top of page

RESULTADOS DE BÚSQUEDA

Se encontraron 20 resultados sin ingresar un término de búsqueda

  • Viajar por el mundo: El postureo del viaje en redes sociales

    Hay momentos en los que cuesta mantener la mirada en la pantalla. Hoy ha sido uno de esos días. Vengo de compartir la mañana con algunos de los niños del programa de educación del que soy responsable. De comprobar sus esfuerzos, de compartir sonrisas, de aprender algo más y de ver la cruda realidad de un entorno que trabaja duro por mantenerse vivo. Cansado pero sonriente, he llegado a mi pequeño refugio camboyano, he abierto mi ordenador y al conectarme a internet, el contraste me ha abofeteado nuevamente la cara: un aluvión de creadores de contenido compitiendo por el ángulo más idílico, el baile más ridículo o el filtro más idóneo para seguir mendigando seguidores. Si hablo con el filtro de la corrección política, desde los valores y principios que guían mis más de 8 años de ruta y otros tantos de fidelidad absoluta a la causa, miraría a los ojos a toda esa generación del postureo digital y les diría: "Decidisteis ser el pasatiempo para muchos en vez de la esperanza para una mayoría". El gran engaño de la era del "Like". No busco lanzar una crítica vacía, sino dar un toque de atención que considero imperioso. Nos hemos vuelto locos. Hoy en día se premia, y se da un apoyo visual masivo, a quienes viajan con el único propósito del beneficio personal, el dinero y la fama, mientras se invisibilizan las realidades que de verdad duelen. Viajar por el mundo no es acumular banderas en un perfil de Instagram. Tampoco vender una felicidad empaquetada. Viajar por el mundo, al menos como yo lo entiendo, es una responsabilidad. Hace años asumí el compromiso de no mirar hacia otro lado ante la situación de muchos. Decidí que mi cámara de fotos no sería un juguete para ganar aplausos, sino un altavoz para documentar la dignidad humana de las comunidades que gran parte del mundo parece haber olvidado. Y eso implica bajarse de la bicicleta, comprometerse y, a veces, detener el viaje. La realidad frente al filtro: El valor de un compromiso. Mientras el postureo digital vende humo, la realidad sobre el terreno no espera a que los algoritmos decidan qué es tendencia. Mi compromiso no es de postal; se llama Alas para el futuro. O Meyja, Joseph, Lamin, Bharati, Tiare o Quico... Tras verme obligado a cerrar las puertas de Human Gallery en Battambang, debido al impacto del cierre de la frontera entre Camboya y Tailandia, mi prioridad absoluta sigue intacta: mantener la estabilidad y la educación de estos nueve chavales que tenemos a nuestro cargo en el programa. Podría haber elegido el camino fácil: usar las redes para pedir, sumarme a la corriente de la queja pública o mercantilizar las necesidades de estos niños, pero en 2009, mientras preparaba el Proyecto Voice, me hice una promesa inquebrantable: jamás llorar a la gente para sacar un beneficio de ello, fuera cual fuera la razón. Creo firmemente en tocar los corazones sutilmente a través de la acción y la coherencia, no a través de la demanda. Mi única vía para sostener este proyecto ha sido, es y será, la pureza de mi fotografía y la confianza en que las personas que descubren labores honestas, decidan no mirar hacia otro lado. Aishwarya en su pequeña escuela de la región de los Annapurna, Nepal Volver a lo Humano. No se trata de ir a contracorriente por el simple hecho de rebelarse. Se trata de recuperar el alma de las cosas. La tecnología y las redes sociales son herramientas maravillosas si se usan para construir puentes, para acercar mundos y para recordar que, detrás de cada frontera cerrada, hay vidas, nombres propios y futuros que merecen una oportunidad. Vendemos nuestra atención al diablo del algoritmo. No invirtamos nuestro tiempo alimentando un postureo vacío que solo busca el aplauso egoísta. Cuando miréis una pantalla, buscad la verdad. Apoyemos visual y humanamente a quienes usan sus pasos para sumar positivamente al entorno que pisan. O al menos para intentarlo. Yo, por mi parte, seguiré haciendo lo que debo aquí en Battambang hasta que el 2 julio mi otro compromiso y la ilusión me devuelvan a la ruta, rumbo a La India. No para sumar kilómetros, ni para buscar los mejores ángulos que me sumen seguidores, sino para escuchar historias reales y mantener en el tiempo sus miradas. Hagamos de este mundo digital, por fin, un lugar de encuentro para lo verdaderamente HUMANO. Gracias por manteneros cerca. Amanecer en el Golfo de México Viaje

  • La historia de Meyja: Una luz de esperanza en los orfanatos de Mauritania

    Una de las labores principales a realizar al cruzar esta frontera, era conocer a fondo la compleja y descarnada situación de los orfanatos en Mauritania. La tímida sonrisa de Meyja suele ser mi punto de partida cada mañana en el centro. Es como ese café que uno necesita nada más levantarse de la cama para comenzar a ser algo, para activar el alma. Gracias por ser, mi buena y tímida amiga Es la una y media de la mañana aquí en Nouadhibou y estoy sentado en el colchón que me han colocado en el suelo para descansar estos días. Desde aquí trabajo tranquilo cada noche, en mitad del silencio, cuando termino de compartir buenos momentos con los peques del orfanato. Pero esta vez se me hace difícil comenzar estos párrafos que quiero escribir y, para ello, llevo un buen rato mirando fijamente los ojos de la pequeña. Voy a intentar explicar, de la forma menos dolorosa posible, la breve e inhumana historia que Aichetou me contó sobre Meyja hace tan solo dos días. Cuando llego a la habitación por la noche, suelo ocupar unos minutos en intentar asimilar cada una de las vivencias de todos estos pequeños. En este caso, el de la siempre ocupada Meyja, me recorre por el cuerpo una punzante mezcla de desagrado hacia la raza humana y una rabia infinita cuando imagino las eternas y agónicas horas que tuvo que sufrir siendo solo una bebé. El mismo día que nació Meyja, la mujer que la trajo al mundo la abandonó a su suerte en un descampado polvoriento durante tres eternos días. Aquella mujer solía pasar de vez en cuando por el lugar, simplemente para comprobar si la criatura aún seguía con vida. Al tercer día, al ver que su pequeño corazón continuaba luchando, la recogió del suelo y se la entregó a una vecina, pidiéndole que se quedara con ella unos minutos mientras iba a realizar unas compras en el mercado. Pasaron las horas y la madre biológica no regresó. Al ver que nadie llegaba para recoger a la recién nacida, esta vecina se la llevó a su casa, donde la mantuvo oculta durante cinco días sin llegar a dar parte a las autoridades. Al sexto día, asustada por los problemas legales que la situación le pudiera ocasionar, se cubrió la cara con un velo y salió a la calle en busca de la progenitora. Y la encontró. Le devolvió a la niña, a quien pocos días después abandonara definitivamente en la puerta del orfanato NAD de Nouadhibou. Una lucha por la supervivencia infantil. Cuando Aichetou y Yahya la recogieron de noche en la entrada, la pequeña tenía la cabeza abierta por completo, desde la parte alta de la frente hasta la nuca. Rápidamente la trasladaron de urgencia al hospital para intentar frenar la severa infección que Meyja padecía. Aichetou pasó semanas enteras pegada a su camilla hasta que la herida pudo ser tratada en casa de forma segura. La pareja, como siempre ha sucedido con todos los menores que componen esta gran familia de acogida, corrió con la totalidad de los gastos sanitarios. Meses después, el mismo médico que la había atendido en urgencias se acercó al centro para hablar con ellos. Venía conmocionado: daba por muerta a Meyja y no podía creer que la pequeña hubiera sobrevivido. La cruda realidad de los orfanatos en Mauritania. Casos como este ponen de manifiesto las enormes carencias a las que se enfrentan los orfanatos en Mauritania. Mejor dicho, en todo el continente. La falta de una red de protección estatal fuerte, delega toda la responsabilidad en manos de héroes locales anónimos que, como Aichetou y Yahya, saturan sus recursos para salvar vidas. Conocer de primera mano estas instituciones, me recuerda que, detrás de las frías estadísticas de desnutrición y abandono en el África subsahariana, hay nombres propios que necesitan una oportunidad médica urgente para no quedar desamparados. La pequeña, a día de hoy, arrastra secuelas muy graves: tiene serios problemas para hablar, graves dificultades para respirar por la nariz, pérdida de audición y, por las noches, sufre episodios de ansiedad en los que se mantiene despierta rascando la pared durante horas. Aichetou ni siquiera puede peinarla a diario por el intenso dolor físico que mi pequeña amiga padece en el cuero cabelludo. Meyja no puede ir a clase como hacen a diario el resto de los pequeños de este hogar. Para poder asistir a la escuela necesitaría someterse a una compleja cirugía reconstructiva, y esto supone un desembolso económico que Aichetou y Yahya no pueden costear por sí mismos. Tras observarla detenidamente estos días, me ha quedado claro que la luchadora Meyja es puro nervio y vitalidad; necesita sentirse útil cada minuto del día. Afortunadamente, hoy tiene la familia que siempre ha merecido tener, y estoy seguro de que, si logramos ayudarla, el mundo tendrá en sus filas a una nueva y gran mujer. La tímida mirada de Meyja y su brutal historia me van a acompañar el resto de mis días. No podemos mirar hacia otro lado. 📢 ¡URGENTE! CAMPAÑA SOLIDARIA: Una operación para cambiar la vida de Meyja. Meyja necesita una intervención médica que Aichetou y Yahya no pueden asumir solos. Con esta campaña, el Proyecto Voice se vuelca por completo para recaudar los fondos necesarios que financien su operación, sus tratamientos y le otorguen el derecho a una infancia sin dolor, a la vez que una educación digna. Tu ayuda puede cambiar su destino. Te invito a hacer clic en el siguiente enlace para conocer todos los detalles de la campaña, cómo realizar tu donación y de qué manera puedes colaborar con nosotros: 👉 Accede AQUÍ para informarte sobre la campaña solidaria y ayudar a Meyja. Ciclismo solidario: Dando voz a la infancia. A través de la venta de mis fotografías y vuestras aportaciones en este blog, seguimos haciendo por apoyar a los más vulnerables en nuestra ruta por el mundo, como hacemos desde 2017 con Alas para el futuro en Camboya. El motor de esta vuelta al mundo en bicicleta no son mis piernas, sino vuestra solidaridad. Compartir esta durísima historia en tus redes sociales ayuda a que la campaña de Meyja -o de otros- llegue a personas que pueden marcar la diferencia. ¿Nos ayudas a difundir su voz? ¡Gracias por estar a nuestro lado en las causas que de verdad importan!

