Esclavitud moderna: Tres noches en la cantera | La India
- Joseba Etxebarria

- 10 nov 2023
- 5 min de lectura
Actualizado: 27 may
Me encontraba en Maharashtra, un estado situado en el área central occidental de la India. Unos días antes había dejado atrás la caótica ciudad de Mumbai, donde conviví en la calle durante dos días con cuatro menores en situación de exclusión. Siguiendo la ruta de mi vuelta al mundo en bicicleta, había puesto el ojo, como casi siempre, en el extremo sur del país: concretamente en la ciudad de Kanyakumari.
Pedaleando por una carretera en muy mal estado, coincidí con una familia que realizaba labores de reparación sobre el maltrecho asfalto. Varios de los trabajadores eran menores de edad. Paré durante unos minutos con la idea de preguntarles si sabían de algún lugar tranquilo en la zona donde pudiera acampar esa noche.
Me indicaron que había un pequeño sendero a la izquierda de la carretera, a unos dos o tres kilómetros. Este camino me llevaría a una gran cantera, que era de donde procedían los montones de piedras repartidos por el asfalto.
Allí pasaría tres difíciles días entre más de un centenar de almas sin vida, sin expresión en sus rostros y sin esperanza alguna.
Esclavitud moderna

Un refugio equivocado y un aviso a contrarreloj.
Localicé el camino y, un poco más adelante, la cantera. La familia me había comentado que era un lugar tranquilo, lo que me hizo pensar que se trataba de una explotación abandonada o sin servicio. Pero nada más lejos de la realidad...
Al llegar, coloqué a Maravilla a buen resguardo detrás de un muro natural de roca y comencé a caminar para localizar el mejor rincón que nos permitiera descansar unas horas durante la noche. Lo encontré entre un mar de piedras, grandes rocas y polvo.
Con la tienda ya montada —no sin antes haber preparado bajo ella un colchón natural de pequeñas piedras para cubrir las puntiagudas rocas clavadas en el suelo—, escuché una voz. Desde lo alto de una pequeña colina de roca blanca, un hombre me gritaba mientras agitaba los brazos de un lado a otro.
—“Boommmmmm boommmm, nooooo”—, me decía sin dejar de cruzar los brazos en alto.
Al hacérsele imposible descender hasta donde yo me encontraba, decidí acercarme a él tanto como las grandes rocas me lo permitían.
—“Boommmmmm boommmm”—, insistía el buen hombre a la par que me señalaba el camino por el que había entrado una hora antes.
No habrían pasado ni cinco minutos cuando dos hombres, en un considerable estado de nerviosismo, se presentaron por uno de los laterales:
—“Tienes que retirar de aquí tu tienda de campaña y la bicicleta ahora mismo. En veinte minutos va a estallar una carga de dinamita que han colocado nuestros compañeros justo aquí al lado”—, me dijeron en un buen inglés con el inconfundible acento indio.
Sin tiempo para pensar, y con la ayuda de ambos, desmontamos rápidamente la tienda de campaña. Allí quedaba el colchón de piedras que con tanto esmero había preparado.
El estallido y una invitación inesperada.
Salimos al camino por el que había accedido y llegamos al cruce de la carretera principal, donde se encontraban más de una decena de operarios esperando la detonación. Desde allí presencié y grabé el momento del fuerte estallido. Hasta ese instante no fui consciente de que aquellos hombres, probablemente, me habían salvado la vida.
La detonación no solo cumplió con su objetivo, sino que también arrancó una carcajada a cada uno de los operarios al verme saltar cual rana huyendo de su depredador.
Una vez pasado el mal trago, el encargado de dar la orden de la detonación me invitó a pasar la noche en el barracón de los empleados más cualificados de la compañía. Una cena caliente y un catre de cuerda fueron más que suficientes para descansar como hacía mucho tiempo no lo hacía.
A la mañana siguiente, tras escuchar los detalles del viaje que estaba realizando y ver el archivo visual que llevaba conmigo, me invitaron a acompañarles una segunda noche. Acepté la invitación.
Durante el atardecer del día anterior, había visto al resto de los trabajadores llegar a sus chabolas después de su eterna jornada de trabajo; por no decir de esclavitud. Se trataba de los no cualificados. Los otros. Los sin vida. Aquellos que acostumbran a llevarse la peor parte del trabajo más duro, ese que pisotea la dignidad humana. Familias enteras con la mirada perdida y envueltas en una gruesa capa de polvo blanco.

Testigo de la injusticia a través de la fotografía documental.
Aquella mañana, con la primera luz y el permiso del máximo responsable de la empresa, me subí a un viejo tractor en compañía de un chaval de no más de doce años. Khushi y su padre tenían como misión pasar el día conmigo para hacerme llegar a cada rincón de aquel cementerio en vida y ver el trabajo que desempeñaban, de sol a sol, "los otros".
Esto me sorprendió sobremanera. Este tipo de empresas nunca permiten la entrada a sus instalaciones, y menos a un fotógrafo comprometido con la fotografía documental y humanitaria que viaja con un proyecto contra la vulneración de los Derechos Humanos. No permiten que nadie descubra las condiciones en las que la gente lleva a cabo sus labores diarias, más aún cuando muchos de ellos son menores de edad.
Nuevamente nos encontrábamos certificando la esclavitud moderna a la que son sometidos millones de personas en el mundo. En muchos, muchísimos casos, niños en edad de ocupar su tiempo con juegos, en la escuela o simplemente dibujando sus sueños. Esto último era algo de lo que Maravilla y yo nos encargaríamos de recoger directamente de manos de algunos de ellos al anochecer, ya a su regreso de "la batalla", como parte de las dinámicas de mi Proyecto Voice.

Durante los cortos descansos que el injusto calor obligaba a realizar a aquella gente, llegaba mi turno de ayuda en la carga de los grandes remolques que arrastraban los tractores.

La noche se echaba encima y decidí, antes de meterme al estómago una inmerecida cena caliente, compartir momentos con aquellos niños que, por no haber llegado aún a la “edad idónea” para poder destrozarse manos y espalda cargando rocas, deambulaban por los alrededores de sus chabolas.
Ya de noche, y con las explotadas familias en sus hogares, continué con la ardua labor de comprobar el día a día de sus sacrificadas vidas. Allí, junto a ellos, quedó una parte importante de mí.
Se acercaba la Navidad en La India, pero no para los "sin vida".
Alas para el Futuro: Educación infantil en Camboya.
Detrás de cada entrada de este blog y de cada captura fotográfica, hay una misión social. Con el proyecto Alas para el Futuro, aseguramos la educación básica de un grupo de niños y niñas en la provincia de Battambang, Camboya, un lugar donde la falta de recursos golpea con dureza a los más vulnerables.
Aunque la situación actual en el país es compleja y el conflicto armado entre Camboya y Tailandia nos obligó a cerrar las puertas físicas de Human Gallery, no nos hemos rendido. Actualmente, asumo la financiación del proyecto de manera personal, impulsada principalmente por las ventas de arte fotográfico en esta plataforma y el apoyo de personas solidarias.
Romper el ciclo de la pobreza infantil es posible. ¿Nos ayudas a lograrlo?
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Ver crecer a estos niños con oportunidades es el mejor paisaje posible. Si decides arrimar el hombro, ¡gracias de corazón por formar parte de este viaje!








