pregunto aún con lagrimones en los ojos. —Muchos años trabajando en España, hermano. ¿Qué te trae a esta tierra? ¿Has comido?— Y juntos, yo sudado hasta las uñas y él con su camisa de manga corta y cuadros grises, nos sentamos en una terraza en el centro de la ciudad a comer un pollo con patatas. Un refresco de cola acompaña el menú. —Joder, amigo, ni me acuerdo de cuándo comí esto por última vez— le comento. El camarero, por si fuera poco, adorna el centro de la mesa con una ensalada que tiene un poquito de todo, con salsa de tomate y mostaza a ambos lados. ¡Atracón al canto! En cada conexión que puedo hacer a internet, siempre me encuentro un correo o mensaje privado especial. Con frecuencia, amigas que siguen el viaje desde hace tiempo y con las que tengo un grado alto de confianza me cuentan cómo les va la vida; otras y otros muchos dan ánimos de forma muy emotiva, y algunos empujan en forma de colaboración con el proyecto. Pero ese día, un correo entre todos ellos trajo consigo la confirmación de un amor eterno. Volvemos a volar, pero esta vez hacia el sur, por la costa rumbo a Boujdour. Vistas del atardecer en el Sahara desde mi tienda de campaña Retratos en el desierto con Hussein y Brahim. Decido abandonar la cansina carretera y adentrarme un poco más en el desierto, donde me doy de bruces con dos grandes jaimas. Allí está Ahmed junto a su hermana y hermano pequeños. Como siempre sucede en este territorio, cualquier persona que encuentras en los alrededores, aunque estés a varios cientos de metros, te invita a compartir todo lo que tiene. Sea lo que sea, durante el tiempo que haga falta. De su boca vuelvo a escuchar la palabra libertad durante los tres tés. —Pues trabajo en el mundo de la fotografía y estoy viajando por el mundo intentando hacer algo para que la vida de un puñado de pequeños cambie de una vez por todas. No sé si con esto conseguiré algo, pero me hace sentir bien y me consta que a otros también. Digamos que trabajo de una forma un tanto especial por sus derechos— le respondo a la pregunta de a qué te dedicas. —Mi padre y mi madre están con el rebaño de ovejas y vendrán dentro de un par de horas, cuando el sol comience a caer. Si quieres, podemos ir a buscarles y les haces unas fotos— me propone cuando le digo que mi especialidad es inmortalizar miradas. Tengo un buen presentimiento y este termina por confirmarse cuando llegamos en su viejo Land Rover y conozco a nuestros nuevos anfitriones: Hussein y Ahlaila, su mujer. Desde el primer momento, mi viejo amigo y yo conectamos a fondo. Habla bastante bien español, ya que sirvió en el ejército español hace tiempo. Se ofrece a ser retratado cuando descubre el motivo de mi viaje; fotos y tomas de vídeo que a los pocos días verían la luz en este blog. Los días con Hussein y su familia fueron de los más emotivos que he vivido en estos casi ochocientos días de andanzas por el mundo. Y he vivido unos pocos ya… Volvemos a la ruta a primera hora de la mañana y, tras una larga jornada con viento de frente, damos con Brahim, otro curioso amigo con el que pude volver a soltar varias carcajadas y compartir momentos de gran emoción. —¡Qué