  • El precio de la Libertad: Mi primer interrogatorio por terrorismo en Sierra Leona

    Eran las nueve y media de la mañana cuando me despedía de Ubaldino y de otros buenos amigos en las puertas del centro Don Bosco que dirige en Freetown. Como suele suceder en estos casos, era el momento de permitir que inmortalizaran el instante con alguna foto, de entregar y recibir abrazos sinceros. Había pasado los últimos días encerrado en una habitación, trabajando sin descanso frente a la pantalla, y ya tocaba regresar a la ruta… o eso creía yo. Momento para la despedida en Freetown, Sierra Leona No habían pasado ni cinco minutos cuando, ya encaminado hacia las afueras de Freetown rumbo a la frontera de Liberia, realicé una parada en el centro de la capital. Sin llegar a bajarme de la bicicleta, le pregunté a un policía la calle exacta que debía tomar para salir del asfixiante amasijo de gente y tráfico en el que me encontraba; mi dirección era Masiaka. Tanto él como su compañero me indicaron amablemente por dónde continuar, así que reanudé el pedaleo entre la alborotada melodía que componen las motos, los coches y las gargantas de los viandantes en esa ruidosa ciudad. No había avanzado ni trescientos metros cuando una moto con dos individuos de paisano me adelantó y frenó en seco, obligándome a hacer lo mismo. Uno de ellos me enseñó, medio a escondidas, su placa policial e indicó que debía acompañarle de inmediato a la comisaría que quedaba a nuestras espaldas, junto a una pequeña rotonda con una torre de cuatro grandes relojes. Le pregunté el motivo de aquella "invitación", informándole de que el mismo día que llegué a la ciudad ya me habían sometido a un primer registro exhaustivo. El espigado oficial se limitó a dejarme claro que debía afrontar un nuevo chequeo para satisfacer los deseos de su “boss”. reinta segundos bastaron para verme rodeado por cerca de ochenta personas. Entre la multitud aparecieron varios policías más que venían de refuerzo. Uno de ellos, el único fuertemente armado, se descolgó el arma del hombro con la clara intención de amedrentarme. Entre los empujones de los agentes y los gritos de los civiles que jaleaban —“¡exigidle que os enseñe los documentos!”—, me arrastraron hacia la entrada de las dependencias policiales. Nadie allí había tenido que pagar entrada para disfrutar del injustificado acoso al que fui sometido en plena calle. El despacho oscuro y la farsa del protocolo antiterrorista: Interrogatorio. En la parte baja de las escaleras de la recepción se presentaron varios oficiales. Uno de ellos me invitó a subir para conocer al "estrellado". Con cara de pocos amigos y sin que nadie me hubiera solicitado aún el pasaporte, el jefe me ordenó entrar a su despacho; un espacio oscuro ideal para saciar su arrogancia lejos de las miradas de los civiles de la planta baja. Es la típica forma de actuar de los corruptos en cualquier parte del mundo. Delante caminaban el jefe y varios oficiales; detrás de mí, seis policías me empujaban escaleras arriba al ritmo de mi constante y firme “don’t touch me!”. Una vez dentro del habitáculo, al pedir una explicación formal sobre este nuevo interrogatorio por terrorismo, recibí un fuerte impacto con ambas manos en el pecho que me desplazó varios centímetros hacia atrás. —¿Por qué?— pregunté indignado. —Es el boss y puede hacerlo— me soltó uno de los agentes. Éramos más de quince personas metidas en aquella habitación. En ese instante entré en un estado de clara ansiedad que, por desgracia, me acompañaría durante varios días en la ruta. Tras exigir una y otra vez que me devolvieran el pasaporte, recibí varios golpes más y me arrastraron literalmente escaleras abajo hasta el recibidor donde se encontraba Libertad. Al llegar, vi cómo mi compañera de viaje estaba siendo "toqueteada" y registrada sin mi consentimiento por varios policías. Allí, arrodillado en el suelo, soportando las burlas de más de veinte uniformados, me vi obligado a vaciar el equipaje. Estaba empapado en sudor, agobiado y sin ninguna defensa legal, lo que disparó mi nerviosismo. Entonces llegó el turno del ordenador y mis dos discos duros externos. —Hay que examinar ese ordenador porque ahí tiene documentos— le escuché decir a uno de los encargados del registro. Les expliqué con paciencia el motivo de mi viaje y les aclaré que ahí solo guardaba fotografías, vídeos y las notas de mi diario de ruta, además de los datos de localización de las personas con las que convivía. No les sirvió. Me exigieron que lo encendiera y les diera acceso. —No tengo ningún problema en mostrar lo que hay dentro, pero no lo voy a hacer si no hay presente una persona del consulado español para velar por mi seguridad. Conozco mis derechos— zanjo con firmeza. Siguieron registrándolo todo, incluidos los botes de protección solar que mi amiga Belén me había regalado en Marbella, pero me mantuve en mis trece. No iba a ceder con el ordenador (y para colmo, ¡el cónsul español en la zona es libanés, manda narices!). Rumbo a la comisaría central: El C.I.D. y las acusaciones de posible vínculo con Al Shabab. Una hora más tarde, Libertad y yo fuimos escoltados como si fuera el Papa en su "papamóvil": subidos en la parte trasera de una camioneta pick-up y custodiados por dos soldados armados camino a la comisaría central de Freetown. Me notificaron que el registro informático lo llevaría a cabo el C.I.D. (Departamento de Investigación Criminal), especializado en este tipo de asuntos. Al llegar a las mismas dependencias donde una semana atrás ya me habían retenido durante cuatro horas, uno de los oficiales me espetó desde abajo con una sonrisa burlona: —Ya te dije que tu bicicleta te iba a traer problemas—. Varios de los agentes me saludaron como si nos conociéramos de toda la vida; algo normal tras las interminables horas de aquel primer escrutinio profundamente racista. Ya en la planta alta, me recibió en su climatizado despacho el director del departamento, Samuel Kargbo. Con una tranquilidad pasmosa, escuchó mis palabras: —Este es el segundo registro al que me sometéis en siete días, y ya es demasiado. Soy la misma persona y mi bicicleta carga exactamente lo mismo. No pienso encender el ordenador si no está presente un representante de mi consulado que supervise el control. Es por mi integridad física, visto lo que acaba de pasar en la otra comisaría—. —¿Conoces a alguien en la ciudad que hable español?— me preguntó un oficial al salir del despacho. —Sí, pero no es una autoridad legal y su presencia aquí no tiene sentido. Quiero que el consulado tenga constancia de esto. Insisto, sé cuáles son mis derechos—. —En Sierra Leona no existen los derechos— me regaló Abdul Koroma, otro de los oficiales. Minutos después, el bueno de Ubaldino se presentó en las dependencias y se ofreció a hacer de traductor. Fue en ese preciso instante cuando los oficiales pusieron las cartas sobre la mesa y me notificaron el motivo real de la detención: me investigan por una presunta pertenencia a la célula yihadista Al Shabab, brazo armado de Al Qaeda que opera en el cuerno de África. Según su versión, el grupo operaba captando hombres en Sierra Leona para enviarlos a combatir con los rebeldes en Somalia. Está visto que a las autoridades les encanta utilizar palabras tan serias con demasiada ligereza y muy poca justificación. Ubaldino me comentó que acudiría en persona al consulado para informar oficialmente de mi retención. Mientras tanto, mi buen amigo José Luis Garayoa —misionero agustino recoleto y navarro de pura cepa, con quien había convivido una semana en Kamabai y por el que siento una profunda admiración— me llamó alarmado al enterarse de mi situación. El tiempo seguía corriendo. Habían pasado horas desde que el motorista me asaltara en la rotonda y la situación seguía encallada. Nadie decía nada, nadie se movía; lo único constante eran las crueles burlas de algunos oficiales que amagaban con meterle la tijera a mi pasaporte para romperlo. Finalmente, a las doce y media del mediodía y sin darme ningún tipo de explicación, un oficial se acercó y me dijo que podía marcharme. Eso sí, con una condición: debía regresar al día siguiente a las diez de la mañana para recoger un escrito firmado por el segundo al mando. Un salvoconducto oficial que justificara mi viaje y me otorgara permiso explícito para pedalear por el país, ya que estaba convencido de que, antes o después, volvería a toparme con problemas similares en la carretera. Mi intuición no iba desencaminada. Aquella agobiante mañana en Freetown era tan solo el entrante de un doloroso menú de despropósitos policiales. Por delante me quedaban seiscientos kilómetros de pistas de barro, mucha tensión, y varios interrogatorios más hasta alcanzar la frontera de Liberia… En ruta por el Parque Natural de Gola en Sierra Leona Nueva visita a una escuela del norte de Sierra Leona. Como siempre, todos quieren salir en la foto La indefensión en las fronteras. Cuando viajas solo y te despojan de tus derechos con una frase tan demoledora como "aquí los derechos no existen", la vulnerabilidad es total. Mantener la cabeza fría para exigir amparo consular y no dejarse pisar requiere una fuerza mental tremenda. Esta primera parte del interrogatorio refleja a la perfección cómo el abuso de poder en ocasiones se disfraza de seguridad. ¿Alguna vez te has visto en una situación de absoluta indefensión lejos de casa? ¿Cómo reaccionó tu instinto?

