La emoción en estado puro: Mi encuentro con Marita en la Fundación Vicente Ferrer | India
- Joseba Etxebarria

- 9 sept 2021
- 6 min de lectura
Actualizado: 28 may
Llevaba pedaleados en India algo más de 3.500 kilómetros. Me encontraba en el sur del país y la idea era visitar la Fundación Vicente Ferrer, una organización española que trabaja desde hace más de cincuenta años con los más desfavorecidos en el Estado de Andhra Pradesh.
Llegué a la Fundación de noche, sin luces y sin que nadie me esperara allí, porque no había avisado de mi visita con anterioridad. No pasaron muchos minutos hasta que Ana, la maravillosa mujer de Vicente, se me presentó dándome la bienvenida a Anantapur, ciudad donde está ubicada la central de la organización.
Vicente, marido de Ana y fundador de esta gran historia, fue, es y seguirá siendo una de las personas en las que baso muchos de mis valores y principios. Él fue y sigue siendo un ejemplo para millones de personas. Un año antes de mi llegada, Vicente había fallecido entre la más absoluta admiración del pueblo indio y de medio mundo.
—Perdona por haber llegado un año tarde— le dije a Ana.
—Nadie sabía lo que iba a suceder. Lo importante es que estás aquí y vas a poder conocer el legado que Vicente nos dejó— sentenció.
Por aquel entonces yo tenía un blog, sencillo pero con mucha aceptación, donde escribía sobre mi día a día de la vuelta al mundo. Susana, una de mis buenas amigas en España y fiel seguidora, se enteró a través de las publicaciones de mi inminente visita a la Fundación y rápidamente me escribió un correo pidiéndome un gran favor:
Joseba, desde hace cinco años tengo apadrinada a una niña de la Fundación Vicente Ferrer. Su nombre es Marita. Cada año me envían una felicitación acompañada de un dibujo hecho por ella. También me envían puntualmente fotografías para ver su evolución, pero me haría mucha ilusión saber qué tal está, cómo es su día a día y si es feliz con su familia. Por favor, ¿puedes hablar con quien corresponda en la Fundación para ver si puedes visitar a Marita y su familia, y contarme cómo es?”, decía claramente en el correo.
Aquella primera noche en Anantapur le expliqué a Ana el favor que me había pedido mi amiga.
—Has llegado en bicicleta hasta aquí y lo mínimo que puedo hacer por ti es lo posible para que conozcas a la niña y le des tu impresión a Susana— me respondió Ana.
Por la mañana, a primera hora, uno de los guías de la Fundación pasó a buscarme para llevarme a conocer a la pequeña y feliz Marita. El guía hablaba perfectamente español y, a la vez que conducía el 4x4, me iba explicando cómo es la vida en aquella zona de India, el segundo Estado más seco del país y uno de los más pobres.
—Marita vive con su familia a unos cien kilómetros de la Fundación, pero es uno de los viajes que más me gusta hacer porque la gente de esa zona es increíblemente amable y hospitalaria— me dijo el conductor con cierto grado de emoción.
Jamás olvidaré aquel día. Era la séptima vez que visitaba India, pero nunca antes había sentido la emoción de una experiencia similar en el país. Y puedo decir que tengo muchas vividas y bien conservadas en el corazón…
Llegamos a media mañana a la aldea. Antes de entrar, le pedí al guía que parase un momento en la carretera porque necesitaba serenarme. La emoción había formado un nudo en mi garganta que necesitaba deshacer. Me bajé del coche y descargué los sentimientos que me tenían bloqueado desde la salida. Marita era la razón de esta profunda historia y no podía permitir que mis lágrimas le arrebataran el protagonismo.
Desde el mismo momento que cruzamos frente a la primera casa, pude sentir que todo el pueblo nos estaba esperando. El guía me indicó con el dedo cuál era el hogar de Marita. Conté seis casas al lado de la de la pequeña. En el centro de todas ellas había un espacio libre, como un lugar de juego y socialización para las familias. Allí se detuvo el vehículo.
Enfrente nos esperaban varias decenas de personas, pero no conseguí localizar a Marita de inmediato. La emoción era tal que le pedí a mi compañero que me diera unos segundos antes de bajarme. De repente, vi a una niña hermosísima acercarse a nosotros. Era Marita. En sus manos tenía dos collares hechos a mano con multitud de flores de colores. En el suelo, sobre la arena, cientos de pétalos me daban la bienvenida: "Welcome Joseba", se leía con absoluta claridad.
Aún no me había bajado del coche porque me temblaban demasiado las piernas. Las lágrimas, en vez de paralizarme, me animaron a abrir la puerta y abrazar a Marita como si se tratara de mi propia hija. La pequeña me abrazó como lo hubiera hecho con mi buena amiga Susana. ¡Qué momento!
Después de más de un minuto de sincero abrazo, Marita me cogió de la mano y me llevó hasta la puerta de su casa para presentarme a sus padres y otros familiares, que se encontraban igual o más emocionados que yo. Fue un momento único. Me atrevo a confirmar que se trataba de uno de los instantes más conmovedores que había vivido desde que salí de España hacía ya más de seis meses.
Una vez hube abrazado al resto de la familia —algo inusual en India—, comenzaron a acercarse los vecinos del pueblo. Niños y mayores se sumaban al encuentro después de colgarme del cuello más y más collares coloridos. Le pedí al guía que les tradujera unas palabras de agradecimiento, pero también que les dijera que yo simplemente era un amigo de Susana, y que era ella quien estaba haciendo posible un cambio en la vida de Marita y su familia.
La Fundación Vicente Ferrer, entre otras muchísimas cosas, construye casas para miles de familias, y la de la pequeña era una de las tantas beneficiarias. Me enseñaron la vivienda que habían convertido, con mucho amor, en un gran hogar. Se trataba de una familia feliz. Realmente feliz. Marita es hija única —al menos por aquel entonces—, pero como dijo ella, todos los niños de la aldea eran sus hermanos.
Fundación Vicente Ferrer.