alegría que hayas parado! Además eres español. Llevo muchos años intentando que alguno pare, pero nada. Eres la primera persona que lo hace en los doce años que llevo aquí metido— me aclara mientras comienzo a notar el característico nudo en la garganta que me acompaña en este viaje. Brahim es un hombre de setenta y un años que vive en una pequeña jaima que se cae a trozos. El viento es perenne aquí y su pequeña vivienda pocas embestidas más puede soportar. Él me lo confirma. Mi raquítico amigo también formó parte del antiguo ejército. —Mi mujer vive a las afueras de Boujdour con nuestras cincuenta ovejas. No tenemos hijos porque nunca hemos podido permitírnoslo. El dinero que estas dan no nos llega, ya que la leche que dan es mínima; no como en España, que las ovejas están gordas y dan dinero para vivir, supongo—. Esto termina por derrumbarme y tengo que salir de la jaima para respirar un rato. Mi amigo se da cuenta y sale detrás a ver si estoy bien. Me pide disculpas. —No tienes por qué preocuparte, porque aquí gano doscientos setenta euros al mes y con ello llevamos años saliendo adelante— termina. —Me duele que alguien que desea tener hijos no pueda sentirse realizado por culpa del maldito dinero, pero anda tranquilo porque estoy bien— le miento desde fuera del desastroso amasijo de telas. —He llegado a ponerme en medio de la carretera con los brazos levantados, delante de las grandes autocaravanas, para que paren y poder invitarles a té y a charlar un rato, pero no hay forma de que hagan un alto, siempre me esquivan. Siempre tienen prisa, o será porque pensarán que estoy loco—. Mi querido amigo cambia de tema y consigue ponerme por un momento en situación, soltando la primera de muchas carcajadas en su compañía. —¡Qué grande eres, amigo mío! Y encima sabes sacar tiempo para el cachondeo— le respondo sin haber terminado de reír. —Te vas a quedar a dormir, ¿no?—. —Por supuesto!—. —Voy a echar las redes a ver si hay suerte y mañana recojo algo. ¿Me acompañas? —me invita. Después de caminar casi un par de kilómetros y bajar un pequeño acantilado con unas vistas capaces de quitar el hipo, nos adentramos en el mar unos ciento sintonizados metros y le ayudo a desenredar su vieja red de plástico negro y verde. Un precioso momento que guardo con especial cariño en la memoria. Mi amigo es poco dado a la cocina —le pasa como a mí— y me toca preparar la especialidad de la casa: arroz con cebolla, pero en esta ocasión también tenemos tomates y un chorrito de aceite, como buen saharaui que es. Poco después, tras una bonita charla, me quedo dormido en el suelo, a su lado, como si fuera el hijo que no pudo ser. Grande, amigo. Grande. Una nueva lección aprendida. Historias que transforman el camino: Diario de viaje en bicicleta. A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza y la dignidad de la pequeña Oishi es un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo. El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber qué te ha transmitido esta historia. ¿Qué reflexiones te despierta la increíble determinación de Oishi frente a su realidad? ¡Gracias por formar parte de este viaje humano!