  • La vida es bella: Reflexiones de una vuelta al mundo en bicicleta

    Vista desde la tienda de campaña del atardecer en el desierto de Sahara Quién puede decir que una piedra no es vida, si yo la he visto vivir en el agua y en el aire, viajar por valles y cañadas, y cubrir con sus millones de hijos las arenas de los desiertos. ¿Quién piensa que si ella faltara el universo sería el mismo? Cómo no se querrán los colibrís que cada mañana me visitan en el jardín, tanto que ni fidelidad necesitan para ser fieles. Cuál es la razón que nos lleva a considerarnos más que aquél árbol que cubrió mi infancia, Pantxo le llamamos, éste que nació justamente para que la vida fuese posible, creció con nosotros y de alguna manera, generoso hasta la muerte, siguió viviendo en los pilares y las vigas que hoy sustentan el hogar de mi familia. Y quién sabe si no me cubrirá en el penúltimo sitio donde descanse. Puede que, en la libertad que ganaron nuestros abuelos, elija que mis cenizas hagan parte de la tierra que habrán de pisar mis nietos. El instinto perdido del ser humano. Dónde perdimos el instinto de vernos como iguales a una roca, de venerar a un árbol, de rendirnos al lamento de un niño sin hogar o de un inmigrante enfermo. Qué clase de orgullo nos hace sentir más que una hoja de hierba, una mosca o el canto rodado que ahora se tuesta en su nueva casa, regalada al sol de poniente. Siempre busco una compañera de viaje, un amigo, alguien con quien compartir las cosas que merecen la pena. Si mis imágenes no comunican algo de todo esto, me estallaría la vida en mil pedazos, no me cabrían en parte alguna las risas y las lágrimas que guardo, y quizá corriera el riesgo de derramarme al alba en tus brazos. Anda, ayúdame a dar la razón a los locos y locas que saben que la vida es bella. Reflexiones de viaje que transforman el camino. A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza, la hospitalidad y la dignidad de las gentes que encuentro en la ruta son un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo. El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber si te aportan este tipo de reflexiones que surgen durante el viaje. ¿Qué pensamientos te despiertan estas líneas sobre nuestra conexión con la naturaleza y con los demás? ¡Gracias por formar parte de este viaje humano!

  • Tengo un amigo de Bilbao: Diario de una vuelta al mundo en bicicleta | Marruecos

