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Noticias | Blog (17)

  • La Bestia, el tren de la muerte (1) | México

    La Bestia, también conocido como 'el tren de la muerte', es el nombre que se le da a un tren de carga que cruza la República de México desde su frontera sur con Guatemala hasta la de Estados Unidos en el norte. Sin embargo miles de migrantes llegados desde Centroamérica, principalmente de El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua, lo abordan cada año en su afán por alcanzar el sueño americano. Más de 2.300 kilómetros de verdadera incertidumbre. Al resultar tan difícil el acceso a la frontera sur de México, los migrantes deciden arriesgar su vida tomando rutas y medios de transporte realmente peligrosos y fraudulentos que pueden dejarlos a merced del tráfico de personas. Los puntos de acceso a la ruta de La Bestia desde la frontera sur de México son Tenosique (pasé casi dos meses allí), en el Estado de Tabasco, y Ciudad Hidalgo en el de Chiapas. Los Estados a alcanzar en el norte, Tamaulipas y Sonora. Se estima que anualmente entre 400.000 y 500.000 migrantes, la mayoría de origen centroamericano, continúan subiéndose a estos trenes arriesgando su vida por alcanzar el llamado "sueño americano". Las principales razones de esta decisión son la precaria situación económica de sus países de origen, las consecuencias de los conflictos civiles, políticos y militares, así como la devastación causada por los desastres naturales, como son los huracanes, tan comunes en la zona, además de las continuas amenazas y extorsión a los que son sometidos por parte de las bandas criminales asentadas en sus territorios de origen. Aproximadamente el treinta por ciento de los que viajan en los trenes son inmigrantes cíclicos; es decir, son hombres y mujeres que insisten en su regreso a Estados Unidos después de sufrir una deportación o tras un intento fallido.​ ​ La bestia es una de las opciones más viables a la vista de los migrantes, principalmente porque es "gratuito" y porque les permite evitar cuarenta y ocho centros mexicanos de detención, además de numerosos puestos de control de inmigración. Sin embargo el riesgo es muy alto al enfrentarse, especialmente durante la ruta del norte, al asalto, extorsión, amenazas, corrupción, destrucción de documentos, detención sin asesoría legal y actos de agresión sexual. Las estadísticas, aún siendo muy poco amigo de ellas, dicen que el ochenta por ciento de los inmigrantes serán asaltados y el sesenta por ciento de las mujeres, violadas. Muchos no corren "esa suerte" y son secuestrados o directamente asesinados. Muchos de los peligros se presentan durante el viaje, ya que a menudo los inmigrantes duermen mientras van encima de los trenes y en ocasiones son despedidos hacia las vías, donde muchos mueren al instante por decapitación, conmoción o hemorragia. Otros de los peligros que soportan los inmigrantes son provocados por la discriminación y actitudes xenófobas,​ ya que muchas veces son vistos como una molestia que atrae la criminalidad, por lo que cabe recalcar que estos son vulnerables debido a su estatus de indocumentados y la falta de familiaridad con los derechos personales. Esto les convierte en blancos fácil para el acoso y abuso a manos de funcionarios corruptos y bandas criminales, como son los "Zetas" en el Estado de Tamaulipas. "El Tren de la Muerte" ha sido representado en la literatura, en artículos de prensa y en muchas películas, así como en documentales. Con ellos compartimos casi dos meses en "La 52", localidad de Tenosique, Estado de Tabasco. APOYA EL PROYECTO 'HACIA EL SUR' Hay diferentes maneras de apoyar el proyecto y ni mucho menos todas son económicas. En este enlace detallo cuáles son y los pasos a seguir en base a la decisión que pudieras tomar. Leerlas no te va a llevar más de tres minutos. ¡Ánimo con ello!