Estuvimos algo más de una hora en la casa, recibiendo las ofrendas de todo el pueblo que, emocionado, se había acercado a conocer al hombre que llegaba en nombre de las miles de personas que desde España apoyan su causa. Estas fueron palabras textuales del guía.
Visitamos la escuela donde estudiaba Marita. Allí nuestra visita también fue una fiesta; el colegio al completo nos esperaba impaciente. Nos recibieron con un baile típico de la zona y más flores que tuvimos que cargar en el 4x4 porque ya no nos cabían alrededor del cuerpo.

De la escuela, siempre de la mano de Marita, visitamos el pueblo y regresamos al hogar de la familia. Allí comimos y pasamos una tarde increíblemente maravillosa. Fotos y más fotos, sonrisas y más sonrisas de agradecimiento. Complicidad a raudales…
Por aquel entonces, una parte importantísima de mi proyecto consistía en recoger los sueños de trescientos niños y niñas a través de sus propios dibujos. Los fui recopilando, uno a uno, en cada país que visité entre España y Vietnam, donde finalizaba la primera parte de esta vuelta al mundo por los Derechos Humanos a la que, muchos años después, continúo entregado en cuerpo y alma.
Obviamente no podía marcharme de allí sin el sueño de Marita, así que desplegué sobre el mismo suelo todos los lápices de colores que cargaba en la bicicleta y una cartulina en blanco, al igual que había hecho con más de un centenar de niños durante los meses previos. Marita se encargó del resto y de allí salí con su sueño dibujado en trazos llenos de vida.
Marita era entonces una niña feliz, realmente feliz. Una niña amada por todos los que la rodean y que aprovechó la oportunidad que le dieron para estudiar.
Como alguien dijo una vez, son las pequeñas acciones las que cambian el mundo. Y tú, mi querida amiga Susana, eres un claro ejemplo de ello.
Si quieres descubrir más sobre la increíble historia de Vicente y Ana Ferrer, y cómo transformaron la vida de miles de personas en Anantapur, te animo de corazón a ver su película.
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