    Diario de viaje en bicicleta. Miro a un lado y veo el último perfil de la península; miro al otro y el contorno de las montañas me indica la entrada a un continente que terminará por transformarme a golpe de esfuerzo. Son muchas las ganas que tengo de descubrir el país vecino y mis ansias aceleran el ritmo del pedaleo en estas primeras horas en Marruecos. —Tranquilo, compañero— me quiere decir mi ya buena amiga Libertad con un nuevo pinchazo. Tan solo es el primero en África y el número treinta y cuatro de nuestro periplo por el mundo. Está claro que los dos días que Maravilla y la novata pasaron juntas sirvieron de algo. —Tenemos el resto de la vida por delante y Mohamed nos está esperando— me aclara. Mohamed y Libertad en la zona de acampada El nuevo samaritano, como buen musulmán, se acerca al intuir problemas en la bicicleta del visitante. —¿Has pinchado? —pregunta en un claro español. Mohamed ha trabajado, como otros muchos compatriotas suyos, en el país que un día cumplió con su sueño de recibir una oportunidad para sacar adelante a su familia a base de esfuerzo. Se movió por Galicia, Asturias y La Rioja recogiendo uva, siendo esta última la tierra que aún lleva en el corazón. —Veo que vas bien preparado —me dice al ver todo el despliegue de material esparcido en su terreno—. Te queda una buena subida, la última antes de llegar a Tánger, y se te va a echar la noche encima. Así que, si quieres, puedes quedarte aquí mismo. La semana pasada acampó en este lugar un inglés que regresaba del Sáhara. Antes de reparar la rueda trasera, mi primer amigo en el país magrebí ya se había presentado con una gran torta de pan horneado por su mujer, mantequilla también de la casa y queso trabajado con sus ya cansadas manos. Todo ello acompañado por lo que sería, a partir de ese momento, la generosa excusa de un gran pueblo para abrir las puertas de sus hogares a un blanquito que viaja cargado: un té. Fue mi primera noche con la tierra africana bajo mi espalda, con vistas al estrecho de Gibraltar y en buena compañía. Mis primeras clases de árabe. De momento, no puedo pedir más. En Tánger las estrechas calles son una constante El viento del Atlántico y el dilema del visado. La entrada en Tánger supuso el asedio al “turista”: “¿Un hotel barato? ¿Quieres comer bueno? ¿Me das un euro?”. Así que nuestro paso por la ciudad norteña duró menos que una gominola en la puerta de un colegio. A veintidós kilómetros de Larache, y sin pegar ojo en toda la noche, me veo obligado a desmontar mi jaima en plena ventisca si no quiero terminar haciendo parapente en el Atlas. Antes de que amanezca ya estamos pedaleando cuesta arriba, empapados y ante la atenta mirada de los madrugadores vendedores de fruta que se reparten los metros de asfalto. Marruecos siempre ha estado en mi agenda fotográfica pero, sin saber aún muy bien el motivo, nunca se había ganado la prioridad que sí habían conseguido otros territorios. La ruta atlántica es la que había preparado para avanzar debido al gran peso que mi compañera carga. Sin embargo, en los primeros días ya me estaba arrepintiendo de no haber entrado en el Atlas, convencido de que allí podía descubrir la otra versión de esta tierra y comenzar a trabajar en serio. Son muchas las grandes autocaravanas europeas —en su mayoría antipáticos y maleducados franceses con aires de superioridad— las que me cruzo o me adelantan en la ventosa carretera, y eso, para un viajero que busca relaciones humanas y tranquilidad, nunca es bueno. Menos aún bonito. Pero pronto llegaríamos a Rabat y una sonriente policía sería la encargada de levantarme el ánimo. Con ella llegaron dos bonitos días y la tranquilidad hasta la frontera con Mauritania. Acampada y tiempo para reponer fuerzas en Marruecos Mi intención era entrar en Rabat para, de cabeza, acudir al consulado español a informarme sobre la posibilidad de sacar el visado mauritano en la misma frontera. Y así lo hice. Pablo, Pablete para los amigos, realizó una excelente gestión por teléfono con su colega encargado de los visados del próximo país que visitamos. Después de un buen rato de charla, me confirma lo que sospechaba: —Me dicen de la embajada de Mauritania que es imposible sacarlo en la frontera, debes hacerlo aquí en Rabat sí o sí— termina diciéndome mientras mira de reojo y con ganas la portada de nuestro blog en la pantalla de su ordenador—. Importante lo que estás haciendo, Joseba. Cuídate mucho y suerte— sentencia. Detalle de la ciudad de Rabat, capital de Marruecos Antes de emprender esta segunda parte del viaje, y entre la mucha información sacada de internet, me constaba que varios ciclistas habían arriesgado a sacar el visado en la frontera mauritana y habían conseguido entrar. Y yo no estoy menos loco. Como avanzo con calma y con una causa de peso, decidí que exprimiría al máximo el tiempo que me permita el visado de cada país. Por norma general, estos comienzan a contar desde el momento en que te lo pegan en el pasaporte, no cuando te ponen el sello de entrada en la frontera. Yo acababa de entrar en Marruecos hacía pocos días y aún me restaban muchos por delante. Esto quería decir que si sacaba el visado en Rabat, para cuando llegara a la complicada frontera mauritana, este habría caducado y tendría que pelearme con las autoridades locales para pagar de nuevo. No quedaba otra: arriesgaba y salía de Rabat sin el visado en la mano. Al fin y a la postre, la aventura también forma parte de este diario de viaje en bicicleta. Pero no, las cosas pueden cambiar en décimas de segundo… Costa de Rabat Un encuentro providencial a la salida de Rabat. —Hola, ¿hablas español?— le pregunto a una policía a la salida de Rabat. —Hola. Lo hablo un poco— me responde. —¿Por dónde voy mejor para coger la carretera de la costa?, no la nacional— le vuelvo a preguntar, aún con el gusanillo en el cuerpo por la aventura que nos espera. —Puedes seguir por aquí a la izquierda, pero tienes que callejear bastante y te va a ser complicado llegar. O puedes retroceder y llegar directamente por una avenida. Por su insistencia en la segunda opción, me queda claro que no quiere que ande dando tumbos por la capital. —¿De dónde vienes y a dónde vas?— me pregunta sin dejar de regalarme una sonrisa tras otra. —Los policías aquí en Marruecos, la verdad, sois bastante simpáticos— le digo con sinceridad. —Muchas gracias— me devuelve junto a una nueva sonrisa. —Soy de Bilbao y estoy dando un paseo en bicicleta por el mundo. —¡Yo tengo un amigo que también es de Bilbao!— me suelta toda orgullosa. Es tarde y el sol se va a esconder en un par de horas, así que su aclaración pone en funcionamiento todos mis sentidos. Antes de que pueda pestañear por cuarta vez, la impoluta funcionaria ya había llamado desde su móvil a Juan, el bilbaíno. Me pasa el teléfono, hablo con el nuevo anfitrión dos minutos y quedo con él en la puerta del consulado español, hasta donde se desplaza en taxi desde bien lejos. Junto a mi buena amiga Zineb en los mercados de Rabat —¿Hay alguna forma de que nos podamos ver luego otra vez?— le pregunto a Zineb con mi pie izquierdo ya sobre el pedal. —Juan es vecino mío y es como de la familia. Luego nos vemos, sí— termina diciéndome. El de Ondárroa —que no de Bilbao— es un tío grande en todos los sentidos. Sufrido pescador de altura desde los doce años, de manos trabajadas y corazón limpio. De esos que se ven con frecuencia en la tierra donde uno nació. —Joder, te he visto de lejos y sabía que eras tú —le digo más contento que unas pascuas. Caminando y con una sonrisa de oreja a oreja, nos dirigimos hacia su casa. —¡Qué bien me está tratando mi buena amiga la vida en este viaje! Me presenta a los mejores— le comento. —Un placer conocerte, compañero. Aún no eres consciente del favor que me estás haciendo— me responde él mientras subimos y bajamos los descascarillados bordillos esquivando a los locos taxistas. Tiempo para el café con Juan y Saida en su casa de Rabat, Marruecos En casa nos abre la puerta Saïda, la joven mujer de Juan que le mima tal y como merece. Y a la inversa. A partir de aquí, todo son insistencias para hacerme sentir como en casa: “Come más. Saca toda la ropa que necesites lavar. Date una buena ducha que te vendrá bien. Sigue comiendo. Siéntate y descansa…”. Hasta que llega el momento en que Juan me ofrece quedarme un día más. —Puedes quedarte mañana también y Saïda te acompaña a la embajada de Mauritania para sacar el visado. «Amigo mío, si no tenías ya ganada una plaza en el cielo, seguro que esto te abre las puertas de una suite en él», pienso para mis adentros. ¡Asunto solucionado! La sonrisa de la joven policía no solo me cautivó, sino que consiguió que el resto de mis días en su tierra no los utilizara para pensar en si tendría que convencer a los guardias de la frontera para poder entrar. —Libertad, podemos pedalear tranquilos. Y hablando de la siempre risueña amiga, el timbre suena. Una nueva sonrisa se me despliega en la cara. —Vamos todos a cenar a mi casa, con mi familia— nos invita Zineb después de pasar un ratillo de lo más agradable en el salón. Si hay algo que realmente me apasiona de esta aventura que vivimos desde hace más de quinientos días, es fundirme con las familias y descubrir su día a día desde dentro de su hogar. Como fotógrafo, mis ojos no pierden detalle en esos casos y, aunque no entienda ni papa de su idioma, siento cada instante con la misma ilusión que un niño cuando toca la bocina que Libertad porta en uno de sus brazos. ¡Soy un privilegiado! En casa nos esperaban Jalit, el bonachón padre de Zineb, y sus hermanas Sofía y la cumpleañera Jaticha. Saïda, la mamá, estaba en Casablanca cuidando de la abuela enferma esos días. Un verdadero regalo vivir este tipo de momentos. Maravillosa hospitalidad en Marruecos. Con Zineb y familia en Rabat Por la mañana, Saïda consigue con su traducción que el funcionario de la ventanilla de la embajada— esos que casi siempre son antipáticos y que, si no les entras por el ojo, intentan que tu viaje muera ahí mismo— me entregue el pasaporte unas horas más tarde. Ahí estaba, con el visado bien pegado en una de las páginas, con fecha de entrada para el veinticinco de abril y de salida tres meses después. Esto quiere decir que, si todo va bien, podremos pedalear un mes y medio por Mauritania en busca de retratos e historias para intentar hacer algo por cambiarlas a mejor. Bien por Zineb, Juan, Saïda, Jalit, Sofía, Jaticha y la otra Saïda; la mamá que trajo a las tres. Se os quiere, familia. Recuerdo que cuando conocí a Juan, sus primeras palabras fueron: “¡Tú estás loco!”. Y en la cena del segundo día en su hogar, me dijo: “Eres la persona más sorprendente que he conocido en mi vida, entre otras cosas porque viajas por el mundo sin hablar prácticamente idiomas. Y sigues adelante”. Pues sí, amigo mío, pero el mérito es de las personas que habitan este maravilloso planeta, que me animan, empujan y hacen lo posible para que consiga llevar sus vivencias a otros. Y por la mañana, continuamos rumbo al Sáhara Occidental… Colores en los mercados de Marruecos Kilómetros de hospitalidad y un susto en la ruta. Mohammedia, Casablanca, El Jadida… Un susto en la noche al salir de mi jaima para cambiar de agua al canario… Safi y Essaouira. Vemos los primeros camellos. Zineb me pregunta en un mensaje si no he encontrado más gente buena por el camino. Hussein me regala tres huevos, tres tomates, una cebolla y algo de aceite. Azoz, Jaafr, Mjid, Abd Rahmam, Abd Rahim y Mohmad, unos obreros de la construcción, me invitan a almorzar pan con aceite junto a ellos. Duermo debajo de un increíble árbol después de intentar charlar con un pastor de cabras. Llegamos a los veinticinco mil kilómetros pedaleados. Seguimos tragándonos todo el viento frontal que campea a sus anchas por Marruecos. Continúo con hambre hasta que el bueno de Lahcen Taouil me acoge en su hogar y me la sacia. Y por fin, en una parada a cubierto por los nubarrones que se nos venían encima, una sonriente pequeñaja se nos acerca para saludar. No hablamos el mismo idioma. Es más, no nos entendemos un carajo, pero la continua sonrisa en su rostro me contagia y nos fundimos en una charla silenciosa. Un breve momento, sumamente emotivo, que me invita a abrazarla como si fuera mi pequeña. Atma Itmet (6) me recuerda, con su sonrisa contagiosa y su simpatía angelical, a mi ahijada Miranda, esa pequeña que tanto adoro. Así que, por su simpatía, porque la vida así lo quiere y porque yo también lo deseo le entrego a mi nueva amiga el primer muñecote que Libertad carga en sus alforjas. La bonachona de Blanca los creó y la familia de Un lápiz, un dibujo me los entregó para hacer felices por un breve momento a un puñado de pequeños. El que teníamos destinado para alguien en Marruecos ya tiene dueña. La cara de asombro de Atma Itmet al ver semejante grupo de juguetes desplegado sobre una vieja piedra de molino y poder elegir uno me acompañará, a buen seguro, durante muchos kilómetros en esta apasionante aventura. ¡Hasta siempre, amiga mía! Mi joven amiga Atma itmet y su muñequita Y pasamos Tamri, donde los frenos de disco comienzan a darme quebraderos de cabeza. Y llega Brahim con su té, un bocadillo de crema de cacahuete y su casa construida en la tierra que sus abuelos le dejaron, derribada ahora por la policía y el ejército. Y Fátima, una pequeña de diez años sin madre y con su historia de maltrato diario por parte de su padre. Aparece Amhl, que me abre las puertas de su hogar por una noche, y sus compañeros de trabajo con no sé cuántos tés. Y los bereberes Okmane, Said y Abdellah, siempre hospitalarios, se dejan querer en un pequeño y precioso pueblo un tanto desviado de nuestra ruta. Continúo retratando a la gente y grabando vídeos. Atardecer en Marruecos Y llega El Hanafi, un sabio personaje de corazón abierto que trabajó por unos años en Canarias y habla un perfecto español. Nos recibe con sus tés, quesitos en porciones, pan y tres huevos fritos que me lanzan varios kilómetros contra el siempre agotador viento frontal. —Vas a encontrar muchas jaimas de aquí en adelante y siempre vas a ser bien recibido en ellas— me dice en la despedida después de aprovisionarme bien de agua de lluvia para el camino. Inmensa la hospitalidad del pueblo bereber Tensión en la carretera: Cara a cara con el peligro. Y llega uno de esos momentos que nadie desea, salvo los del otro bando… Hacía unos cuantos kilómetros que habíamos dejado a El Hanafi en su desgastado pero limpio café de carretera. Pedaleamos en medio de la nada bajo un sol que muchos veraneantes europeos desearían para su piel. En ruta por el sur de Marruecos No había pasado mucho tiempo cuando una destartalada furgoneta nos adelanta tan despacio que me da tiempo a ver cómo uno de sus dos ocupantes, el copiloto, fija su mirada en la cámara de vídeo que llevamos a la vista y con la que Libertad graba sus tomas en ruta. Puedo intuir cómo se relame el protagonista en cuestión. La furgoneta para unos metros más adelante, los suficientes para darme tiempo a pensar rápidamente y ponerme en alerta. El copiloto, ya en tierra, me cierra el paso. Tengo dos opciones: parar unos metros detrás de ellos, bajarme de la bicicleta y prepararme para el momento, o intentar esquivar al iluso y jamás futurible reportero gráfico. Opto por la primera. Me paro unos metros por detrás y espero a que lleguen, inclinado sobre mi compañera de ruta y con el brazo derecho apoyado en el sillín, pero con la mano libre para enganchar, llegado el caso, la barra que llevo en el lateral. El conductor, al que hasta entonces no había visto, tiene más pinta de gitano trapicheador que de marroquí. Un tipo sucio de ropa y de mirada. Sin presentación alguna, me dice que les dé la cámara de vídeo, la linterna que hasta ese día llevábamos siempre en el manillar por la falta de luz en los túneles y el teléfono móvil que suponían que llevaba encima. —Ni la una, ni la otra, ni el otro os vais a llevar— les digo en un clarísimo español. El tipo echa la mano a la cámara. Un rápido manotazo que sorprende a los dos es suficiente para darme tiempo a sacar la barra extensible que me regaló Sam en China. —Soy un serio problema para vosotros— les espeto en un tono que, sin llegar a entender el idioma, sí comprenden al ver lo que les propongo. Veo cómo el otro mira la linterna y busca la forma de dar el tirón, pero está bien enganchada al manillar. —No te la vas a llevar— insisto. Creo que a todos nos ha tocado en alguna ocasión regalar a otro una de esas miradas que lo dicen todo. Pues al de mirada sucia le tocó recibir la mía. Y la entendió a la perfección, porque se dio la vuelta, se montó en su destartalada furgoneta y se marcharon rumbo a no sé dónde. Tema zanjado. Libertad, la novata, ya ha dejado de serlo. En ruta a punto de alcanzar la línea divisoria con Sahara Occidental Seguimos rumbo a Tan-Tan, última ciudad marroquí fuera de los territorios ocupados del Sáhara. El domingo catorce de abril, a las nueve menos diez de la mañana, entramos en el Sáhara Occidental. Pero eso es otra historia. Historias que transforman el camino. A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza, la hospitalidad y la dignidad de las gentes que encuentro en la ruta son un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo. El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. ¿Qué te ha transmitido esta historia? ¿Qué reflexiones te despierta la increíble hospitalidad de Hassan, Mohamed o Brahim frente a sus propias realidades? ¡Gracias por formar parte de este viaje humano!