  • Niños soldado - Los hijos del éxodo | Sierra Leona

    Los hijos del éxodo y la misericordia, ‘educados’ en un ambiente desesperanzado, acaban reclutados como carne de cañón para guerras sin final ni solución política, que los organismos internacionales se limitan a poner entre paréntesis como problema sin resolver. Son jóvenes hijos de campesinos o refugiados que se ven convertidos en soldados adolescentes, que aún gustan de llamarse ‘freedom fighters’ pero luchan con espíritu y métodos radicalmente distintos a los combatientes de los antiguos frentes de liberación, que soñaban revoluciones y peleaban contra la opresión colonial. Equipados con los restos de otros naufragios históricos y haciendo gala de la disciplina de una banda de piratas, combaten y mueren en guerras casi siempre olvidadas por nuestros medios de comunicación. Se calcula que solo en la pequeña Sierra Leona fueron entre 6.000 y 10.000 los niños que combatieron en la guerra durante la década de los noventa. Uno de los países más difíciles que he pisado, donde, en gran parte del territorio, la vida vale menos que un litro de agua embotellada. La pobreza, sus consecuencias, son inimaginables. Es imposible asimilar lo que éstas suponen para quienes sufren la carencia absoluta de las cosas más elementales para el desarrollo de sus vidas. Entré en el país desde Guinea y lo hice con un claro propósito: recoger la historia de uno de los muchos ex niños soldado que aún viven su recuerdo en silencio. Algo que, tras muchas jornadas de búsqueda, conseguí llevar a cabo entre un sinfín de lágrimas. En los primeros días ya había visitado el primer orfanato en el país. Fue en Port Loko. Para alentar revoluciones de amor, no de sangre, hay que formar ciudadanos libres que sean críticos. Poco después me encontraba en Makeni, donde conocí a Victor Mosele, un misionero javeriano nacido en Italia y con casi treinta años de experiencias múltiples en Sierra Leona, entre las que se encuentran dos capturas por los rebeldes del Frente Revolucionario Unido (en inglés RUF) durante la guerra civil. Aún conservo sus memorias con el mismo respeto y cuidado que él me las entregó. Antes de su primera captura en 1996, Víctor estaba al cargo de treinta y tres escuelas que acogían a más de seis mil alumnos, algunos de los cuales estarían poco después entre sus captores. Niños entrenados para luchar en guerras que no son suyas. No muy lejos de Víctor se encontraba mi buen amigo José Luís, un misionero agustino recoleto y navarro de los pies a la cabeza. Junto a él y su gente pasé siete maravillosos días. Gracias a él descubrí un poco más la historia que guarda este país. También gracias a él recuperé varios de los kilos perdidos durante el año y medio de pedaleo que hasta entonces llevaba en África. APOYA A LOS NIÑOS DE UN ORFANATO Si puedes y quieres apoyar de alguna forma a algún orfanato en Sierra Leona, escríbeme un correo a través del contacto de esta web y te enlazo directamente con alguno de los que visité en el año 2014 para que les hagan llegar directamente tu ayuda. APOYA EL PROYECTO 'HACIA EL SUR' Hay diferentes maneras de apoyar el proyecto y ni mucho menos todas son económicas. En este enlace detallo cuáles son y los pasos a seguir en base a la decisión que pudieras tomar. Leerlas no te va a llevar más de tres minutos. ¡Ánimo con ello!

