Historias humanas en Gambia: Las lecciones de Lamin
- Joseba Etxebarria

- 1 mar 2019
- 4 min de lectura
Actualizado: 11 jun
Nombre: Lamin (14 años).
Localidad: Kuntaur, Gambia.
El viaje en bicicleta te enseña que, aunque cambies de continente, las realidades de la infancia vulnerable se repiten con una similitud sobrecogedora. Cruzar los caminos de Gambia me ha traído a la mente de forma inevitable anteriores historias humanas, donde el peso de la responsabilidad familiar caía con la misma fuerza sobre hombros demasiado jóvenes. En el mapa las distancias son inmensas, pero en el corazón de los niños que resisten, las miradas son idénticas.
Así llegué a Kuntaur, un rincón de Gambia a orillas del río, donde conocí a Lamin. Un chico de catorce años con la madurez de un anciano y la inocencia atrapada en los ojos, cuya historia merece ser contada con el mismo mimo que el resto de crónicas.
El refugio de la naturaleza y un anhelo en la distancia.
En nuestras charlas bajo la sombra de los árboles, Lamin me abrió su mundo con una honestidad desarmante. Me confesó que su mayor deseo sería poder ir a la escuela todos los días, con la misma regularidad que lo hacen sus amigos, pero su realidad no se lo permite. Su verdadero refugio está en la naturaleza: le fascina adentrarse en el bosque profundo, caminar hasta las orillas del río y trepar a lo más alto de los árboles para recolectar mangos.
Tiene un rechazo instintivo hacia la modernidad que nos absorbe; no le gustan los teléfonos móviles y tampoco el ruido de las motos. En su lugar, observa con recelo y deseo mi medio de transporte: sueña con tener una bicicleta con la que recorrer los caminos en silencio. Pero más allá de lo material, su mayor anhelo es un viaje en la distancia. Me confesó que, cuando sea mayor, su único gran objetivo es salir del pueblo para buscar a su padre.
Las duras responsabilidades de un hombre de catorce años.
Observando el día a día de Lamin en Kuntaur, es imposible no trazar un puente con aquellas historias humanas en Laos donde la infancia se diluye ante las necesidades del hogar. Lamin come muy poquito, casi de forma testimonial. Con apenas catorce años, lleva sobre su espalda el rol de cabeza de familia, sintiéndose el máximo responsable del bienestar de los suyos, especialmente de su hermana de doce años y de su abuela, que es ciega y depende por completo de sus cuidados.
La situación en casa no es fácil. Su madre trabaja como maestra, y aunque Lamin entiende perfectamente que intente rehacer su vida y tenga un nuevo novio, le duele profundamente ver cómo se gasta el poco dinero que gana en llamarle por teléfono varias veces al día, restando recursos necesarios para el hogar. Lamin necesita a su padre. La ausencia pesa demasiado en una casa donde el progenitor les abandonó cuando él apenas tenía tres años y medio.
A pesar de las dificultades, todo el pueblo de Kuntaur le conoce y le adora. Es un líder natural y un ejemplo absoluto para sus amigos; cuando el grupo de jóvenes se reúne, las propuestas de Lamin siempre son las que tienen más peso. Su madurez se la ha ganado a pulso: tres días a la semana acude a la escuela, mientras que los cuatro restantes trabaja duramente fabricando pequeñas velas de forma totalmente manual. A cambio de esas cuatro jornadas de esfuerzo, recibe un poco de azúcar, sal, verduras, arroz y un salario de apenas dos dólares semanales.
Lecciones imborrables en las historias humanas.
Fue precisamente mi buen amigo, curtido por el desierto y la responsabilidad, quien me enseñó a abrazar correctamente a las personas. Cuando llegó el momento de la despedida, yo me dirigí de manera instintiva hacia su costado derecho, como acostumbramos a hacer en Occidente. Lamin me detuvo con suavidad y me corrigió con una sabiduría que me desarmó por completo:
—No, Joseba. Cuando dos personas se abrazan es para unirse de corazón. El abrazo, si es verdadero, debe ser corazón con corazón —me dijo.
Y así lo hicimos. Nos fundimos en un abrazo real, pecho con pecho, rompiendo cualquier barrera cultural. En ese instante de conexión pura, comprendí que este viaje no va de acumular kilómetros, sino de coleccionar estas lecciones de vida. Al igual que me ocurre en este profundo viaje con otras tantas almas, Lamin me demostró que el verdadero motor del mundo se esconde en la dignidad y la ternura de quienes menos tienen.
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