  • Historias humanas en Laos: El tierno reflejo de Phut y Ladsamy

    Las inseparables Phut y Ladsamy de Laos Nombre: Phut (5 años) Nombre: Ladsamy (12 años) Localidad: Na Mor, Laos (2011) Historias humanas en Laos. Pedalear por el norte de Laos es enfrentarse a una geografía indomable de montañas verdes y carreteras sinuosas que exigen el máximo de tus fuerzas. Sin embargo, la dureza del camino siempre encuentra su recompensa en los pequeños pueblos que salen al encuentro. Así fue como llegué a Na Mor, un rincón rural donde el ritmo de la vida lo marcan las cosechas y la luz del sol, y donde tuve la fortuna de cruzarme con dos almas que dejaron una huella imborrable en este diario de viaje: las hermanas Phut y Ladsamy. Compartir techo y comida con su familia me permitió asomarme, aunque fuera por unas horas, a la pureza de sus realidades cotidianas. Estas son las verdaderas historias humanas que dan sentido a cada kilómetro recorrido. El universo infantil según Ladsamy. Durante la tarde, mientras el calor daba un respiro y nos acomodábamos en el porche de la casa, Ladsamy, con una madurez asombrosa para sus doce años, empezó a desgranar el mundo de su hermana pequeña ante mi curiosidad de fotógrafo y viajero. Me contó que a Phut lo que más le gusta en este mundo es jugar a ser mamá, imitando los gestos de las mujeres del pueblo, pero con una curiosa condición: no le gusta nada mancharse. Respecto a ella misma, Ladsamy me confesó con los ojos brillantes que el lugar donde más disfruta es en la escuela. Le apasiona aprender, pero también espera con ilusión que llegue el fin de semana por una razón muy especial: acompañar a su madre a vender verduras en el mercado local. Cuando le pregunté por el futuro, su respuesta fue de una lealtad conmovedora; no sueña con grandes urbes ni horizontes lejanos, cuando sea mayor quiere seguir viviendo allí, en el pueblo, cerca de su familia y de sus amigas de la infancia. Phut, la astucia de la pequeña de la casa. Por mi parte, no me hizo falta mucho tiempo observando para darme cuenta de que Phut se las sabe todas. Tiene sumamente claro que, al ser la menor de cuatro hermanos, goza de ciertos privilegios y puede campar a sus anchas por toda la casa sin que nadie la reprenda demasiado. Tiene un magnetismo divertido. Le encanta meter la mano en el cesto comunal del arroz pegajoso para moldear pequeñas bolas con los dedos, aunque luego se distraiga y ni siquiera se las coma. Y es totalmente cierto lo que decía su hermana: cuando juega con las amigas en el suelo arcilloso, despliega una meticulosidad casi obsesiva, colocando siempre una esterilla o un cartón viejo para proteger su ropa y no tocar el barro. Siempre lleva colgado un pequeño bolso de tela que es su mayor tesoro; allí guarda celosamente una colección de palitos pulidos y unas pocas piedras de colores que cambian de valor según el juego del día. Phut está atenta a absolutamente todo lo que ocurre a su alrededor con unos ojos despiertos que lo registran todo, aunque, eso sí, a la hora de cenar come muy poco, prefiriendo la distracción al plato. Ladsamy, el pilar de la ternura responsable. Ladsamy es el contrapunto perfecto. Ejerce de buena hermana mayor a tiempo completo; se nota en cómo camina y en cómo habla. Siempre está pendiente del bienestar de los otros tres hermanos y de ayudar a su madre en las tareas del hogar. En esa dinámica familiar, Phut es indiscutiblemente su ojito derecho, mientras que Ladsamy ocupa ese lugar de orgullo en el corazón de su padre. Es una niña increíblemente responsable, con una seriedad que denota haber asumido roles de cuidado demasiado pronto. Imagino que por el peso de esa invisible carga sonríe poco, pero cuando lo hace, ilumina todo el espacio. Es un ser adorable. Al caer la noche, bajo la tenue luz de la vivienda, llegó el momento mágico del proyecto. Desplegué los materiales y Ladsamy se concentró sobre el papel en blanco. Tras un rato de silencioso esmero, se acercó y me entregó su dibujo: su sueño en trazos de colores pasaba a formar parte del amplio "museo" que ya cargan mis alforjas. Como suele suceder en estos casos, donde la hospitalidad es tan transparente y real, me costó un mundo despedirme de aquella maravillosa familia. Volví a subirme a la bicicleta con el cuerpo descansado y el alma llena de estas pequeñas pero inmensas historias humanas en Laos. Historias que transforman el camino. A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza, la hospitalidad y la dignidad de las gentes que encuentro en la ruta son un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo. El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber qué te ha transmitido esta historia. ¿Qué reflexiones te despierta la increíble hospitalidad de Hassan, Mohamed o Brahim frente a sus propias realidades? ¡Gracias por formar parte de este viaje humano!

  • La Bestia: El tren de la muerte y la realidad migrante | México

    La Bestia, también conocido como el tren de la muerte, es el nombre con el que se bautizó al convoy de carga que cruza la República de México desde su frontera sur con Guatemala hasta el límite con los Estados Unidos en el norte. Cada año, miles de migrantes llegados desde Centroamérica —principalmente de El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua— abordan este gigante de metal en su afán por alcanzar el mal llamado "sueño americano". Por delante les esperan más de 2.300 kilómetros de verdadera incertidumbre y peligro. Al resultar tan difícil y restrictivo el acceso legal por la frontera sur de México, las personas en movilidad optan por arriesgar sus vidas tomando rutas clandestinas y medios de transporte extremadamente peligrosos que, a menudo, los dejan a merced del tráfico de personas. Los principales puntos de acceso para subir a la ruta de La Bestia desde el sur de México son Tenosique, en el Estado de Tabasco (donde pasé casi dos meses documentando la situación), y Ciudad Hidalgo, en el Estado de Chiapas. Los estados meta a alcanzar en la frontera norte son, principalmente, Tamaulipas y Sonora. La bestia en Mexico. Las causas del éxodo: ¿Por qué arriesgar la vida en el tren de la muerte? Se estima que anualmente entre 400.000 y 500.000 migrantes se suben a estos techos de metal arriesgando todo. Las razones detrás de esta drástica decisión se repiten de frontera en frontera: la precaria situación económica en sus países de origen, las secuelas de conflictos civiles y políticos, la devastación de desastres naturales (como los huracanes que azotan la región de Centroamérica) y las continuas extorsiones o amenazas de muerte por parte de las bandas criminales asentadas en sus barrios. Un dato desgarrador que define esta crisis es que aproximadamente el 30% de quienes viajan en los trenes son migrantes cíclicos; es decir, hombres y mujeres que insisten en regresar a los Estados Unidos tras haber sufrido una deportación o un intento fallido previo. Para muchos, la bestia en México es la única opción viable: es "gratuita" y les permite rodear decenas de centros mexicanos de detención y numerosos puestos de control migratorio. Sin embargo, el peaje humano es altísimo. Durante la ruta hacia el norte, se enfrentan a asaltos, extorsiones, corrupción policial, destrucción de sus documentos de identidad, detenciones sin asesoría legal y violencia sexual. Las estadísticas, aun siendo muy poco amigo de ellas, dicen que el 80% de los inmigrantes serán asaltados en el camino y el 60% de las mujeres, violadas. Muchos otros ni siquiera corren esa 'suerte' y son secuestrados o directamente asesinados. El peligro invisible y la vulnerabilidad en las vías. Muchos de los accidentes más graves ocurren por el propio cansancio físico del viaje. Los migrantes, extasiados tras días de marcha, terminan durmiéndose sobre el techo de los vagones en movimiento. Un bache o un frenazo brusco los despide hacia las vías, donde muchos mueren al instante por decapitación, conmoción o graves mutilaciones. A esto se le suma la discriminación y las actitudes xenófobas que sufren en algunos puntos del trayecto, donde se les criminaliza injustamente. Su estatus de indocumentados y el desconocimiento de sus derechos fundamentales los convierte en el blanco perfecto para el acoso tanto de funcionarios corruptos como de carteles criminales sanguinarios, como Los Zetas en el Estado de Tamaulipas. "El Tren de la Muerte" ha sido retratado con frecuencia en la literatura, la prensa internacional y en numerosos documentales de televisión. Sin embargo, vivirlo de cerca cambia la perspectiva por completo. Durante mi vuelta al mundo en bicicleta, detuve los pedales para poner el foco de mi fotografía documental y humanitaria en esta realidad. Compartimos casi dos meses de vida, historias y café en el albergue "La 72", en la localidad de Tenosique (Tabasco). Allí, además de retratar sus miradas, activamos las dinámicas del Proyecto Voice, permitiendo que los niños atrapados en esta dura ruta migratoria expresaran sus miedos y esperanzas a través del dibujo. La bestia en Mexico. APOYA NUESTRO PROYECTO DE EDUCACIÓN INFANTIL "ALAS PARA EL FUTURO". El motor de esta web y de mi trabajo fotográfico va mucho más allá del arte: busca transformar vidas. A través del proyecto Alas para el Futuro, coordinamos y financiamos la escolarización de niños y niñas en la comunidad de Banan (Battambang, Camboya). Tras el doloroso cierre físico de Human Gallery en agosto de 2025 debido al conflicto armado fronterizo, el proyecto sigue adelante gracias al compromiso personal y, sobre todo, a ti. Hoy, Alas para el Futuro se financia íntegramente a través de la venta de mis fotografías en esta web y de tus donaciones online. La pobreza extrema genera realidades inimaginables para estos pequeños. Si quieres unirte y cambiar su futuro, tienes varias formas de colaborar: Compra una fotografía en nuestra tienda online: Cada imagen que vistes en tu hogar se traduce en educación. Haz una donación online: Cualquier aportación suma directamente a su escolarización. Si puedes y deseas apoyarnos, tanto nuestros niños como yo, te estaremos eternamente agradecidos. ¡Tu ayuda vuela alto!