  • Marita - La emoción en estado puro | India

    Llevaba pedaleados en India algo más de 3.500 kilómetros. Me encontraba en el sur del país y la idea era visitar la Fundación Vicente Ferrer, una organización española que trabaja desde hace más de cincuenta años con los más desfavorecidos en el Estado de Andhra Pradesh. Llegué a la Fundación de noche, sin luces y sin que nadie me esperara allí porque no había avisado de mi visita con anterioridad. No pasaron muchos minutos hasta que Ana, la maravillosa mujer de Vicente, se me presentó dándome la bienvenida a Anantapur, ciudad donde está ubicada la central de la Fundación. Vicente, marido de Ana y fundador de esta gran historia, fue, es y seguirá siendo una de las personas en las que baso cualquiera de mis valores y principios. El fue y sigue siendo un ejemplo para millones de personas. Un año antes de mi llegada, Vicente había fallecido entre la más absoluta admiración del pueblo Indio y de medio mundo. - Perdona por haber llegado un año tarde-, le dije a Ana. - Nadie sabía lo que iba a suceder. Lo importante es que estás aquí y vas a poder conocer el legado que Vicente nos dejó-, sentenció. Por aquél entonces yo tenía un blog, sencillo pero con mucha aceptación, donde escribía sobre mi día a día en el viaje. Susana, una de mis buenas amigas en España y fiel seguidora, se enteró a través del blog de mi inminente visita a la Fundación y rápidamente me escribió un correo pidiéndome un gran favor... -Joseba, desde hace cinco años tengo apadrinada a una niña de la Fundación Vicente Ferrer y su nombre es Marita. Cada año me envían una felicitación acompañada de un dibujo hecho por ella. También me envían puntualmente fotografías para ver su evolución, pero me haría mucha ilusión saber qué tal está, cómo es su día a día y si es feliz con su familia y su vida diaria. Por favor, ¿puedes hablar con quien corresponda en la Fundación para ver si puedes visitar a Marita y su familia, y contarme cómo es?-, decía claramente en el correo. Aquella primera noche en Anantapur le expliqué a Ana que tenía una muy buena amiga que me había pedido el favor de intentar visitar y conocer personalmente a Marita. -Has llegado en bicicleta hasta aquí y lo mínimo que puedo hacer por ti es lo posible para que conozcas a la niña y le des tu impresión a Susana-, me respondió Ana. Por la mañana, a primera hora, uno de los guías que trabajan en la Fundación pasó a buscarme para llevarme a conocer a la pequeña y feliz Marita. El guía hablaba perfectamente español y, a la vez que conducía el 4x4, me iba explicando cómo es la vida en aquella zona de India, el segundo Estado más seco del país y uno de los más pobres. -Marita vive con su familia a unos cien kilómetros de la Fundación, pero es uno de los viajes que más me gusta hacer porque la gente de esa zona es increíblemente amable y hospitalaria-, me dijo con cierto grado de emoción por tener la oportunidad de ayudarme a conocer personalmente a Marita y su familia. Jamás olvidaré aquél día. Era la sexta vez que visitaba India, pero nunca antes había sentido la emoción de una experiencia similar, y puedo decir que tengo muchas guardadas en el corazón… Llegamos a media mañana a la aldea donde vive la pequeña, pero antes de entrar le pedí al guía que parase un momento en la carretera porque necesitaba serenarme un poco. La emoción había formado un nudo en mi garganta que necesitaba deshacer, así que me bajé del coche y descargué la emoción que me tenía bloqueado desde la salida de la Fundación. Marita era la razón de esta profunda historia y no podía permitir que mis lágrimas le arrebataran el protagonismo. Desde el mismo momento que cruzamos frente a la primera casa, sentí que todo el pueblo me estaba esperando. Antes de llegar al hogar de Marita, el guía me indicó con el dedo cuál era. Conté seis casas al lado de la de la pequeña. En el centro de todas ellas había un espacio libre, como si se tratara de un lugar de juego y socialización de las familias que allí viven. Allí es donde el guía paró el coche. Enfrente nos esperaban varias decenas de personas, pero no conseguí localizar a Marita. La emoción era tal que le pedí al amigo que me diera unos segundos antes de bajarme del coche. De repente, vi a una niña hermosísima