Historias humanas en Laos: El tierno reflejo de Phut y Ladsamy

Historias humanas en Laos: El tierno reflejo de Phut y Ladsamy

Las inseparables Phut y Ladsamy de Laos Nombre: Phut (5 años) Nombre: Ladsamy (12 años) Localidad: Na Mor, Laos (2011) Historias humanas en Laos. Pedalear por el norte de Laos es enfrentarse a una geografía indomable de montañas verdes y carreteras sinuosas que exigen el máximo de tus fuerzas. Sin embargo, la dureza del camino siempre encuentra su recompensa en los pequeños pueblos que salen al encuentro. Así fue como llegué a Na Mor, un rincón rural donde el ritmo de la vida lo marcan las cosechas y la luz del sol, y donde tuve la fortuna de cruzarme con dos almas que dejaron una huella imborrable en este diario de viaje: las hermanas Phut y Ladsamy. Compartir techo y comida con su familia me permitió asomarme, aunque fuera por unas horas, a la pureza de sus realidades cotidianas. Estas son las verdaderas historias humanas que dan sentido a cada kilómetro recorrido. El universo infantil según Ladsamy. Durante la tarde, mientras el calor daba un respiro y nos acomodábamos en el porche de la casa, Ladsamy, con una madurez asombrosa para sus doce años, empezó a desgranar el mundo de su hermana pequeña ante mi curiosidad de fotógrafo y viajero. Me contó que a Phut lo que más le gusta en este mundo es jugar a ser mamá, imitando los gestos de las mujeres del pueblo, pero con una curiosa condición: no le gusta nada mancharse. Respecto a ella misma, Ladsamy me confesó con los ojos brillantes que el lugar donde más disfruta es en la escuela. Le apasiona aprender, pero también espera con ilusión que llegue el fin de semana por una razón muy especial: acompañar a su madre a vender verduras en el mercado local. Cuando le pregunté por el futuro, su respuesta fue de una lealtad conmovedora; no sueña con grandes urbes ni horizontes lejanos, cuando sea mayor quiere seguir viviendo allí, en el pueblo, cerca de su familia y de sus amigas de la infancia. Phut, la astucia de la pequeña de la casa. Por mi parte, no me hizo falta mucho tiempo observando para darme cuenta de que Phut se las sabe todas. Tiene sumamente claro que, al ser la menor de cuatro hermanos, goza de ciertos privilegios y puede campar a sus anchas por toda la casa sin que nadie la reprenda demasiado. Tiene un magnetismo divertido. Le encanta meter la mano en el cesto comunal del arroz pegajoso para moldear pequeñas bolas con los dedos, aunque luego se distraiga y ni siquiera se las coma. Y es totalmente cierto lo que decía su hermana: cuando juega con las amigas en el suelo arcilloso, despliega una meticulosidad casi obsesiva, colocando siempre una esterilla o un cartón viejo para proteger su ropa y no tocar el barro. Siempre lleva colgado un pequeño bolso de tela que es su mayor tesoro; allí guarda celosamente una colección de palitos pulidos y unas pocas piedras de colores que cambian de valor según el juego del día. Phut está atenta a absolutamente todo lo que ocurre a su alrededor con unos ojos despiertos que lo registran todo, aunque, eso sí, a la hora de cenar come muy poco, prefiriendo la distracción al plato. Ladsamy, el pilar de la ternura responsable. Ladsamy es el contrapunto perfecto. Ejerce de buena hermana mayor a tiempo completo; se nota en cómo camina y en cómo habla. Siempre está pendiente del bienestar de los otros tres hermanos y de ayudar a su madre en las tareas del hogar. En esa dinámica familiar, Phut es indiscutiblemente su ojito derecho, mientras que Ladsamy ocupa ese lugar de orgullo en el corazón de su padre. Es una niña increíblemente responsable, con una seriedad que denota haber asumido roles de cuidado demasiado pronto. Imagino que por el peso de esa invisible carga sonríe poco, pero cuando lo hace, ilumina todo el espacio. Es un ser adorable. Al caer la noche, bajo la tenue luz de la vivienda, llegó el momento mágico del proyecto. Desplegué los materiales y Ladsamy se concentró sobre el papel en blanco. Tras un rato de silencioso esmero, se acercó y me entregó su dibujo: su sueño en trazos de colores pasaba a formar parte del amplio "museo" que ya cargan mis alforjas. Como suele suceder en estos casos, donde la hospitalidad es tan transparente y real, me costó un mundo despedirme de aquella maravillosa familia. Volví a subirme a la bicicleta con el cuerpo descansado y el alma llena de estas pequeñas pero inmensas historias humanas en Laos. Historias que transforman el camino. A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza, la hospitalidad y la dignidad de las gentes que encuentro en la ruta son un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo. El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber qué te ha transmitido esta historia. ¿Qué reflexiones te despierta la increíble hospitalidad de Hassan, Mohamed o Brahim frente a sus propias realidades? ¡Gracias por formar parte de este viaje humano!