  • Human Gallery: Protegiendo la infancia en Camboya

    Después del duro parón global por la pandemia del Covid-19, las fronteras comenzaron a abrirse de nuevo. Camboya, afortunadamente sin haber registrado cifras extremas de contagio, también se sumó a esa esperada "nueva normalidad". Gracias a este respiro, pudimos volver a abrir las puertas de nuestro pequeño gran rincón en una nueva ubicación: la emblemática calle 2 de Battambang. Esto supuso un gran impulso para que Human Gallery reactivara con fuerza la financiación directa de nuestro proyecto social en el terreno. Trabajamos por la igualdad de oportunidades en Battambang, Camboya. Tras esos dos años de incertidumbre, la realidad nos golpeó de frente: demasiados niños y niñas habían dejado de acudir a la escuela debido a la falta absoluta de ingresos en sus hogares durante la crisis sanitaria. En nuestro caso, la cifra ascendía a 63 menores. La caída total del turismo se reflejó de inmediato en la economía de muchas familias de la zona; especialmente en Banan, la comunidad rural cercana a la ciudad de Battambang donde centramos los esfuerzos de nuestro proyecto de educación infantil. Nuestra preocupación por la situación de las familias de los niños beneficiarios del proyecto de educación es constante, por eso las visitamos diariamente. Human Gallery y nuestro proyecto de educación infantil Reactivando el proyecto "Alas para el Futuro". Por este motivo, y porque tenemos claro que aunque el mundo se paralice nuestros pequeños deben seguir formándose y haciéndose fuertes de cara al futuro, aceleramos la reactivación del proyecto Alas para el Futuro. Nuestro objetivo prioritario en aquel momento fue apoyar a 72 familias vulnerables, garantizando la escolarización completa de sus hijos para el siguiente curso de primaria. La situación llegó a ser tan extrema que algunos padres se vieron en la dolorosa obligación de vender cuatro de las bicicletas que les habíamos entregado anteriormente a los niños para que pudieran desplazarse a la escuela. Reponer ese transporte se convirtió en una necesidad urgente para evitar el abandono escolar. Excursión con cuatro de los niños. Fotografía con propósito y Derechos Humanos. El acceso a la educación primaria es un derecho fundamental del que dependen todos los demás. A través de la fotografía documental y humanitaria que daba vida a la galería, y dentro de nuestras posibilidades, trabajamos a diario para que esto se cumpla. El arte no solo decora, sino que se transforma en herramientas, matrículas y oportunidades. Aunque las vías de financiación mutan con los años, el espíritu de Alas para el Futuro sigue intacto: asegurar que los niños de la comunidad de Banan rompan el círculo de la pobreza a través de las aulas. Si puedes apoyarnos adquiriendo material escolar o respaldando nuestras acciones de cara a los nuevos ciclos, estarás dando un paso de gigante junto a estos chavales. Human Gallery proyecto de educación infantil. APOYA NUESTRO PROYECTO DE EDUCACIÓN INFANTIL "ALAS PARA EL FUTURO". El motor de esta web y de mi trabajo fotográfico va mucho más allá del arte: busca transformar vidas. A través del proyecto Alas para el Futuro, coordinamos y financiamos la escolarización de niños y niñas en la comunidad de Banan (Battambang, Camboya). Tras el doloroso cierre físico de Human Gallery en agosto de 2025 debido al conflicto armado fronterizo, el proyecto sigue adelante gracias al compromiso personal y, sobre todo, a ti. Hoy, Alas para el Futuro se financia íntegramente a través de la venta de mis fotografías en esta web y de tus donaciones online. La pobreza extrema genera realidades inimaginables para estos pequeños. Si quieres unirte y cambiar su futuro, tienes varias formas de colaborar: Compra una fotografía en nuestra tienda online: Cada imagen que vistes en tu hogar se traduce en educación. Haz una donación online: Cualquier aportación suma directamente a su escolarización. Si puedes y deseas apoyarnos, tanto nuestros niños como yo, te estaremos eternamente agradecidos. ¡Tu ayuda vuela alto!

  • Historias humanas en Gambia: Las lecciones de Lamin

    Mi maravilloso joven amigo Lamin de Gambia Nombre: Lamin (14 años). Localidad: Kuntaur, Gambia. El viaje en bicicleta te enseña que, aunque cambies de continente, las realidades de la infancia vulnerable se repiten con una similitud sobrecogedora. Cruzar los caminos de Gambia me ha traído a la mente de forma inevitable anteriores historias humanas, donde el peso de la responsabilidad familiar caía con la misma fuerza sobre hombros demasiado jóvenes. En el mapa las distancias son inmensas, pero en el corazón de los niños que resisten, las miradas son idénticas. Así llegué a Kuntaur, un rincón de Gambia a orillas del río, donde conocí a Lamin. Un chico de catorce años con la madurez de un anciano y la inocencia atrapada en los ojos, cuya historia merece ser contada con el mismo mimo que el resto de crónicas. El refugio de la naturaleza y un anhelo en la distancia. En nuestras charlas bajo la sombra de los árboles, Lamin me abrió su mundo con una honestidad desarmante. Me confesó que su mayor deseo sería poder ir a la escuela todos los días, con la misma regularidad que lo hacen sus amigos, pero su realidad no se lo permite. Su verdadero refugio está en la naturaleza: le fascina adentrarse en el bosque profundo, caminar hasta las orillas del río y trepar a lo más alto de los árboles para recolectar mangos. Tiene un rechazo instintivo hacia la modernidad que nos absorbe; no le gustan los teléfonos móviles y tampoco el ruido de las motos. En su lugar, observa con recelo y deseo mi medio de transporte: sueña con tener una bicicleta con la que recorrer los caminos en silencio. Pero más allá de lo material, su mayor anhelo es un viaje en la distancia. Me confesó que, cuando sea mayor, su único gran objetivo es salir del pueblo para buscar a su padre. Las duras responsabilidades de un hombre de catorce años. Observando el día a día de Lamin en Kuntaur, es imposible no trazar un puente con aquellas historias humanas en Laos donde la infancia se diluye ante las necesidades del hogar. Lamin come muy poquito, casi de forma testimonial. Con apenas catorce años, lleva sobre su espalda el rol de cabeza de familia, sintiéndose el máximo responsable del bienestar de los suyos, especialmente de su hermana de doce años y de su abuela, que es ciega y depende por completo de sus cuidados. La situación en casa no es fácil. Su madre trabaja como maestra, y aunque Lamin entiende perfectamente que intente rehacer su vida y tenga un nuevo novio, le duele profundamente ver cómo se gasta el poco dinero que gana en llamarle por teléfono varias veces al día, restando recursos necesarios para el hogar. Lamin necesita a su padre. La ausencia pesa demasiado en una casa donde el progenitor les abandonó cuando él apenas tenía tres años y medio. A pesar de las dificultades, todo el pueblo de Kuntaur le conoce y le adora. Es un líder natural y un ejemplo absoluto para sus amigos; cuando el grupo de jóvenes se reúne, las propuestas de Lamin siempre son las que tienen más peso. Su madurez se la ha ganado a pulso: tres días a la semana acude a la escuela, mientras que los cuatro restantes trabaja duramente fabricando pequeñas velas de forma totalmente manual. A cambio de esas cuatro jornadas de esfuerzo, recibe un poco de azúcar, sal, verduras, arroz y un salario de apenas dos dólares semanales. Lecciones imborrables en las historias humanas. Fue precisamente mi buen amigo, curtido por el desierto y la responsabilidad, quien me enseñó a abrazar correctamente a las personas. Cuando llegó el momento de la despedida, yo me dirigí de manera instintiva hacia su costado derecho, como acostumbramos a hacer en Occidente. Lamin me detuvo con suavidad y me corrigió con una sabiduría que me desarmó por completo: —No, Joseba. Cuando dos personas se abrazan es para unirse de corazón. El abrazo, si es verdadero, debe ser corazón con corazón —me dijo. Y así lo hicimos. Nos fundimos en un abrazo real, pecho con pecho, rompiendo cualquier barrera cultural. En ese instante de conexión pura, comprendí que este viaje no va de acumular kilómetros, sino de coleccionar estas lecciones de vida. Al igual que me ocurre en este profundo viaje con otras tantas almas, Lamin me demostró que el verdadero motor del mundo se esconde en la dignidad y la ternura de quienes menos tienen. Tu apoyo hace posible este proyecto. Cada una de estas crónicas, cada rostro inmortalizado en este viaje y cada dibujo rescatado en las alforjas forman parte de un proyecto independiente que busca dar voz a la infancia más vulnerable del planeta. Este cuaderno de bitácora no cuenta con grandes patrocinios; se sostiene gracias al apoyo de personas como tú, que creen en el valor de las historias humanas. Si quieres sumarte y ayudar a que este viaje siga adelante para continuar visibilizando estas realidades, puedes colaborar activamente con el proyecto a través de una donación o compartiendo este post en tus redes sociales. ¡Cada pequeño impulso cuenta para seguir pedaleando y transformando miradas!

  • Al amanecer, una nueva oportunidad: Diario de una vuelta al mundo en bicicleta | Camboya