acercarse a nosotros. Era Marita. En sus manos tenía dos collares hechos a mano con multitud de flores de colores. En el suelo, sobre la arena, cientos de flores me daban la bienvenida. "Welcome Joseba”, se leía con absoluta claridad. Aún no me había bajado del coche porque me temblaban demasiado las piernas. Las lágrimas, en vez de paralizarme, me animaron a abrir la puerta y abrazar a Marita como si se tratara de mi propia hija. La pequeña me abrazó como lo hubiera hecho con mi buena amiga Susana. ¡Qué momento! Después de más de un minuto de sincero abrazo, Marita me cogió de la mano y me llevó hasta la puerta de su casa para presentarme a sus padres y otros familiares que se encontraban igual o más emocionados que yo. Fue un momento único. Me atrevo a confirmar que se trataba de uno de los momentos más emocionantes que había vivido desde que salí de España hacía ya más de seis meses. Una vez había abrazado al resto de la familia, algo inusual en India, comenzaron a acercarse los vecinos del pueblo. Niños y mayores se sumaban al abrazo después de colgarme más y más collares de flores. Le pedí al guía que les tradujera unas palabras de agradecimiento, pero también que les dijera que yo simplemente era un amigo de Susana y que era ella quien estaba haciendo posible un cambio en la vida de Marita y su familia. La Fundación Vicente Ferrer, entre otras muchísimas cosas, construye casas para miles de familias, y la familia de la pequeña era una de las tantas beneficiarias. Me enseñaron la casa que habían convertido, con mucho amor, en un gran hogar. Se trataba de una familia feliz. Realmente feliz. Marita es hija única, al menos por aquél entonces, pero como dijo ella, todos los niños de la aldea eran sus hermanos. Estuvimos algo más de una hora en la casa, recibiendo las ofrendas de todo el pueblo que emocionado se había acercado a conocer al hombre que llegaba en nombre de las miles de personas que desde España ayudan a tanta gente. Estas fueron palabras textuales del guía. Visitamos la escuela donde estudiaba Marita. Allí nuestra visita también fue una fiesta. La escuela al completo nos esperaba impaciente. Nos recibieron con un baile típico de la zona y más flores que tuvimos que cargar en el 4x4 porque ya no podíamos cargarlas sobre el cuerpo. De la escuela, siempre de la mano de Marita, visitamos el pueblo y regresamos al hogar de la familia. Allí comimos y pasamos una tarde increíblemente maravillosa. Fotos y más fotos, sonrisas y más sonrisas de agradecimiento… Por aquél entonces, una parte importantísima del proyecto, consistía en recoger los sueños de trescientos niños y niñas a través de sus propios dibujos. Los fui recogiendo, uno a uno, en cada país que visité entre España y Vietnam, donde finalizaba la primera parte de esta vuelta al mundo por los Derechos Humanos, al que, once años después, continúo entregado en cuerpo y alma. Obviamente no podía marcharme de allí sin el sueño de Marita, así que desplegué sobre el mismo suelo todos los lápices de colores que cargaba en la bicicleta y una sola cartulina en blanco, al igual que había hecho con más de un centenar de niños y niñas durante los meses previos. Marita se encargó del resto y de allí salí con su sueño en trazos de colores. Marita era entonces una niña feliz, realmente feliz. Una niña amada por todos los que la rodean. Una niña que aprovechó la oportunidad que le dieron para estudiar. Como alguien dijo una vez, son las pequeñas acciones las que cambian el mundo. Y tú, mi querida amiga Susana, eres un claro ejemplo de ello. Desde estas líneas animo a ver la película desde este enlace para descubrir la increíble historia de Vicente y Ana Ferrer. APOYA A MARITA Y SU FAMILIA Si puedes y quieres apoyar de alguna forma a Marita y su familia de India, escríbeme un correo a través del contacto de esta web y te enlazo directamente con la Fundación Vicente Ferrer para que les hagan llegar directamente tu ayuda. APOYA EL PROYECTO 'HACIA EL SUR' Hay diferentes maneras de apoyar el proyecto y ni mucho menos todas son económicas. En este enlace detallo cuáles son y los pasos a seguir en base a la decisión que pudieras tomar. Leerlas no te va a llevar más de tres minutos. ¡Ánimo con ello!

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