Historias humanas en Gambia: Las lecciones de Lamin

Historias humanas en Gambia: Las lecciones de Lamin

Mi maravilloso joven amigo Lamin de Gambia Nombre: Lamin (14 años). Localidad: Kuntaur, Gambia. El viaje en bicicleta te enseña que, aunque cambies de continente, las realidades de la infancia vulnerable se repiten con una similitud sobrecogedora. Cruzar los caminos de Gambia me ha traído a la mente de forma inevitable anteriores historias humanas, donde el peso de la responsabilidad familiar caía con la misma fuerza sobre hombros demasiado jóvenes. En el mapa las distancias son inmensas, pero en el corazón de los niños que resisten, las miradas son idénticas. Así llegué a Kuntaur, un rincón de Gambia a orillas del río, donde conocí a Lamin. Un chico de catorce años con la madurez de un anciano y la inocencia atrapada en los ojos, cuya historia merece ser contada con el mismo mimo que el resto de crónicas. El refugio de la naturaleza y un anhelo en la distancia. En nuestras charlas bajo la sombra de los árboles, Lamin me abrió su mundo con una honestidad desarmante. Me confesó que su mayor deseo sería poder ir a la escuela todos los días, con la misma regularidad que lo hacen sus amigos, pero su realidad no se lo permite. Su verdadero refugio está en la naturaleza: le fascina adentrarse en el bosque profundo, caminar hasta las orillas del río y trepar a lo más alto de los árboles para recolectar mangos. Tiene un rechazo instintivo hacia la modernidad que nos absorbe; no le gustan los teléfonos móviles y tampoco el ruido de las motos. En su lugar, observa con recelo y deseo mi medio de transporte: sueña con tener una bicicleta con la que recorrer los caminos en silencio. Pero más allá de lo material, su mayor anhelo es un viaje en la distancia. Me confesó que, cuando sea mayor, su único gran objetivo es salir del pueblo para buscar a su padre. Las duras responsabilidades de un hombre de catorce años. Observando el día a día de Lamin en Kuntaur, es imposible no trazar un puente con aquellas historias humanas en Laos donde la infancia se diluye ante las necesidades del hogar. Lamin come muy poquito, casi de forma testimonial. Con apenas catorce años, lleva sobre su espalda el rol de cabeza de familia, sintiéndose el máximo responsable del bienestar de los suyos, especialmente de su hermana de doce años y de su abuela, que es ciega y depende por completo de sus cuidados. La situación en casa no es fácil. Su madre trabaja como maestra, y aunque Lamin entiende perfectamente que intente rehacer su vida y tenga un nuevo novio, le duele profundamente ver cómo se gasta el poco dinero que gana en llamarle por teléfono varias veces al día, restando recursos necesarios para el hogar. Lamin necesita a su padre. La ausencia pesa demasiado en una casa donde el progenitor les abandonó cuando él apenas tenía tres años y medio. A pesar de las dificultades, todo el pueblo de Kuntaur le conoce y le adora. Es un líder natural y un ejemplo absoluto para sus amigos; cuando el grupo de jóvenes se reúne, las propuestas de Lamin siempre son las que tienen más peso. Su madurez se la ha ganado a pulso: tres días a la semana acude a la escuela, mientras que los cuatro restantes trabaja duramente fabricando pequeñas velas de forma totalmente manual. A cambio de esas cuatro jornadas de esfuerzo, recibe un poco de azúcar, sal, verduras, arroz y un salario de apenas dos dólares semanales. Lecciones imborrables en las historias humanas. Fue precisamente mi buen amigo, curtido por el desierto y la responsabilidad, quien me enseñó a abrazar correctamente a las personas. Cuando llegó el momento de la despedida, yo me dirigí de manera instintiva hacia su costado derecho, como acostumbramos a hacer en Occidente. Lamin me detuvo con suavidad y me corrigió con una sabiduría que me desarmó por completo: —No, Joseba. Cuando dos personas se abrazan es para unirse de corazón. El abrazo, si es verdadero, debe ser corazón con corazón —me dijo. Y así lo hicimos. Nos fundimos en un abrazo real, pecho con pecho, rompiendo cualquier barrera cultural. En ese instante de conexión pura, comprendí que este viaje no va de acumular kilómetros, sino de coleccionar estas lecciones de vida. Al igual que me ocurre en este profundo viaje con otras tantas almas, Lamin me demostró que el verdadero motor del mundo se esconde en la dignidad y la ternura de quienes menos tienen. Tu apoyo hace posible este proyecto. Cada una de estas crónicas, cada rostro inmortalizado en este viaje y cada dibujo rescatado en las alforjas forman parte de un proyecto independiente que busca dar voz a la infancia más vulnerable del planeta. Este cuaderno de bitácora no cuenta con grandes patrocinios; se sostiene gracias al apoyo de personas como tú, que creen en el valor de las historias humanas. Si quieres sumarte y ayudar a que este viaje siga adelante para continuar visibilizando estas realidades, puedes colaborar activamente con el proyecto a través de una donación o compartiendo este post en tus redes sociales. ¡Cada pequeño impulso cuenta para seguir pedaleando y transformando miradas!

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