    La situación por la pandemia es complicada en todo el mundo, pero, a mi parecer, aquellos que nos encontramos lejos "de casa" vivimos este momento con un grado extra de preocupación. La falta de información o la dificultad para localizar fuentes válidas complican bastante cualquier decisión sobre qué, cuándo y cómo actuar. Ante las noticias que circulaban desde hacía un tiempo por Camboya sobre una posible expulsión de los extranjeros bloqueados en el país, el pasado domingo escribí un correo a la embajada de España en Bangkok solicitando información. A primera hora de ayer recibía la respuesta: “Camboya sigue extendiendo de manera automática y gratuita los visados de los extranjeros, hasta nueva orden. En caso de que cambie la situación informaremos en nuestra web y en redes sociales. Seguimos a su disposición para cualquier otra cosa que necesite”, decía textualmente el correo. Seguimos lidiando con la infección, pero estamos descansados, preparados para lo que venga y más tranquilos con esta noticia. La primera semana de septiembre, Khmaw y yo completábamos la vuelta a Camboya en este reinicio de la vuelta al mundo. Ilusos nosotros, guiados por los rumores de entonces, esperábamos la pronta apertura de la frontera terrestre de Tailandia, Laos o Vietnam. Volvemos a la ruta. Seguimos con nuestro diario. Un nuevo amanecer en Camboya. Durante el primer mes de espera, pedaleamos al completo el norte de Camboya, bien pegados a la línea fronteriza con Tailandia, hasta llegar al protegido y deseado parque natural de Virachey. La razón principal para alcanzar la zona no era otra que acercarnos a los diferentes grupos étnicos asentados allí desde hace mucho tiempo y conocer de primera mano su situación. Durante los últimos años, estas comunidades viven sumidas en un intento de aplastamiento y continuo robo de tierras por parte de los "camboyanos originales", como se definen los locales de la provincia. Imagino que, como todo lo oscuro que sucede en este país, actúan arropados por el propio gobierno. Por si fuera poco, la noticia de que el virus había entrado en el país en las mochilas de los extranjeros —más concretamente de los occidentales— había corrido como la pólvora, lo que dificultaba enormemente el contacto con los locales. Sin mucho éxito en lo referente al contacto humano debido al recelo de la gente en la provincia de Ratanakiri, comenzamos a descender hacia el sur. Cruzamos el este de Camboya para llegar a Phnom Penh, su caótica capital. Javi, el Cónsul honorario español, nos esperaba en su casa con un gran desayuno y respuestas contundentes a mi consulta sobre las fronteras colindantes. Me aseguró que en breve los extranjeros con visado de turismo seríamos expulsados del país, tal y como tenía previsto hacer el gobierno tailandés. Eruta por el norte de Camboya. Salimos de la capital sumidos en la preocupación, pero nos dirigíamos a la costa —que no a la playa— y confiaba en que el mar nos invitaría a verlo todo desde otro prisma. Era mediados de julio. En Kampot nos esperaba Rafa, un fiel seguidor convertido en hermano de corazón. Cuando uno viaja por el mundo a corazón abierto, con una razón de peso detrás (o delante) y montado sobre una bicicleta con todo lo que ello implica, necesita comprensión, apoyo y, por qué no decirlo, unas dosis de cariño; más aún cuando sabe que su cuerpo se está haciendo mayor, que no su alma. De Rafa recibí todo eso, además de un aprendizaje en diferentes campos que a buen seguro algún exprofesor hubiera deseado conseguir de mí. —No eres consciente de lo mucho que estás haciendo por mí y por el proyecto, pero llegará el día —le repetí en varias ocasiones. Un abrazo, hermano. Siempre. Estés donde estés, lo necesites o no. Línea de frontera con Tailandia en el norte de Camboya Gracias al bueno de Noel, otro hermanazo de corazón, Khmaw obtuvo las reparaciones que le urgían y se veía con energía para rodar entre montañas y volver a sentir esa tierra roja. Los años también le sirven a ella para atesorar experiencia y entender la necesidad de aquel alto junto a Rafa. Durante veintiocho días permaneció allí a la espera, en silencio, con la certeza de que estábamos en el lugar adecuado. Y volvimos a la ruta siguiendo la línea de costa sin llegar a palpar el Mar Meridional de China. Nuestro destino era Koh Kong. La idea no era otra que un par de noches de acampada en la playa para descansar antes de acometer la cordillera de los Cardamomos, pero coincidimos con la celebración del Año Nuevo Khmer y la zona estaba infestada de turistas locales. Iniciamos la ascensión a la Cordillera de Cardamomo, en el sur de Camboya. Iniciamos la ascensión con los primeros avisos de una muela en malas condiciones. Por delante nos esperaban, como mínimo, dos días de constante subida por una estrecha pista en medio de una selva que, por olor y espesura, me recordaba a la del norte de Sierra Leona. Creo que nunca olvidaré aquella primera noche de acampada. El sonido de las grandes gotas de lluvia sobre la tienda de campaña y la espesa vegetación, sumado a las lágrimas de dolor, consiguieron que viviera cada minuto como una hora y cada hora como una eternidad. Todo lo pensado y sufrido aquella noche bien merece un espacio especial en ese libro que tantas veces me han solicitado y aconsejado escribir. Como pudimos, llegamos a la pagoda de Ou Saom, un pequeño pueblo en la alta planicie de la cordillera. Allí nos esperaban los monjes y una retahíla de medicamentos locales que, como por arte de magia, consiguieron bajar dos días después el flemón con el que nos habíamos despertado. Habíamos alcanzado la parte alta de los Cardamomos. La vida entendió que nos lo estaba poniendo demasiado difícil y nos regaló unos kilómetros de pedaleo —con flemón pero sin dolores— en medio de un entorno mágico complicado de describir. Un regalo que valoramos como merecía. Sin embargo, nos habíamos quedado sin un freno, así que iniciamos el descenso caminando por la misma pista que nos había traído hasta allí, pero en esta ocasión sujetando la bicicleta en lugar de empujarla. Y tras muchos kilómetros en soledad, llegaron los primeros encuentros. Un descanso en buena compañía. Con un solo freno, pero ya en llano, cruzamos parte de las provincias de Pursat y Battambang hasta alcanzar la ciudad donde he pasado los últimos años y desde donde habíamos reiniciado el viaje casi tres meses atrás. Pasamos cuatro días en Battambang para visitar y repartir abrazos a los más queridos. También para lanzar un SOS privado a un grupo de amigos y amigas de la otra parte del mundo; mi situación económica así lo requería y rápidamente obtuve la ayuda necesaria para poder comer, reparar de nuevo a Khmaw y continuar la ruta hasta la ciudad de Siem Reap. Allí tenía pensado esperar a ver qué sucedía con la frontera de Tailandia o la posible expulsión de la que me había hablado Javi unas semanas atrás. En ruta por el suroeste de Camboya. Llegamos a la ciudad de los famosos templos del Imperio Khmer, pero al día siguiente nos vimos obligados a regresar a Battambang por la grave infección que me ha tenido inmovilizado los últimos dos meses. Mi buen amigo Bunlang, con quien mantengo una relación de hermandad desde hace más de cinco años, se desplazó rápidamente hasta Siem Reap al verme en una fotografía que le envié. —Joseba, te voy a buscar y te quedas en mi hostel hasta que consigamos bajar esa infección, extraer la muela y Tailandia abra la frontera. No puedes estar en esas condiciones y solo— me propuso. Han pasado dos meses de constantes visitas a médicos y dentistas, de saturación de medicamentos con nulos o escasos efectos, pero con la generosidad y atención de Bunlang como principales compañeras. Han sido dos meses de estudio y trabajo en la edición de mis fotografías, así como de organización y ampliación de las memorias escritas durante más de cuatro años de viaje. Ha llegado el momento de volver a la ruta, aunque a mi gente le pueda más la preocupación que el llegar a entender que para mí es una cuestión de necesidad. El bueno de Bunlang me ha pedido que continúe en su hostel al menos hasta que la infección se haya dado por vencida y se pueda realizar la extracción, pero el camino llama. Estamos en ruta y escribiendo nuestro diario. Este viaje no lo hago solo: tú también formas parte de la ruta. Viajar en bicicleta por el mundo documentando los Derechos Humanos es una aventura maravillosa, pero también está llena de imprevistos, averías mecánicas, problemas de salud y desafíos económicos que ponen a prueba nuestra resistencia. Este proyecto se gestiona de forma totalmente independiente y sale adelante gracias al corazón y la solidaridad de personas como tú. Si este relato te ha tocado el alma y quieres aportar tu granito de arena para que Khmaw y yo podamos seguir sumando kilómetros y dando voz a quienes no la tienen, te invito a colaborar con el proyecto. Cada pequeña ayuda nos mantiene en movimiento. Infórmate sobre cómo puedes apoyarnos.

  • Nacida para ser libre: Diario de una vuelta al mundo en bicicleta | Sáhara

    Siete menos diez de la mañana del domingo 14 de abril de 2013. Más de tres años ya de vuelta al mundo en bicicleta. Hemos entrado en el Sáhara Occidental. Seguimos compartiendo el diario de un viaje en bicicleta. Junto a mi compañera Libertad en ruta por Sahara Occidental. Mi idea era cruzar la línea divisoria por la tarde, pero una gran duna, a escasos cinco kilómetros de esta, se presentó invitándonos a acompañarla esa noche. Mi compañera está de acuerdo; retrasamos unas horas la entrada en la tierra que clama libertad. Se trata de la única gran duna accesible y en forma de “L” que puede protegernos del viento. Al otro lado de la tranquila, estrecha y maltrecha carretera, hay un mar de ellas, pero están demasiado lejos y el terreno es arenoso. Toca empujar a mi compañera más de trescientos metros hasta llegar al rincón que previamente había ojeado. Es temprano aún y ya tenemos el campamento montado. Cámaras en mano, subo hasta lo más alto de nuestra generosa amiga. Libertad se queda vigilando que nadie ronde nuestra jaima mientras observa detenidamente la ascensión. La música, como siempre en estos casos, también me acompaña. Generosa, nuestra anfitriona me regala unas impresionantes vistas desde la parte más alta de su joroba. El silencio actúa como condimento al atracón visual. Abajo, mi compañera no me pierde de vista. Hay conexión. Este es uno de esos muchos momentos en los que uno se siente egoísta como nadie: lo tengo todo y no puedo compartirlo con aquellos que quisiera. Fotos, tomas de vídeo y memoria; podremos hacerlo un tiempo después. En nuestras alforjas tenemos arroz y media cebolla, y mientras degusto la paella típica de este viaje, Libertad espera impaciente a que le suelte prenda sobre el momento vivido arriba. —Tenemos tiempo, amiga, ahora toca engañar un poco al estómago— le digo. Al poco de acampar siempre elijo un rincón donde pasar los primeros minutos. En esta ocasión, en lo alto de la duna. Atrapados en una tormenta de arena. Hasta aquí, todo perfecto. Tres de la mañana y el viento cambia de dirección. Nuestra amiga, aun queriéndolo, no puede seguir protegiéndonos. La ventisca entra en la “L” por un lateral y con ella toda la arena que le cabe en las garras. La tienda se infla, dejando el espacio libre para que la tormenta atraviese la mosquitera y entre como Pedro por su casa. En pocos segundos se forma una nube en el interior que me obliga a anudarme la funda de la colchoneta en la cabeza, ya que es imposible respirar sin ella. Salgo rápidamente para quitarle a Libertad la funda de plástico que, al inflarse como la tienda, la está ahogando. No es suficiente y tengo que elegir entre ella o la tienda; mi amiga es lo primero. Rápido la desprendo de las alforjas, la tumbo sobre la arena, le coloco el plástico como puedo y amontono las alforjas sobre ella. Con la luz de la linterna frontal apuntando a la tienda, veo que dos de las clavijas se han soltado: el sobretecho campa a sus anchas y se puede desgarrar. Como puedo, tiro del resto de clavijas a la vez que voy enrollando la segunda piel de nuestra jaima. El criminal viento no da tregua y en pocos minutos se han amontonado casi tres centímetros de arena en el interior. Las flexibles varillas dan hasta donde dan y tengo que soltarlas también. Sin reparar en el desorden, me protejo como puedo detrás de mi compañera y el montón de alforjas, sin soltar el manojo de la tienda que tengo en los brazos. La arena se me está clavando como alfileres. Apago la luz porque asusta tenerla encendida. Toca esperar a que amanezca. Más de dos interminables horas. Lo que había comenzado como una perfecta despedida de Marruecos, en tan solo veinte minutos se convirtió en una pesadilla que me haría dormir en alerta hasta bien entrados en Senegal. Después de la acampada tiempo para reponer fuerzas Rumbo a Esmara: Entre la sed y los controles policiales. Amanece en una gasolinera aún cerrada, pero es un refugio y necesito desprenderme del rebozado de arena que llevo encima. Mientras espero a que llegue el encargado, organizo el desbarajuste que tenemos montado. Poco más tarde, un coche con cuatro ocupantes llega al sitio: el hombre de la gasolinera, el del desangelado bar y dos amigos de estos que serán los encargados de malinformarme sobre la ruta y las opciones de agua. También resultan ser los anfitriones de un desayuno a base de té, cómo no, pan y aceite. Aldeas abandonadas en Sahara —Sí, estás en el Sáhara ya— me confirman. —No tienes agua hasta algo más de cuarenta kilómetros— me aseguran en un claro español. Aseados mi compañera y yo, y sacudida la tienda en condiciones, volvemos a ponernos en ruta hacia Esmara. El fuerte viento no nos ha abandonado en ningún momento, pero esta vez nos empuja en vez de destrozarnos. Paramos en el primero de los treinta y ocho controles policiales en el Sáhara. Aún no estamos hartos de estos y pasamos un buen rato charlando con los dos gendarmes. Treinta, cuarenta, cincuenta kilómetros y vemos menos posibilidad de agua que la primera pareja de dromedarios con los que nos cruzamos en ruta. Estamos sin suministro desde hace más de hora y media y el sol trabaja cada vez con más energía. El aire es asfixiante y consigue que mi lengua se pegue al paladar, y este, a su vez, a la única neurona que me queda activa. Veinte kilómetros más y nos damos de frente con un pequeño pueblo. Los amigos de la gasolinera estaban equivocados: no eran cuarenta, sino setenta los kilómetros que nos separaban del ansiado líquido. Allí, en una pequeña casa, me sacan una garrafa de cinco litros con agua helada, a la que me abrazo como un niño a su peluche en la cuna. La familia me invita a pasar la noche con ellos, pero necesito descansar y rechazo la invitación. Haberla aceptado hubiera supuesto someterme a una nueva y larga entrevista, y mi cuerpo no estaba para tal labor. Hoy no, lo siento. Como por arte de magia, ese agua me da fuerzas para pedalear con energía hasta Esmara. Un total de 135 kilómetros desde que nos despedimos de la duna. El viento, seguro que arrepentido de la noche que nos brindó, continúa de nuestra parte y hay que aprovechar el momento. Los gendarmes vuelven a darnos el alto antes de entrar en la ciudad y, pocos metros después, lo hace también la policía. Comienzo a fruncir el ceño. —Es por tu seguridad— esta será una de las frases que más veces escucharé en este territorio que clama libertad, y a la que siempre responderé de igual forma: —Este país lo forma buena gente, no hay problema con mi seguridad. La cosa es que a vuestro rey le encanta controlar a todo aquél que entra en esta tierra—. Los dromedarios salvajes son una constante en Sahara Occidental El muro militar y la burocracia del desierto. El motivo por el cual nos desviamos de la costa por unos días y llegamos hasta Esmara no era otro que acceder al campo de refugiados, pero me indican que no puedo llegar desde allí; que debo entrar en Mauritania para subir hasta Argelia y entrar en Tinduf. Casi nada. Mi ánimo se desploma como un árbol al recibir el último hachazo. Compañía en Sahara Occidental Me dirijo, sudado y con la camiseta perfectamente teñida del color del desierto, hacia el campamento del ejército marroquí que, además de liarse a porrazos y pelotazos con los saharauis cada poco, protege a los operarios de la ONU que “trabajan” en la zona. Son cuatro kilómetros empujando a mi compañera por una impracticable pista empedrada. Tras horas de lucha contra el viento, un alto en la ruta junto a Libertad Trescientos metros antes de llegar, dos soldados comienzan a darme el alto con los brazos arriba, pero continúo empujando a Libertad hacia ellos. Insisten y yo también, lo que hace que nos saludemos a medio camino. Mientras hablo con ellos como puedo, veo a otros atrincherados y armados hasta los dientes a ambos lados de la pista, y a otros tantos en lo alto de una pequeña loma. Defecto profesional: mis ojos trabajan de forma independiente en muchos casos, aun suplicándoles un descanso. Sin llegar a los cinco minutos, puedo contar hasta catorce soldados alrededor mío. Uno de ellos está armado y tiene cara de pocos amigos. El de mayor rango, de no más de treinta años y el último en llegar, se presenta en un perfecto español. —No puedes estar aquí, es zona militar y está especialmente protegida— me dice. —Pues ya ves qué hora es y los minutos de luz que me quedan. Venía a charlar con alguien de la ONU para, además de solicitar información sobre el campo de refugiados, pedir el favor de pasar la noche aquí— le respondo sin perder de vista al resto. Este llama desde su móvil a no sé quién y, al terminar la charla, me dice que mis intenciones son imposibles. —Bueno, ¿pero no puedo hablar directamente con alguno de ellos?— le pregunto a sabiendas de la respuesta. Le muestro el amplio dossier que llevo encima donde se recoge la información sobre el proyecto, entrevistas y fotografías. —Bueno, ¿pero no puedo hablar directamente con alguno de ellos?— le pregunto a sabiendas de la respuesta. Le muestro el amplio dossier que llevo encima donde se recoge la información sobre el proyecto, entrevistas y fotografías. —Espera que llame al jefe a ver qué me dice—. La hospitalidad es una constante en Sáhara Occidental Momento para fotografiar mentalmente todo lo que se mueve y lo que no. Mientras mis ojos y memoria trabajan, un 4x4 sale de la zona militarizada. Cuatro desgarbados soldados con más polvo encima que yo se suman a la reunión. —Estamos todos— le digo al nuevo amigo cuando termina la conversación telefónica. Este se ríe y me dice que dentro quedan otros ochocientos. También que el gran jefe está en camino—. Si no te permiten pasar la noche aquí, que será lo más probable, te vienes a mi casa, te duchas, cenas y duermes tranquilo, y ya mañana continúas camino. Mientras esperamos la llegada del "boss", cuento dos 4x4 blancos con una enorme antena en el frontal, nuevos e impolutos, que salen del recinto a toda velocidad levantando una polvareda de escándalo. Una persona en cada vehículo. En las puertas delanteras se lee claramente UN. Ni saludan a los soldados a los que han tintado de polvo, ni a mí, pero fijan su vista en Libertad. Pocos minutos después, otro vehículo de igual calibre entra con las mismas prisas. En este viajan cuatro personas de alto nivel dadas sus vestimentas; dos mujeres y dos hombres. Estos tampoco se paran a preguntar si necesito un apósito o una fabada asturiana. En fin, es lo que toca, aunque no debiera ser así, dado que ellos también acostumbran a beber cuando tienen sed. Antes de pasar la media hora, llega el jefe. El capitán, el subjefe y su asistente me estrechan la mano. Intento explicarles el motivo de mi visita pero no me dan tiempo. Noche en la jaima de Hussein y su familia —Me dicen que quieres hablar con alguien de la ONU además de pasar la noche aquí, y ni una ni otra cosa puede ser, pero tranquilo que yo te pago una habitación en el hotel de un amigo— me dice el jefe a través de mi amigo el sargento, sin darme tiempo a pestañear. —No se hable más— me digo por lo bajines. —Ni pestañees, Joseba— siento cómo me dice Libertad. Junto a mi buen amigo Hussein en mitad del Sahara Vuelvo a empujar a mi compañera los mismos cuatro kilómetros de la ida y, tras pedalear un par de ellos más, llegamos al "hotel", que no resulta ser tal. Se trata de una vieja pensión sin agua corriente ni servicios, con un pequeño lavabo fuera y un viejo catre en una sucia habitación de no más de seis metros. Pero el habitáculo tiene cuatro esquinas y en una de ellas, alguien generoso, ha dejado un pequeño balde sumamente importante para estos casos. Como siempre digo llegados estos momentos: “A caballo regalado no le mires el juanete”. La inmensidad de la meseta y el encuentro con Hassan. En el mapa había visto que el trayecto hasta El Aaiún iba a ser, cuanto menos, complicado. Y no iba muy desencaminado… Unir Esmara con la capital iba a regalarnos nuevos amigos, sí, pero también un sol capaz de derretirnos y un viento frontal bestial. Cosas del desierto. Comenzamos a subir hacia el noroeste. El primero de estos cuatro días fue casi perfecto. El viento soplaba de espaldas a ratos y del lado derecho otros tantos. En pocos kilómetros habíamos subido hasta una gran meseta tan plana como la memoria de algunos políticos. Por momentos, las vistas que tengo a mi izquierda me obligan a realizar paradas para observar, en la quietud, aquello hasta donde mi vista da de sí: un mar de arena y piedras. Una tierra nacida para ser libre. Viajamos sin coches en una estrechísima carretera de poros abiertos. No hay gente, ni agua. No hay casi vida, pero la poca que hay puedo sentirla en mi piel y emocionarme cuando llega a calar dentro. Sin apenas darme cuenta de lo pedaleado, cuando más centrado estoy en mi mundo, el cuerpo comienza a avisarme a través de los músculos: —Compañero, vete pensando en elegir el sitio donde pasar la noche—. Aún tengo bien fresca en la memoria la noche pasada. Pedaleo y pedaleo hasta encontrar un lugar a resguardo que no llega. Ese aviso me obliga a dejar de volar y me coloca nuevamente sobre el suelo que peleamos. No queda mucho tiempo de luz y no aparece el rincón que nos dé tranquilidad, pero en la única colina con la que nos tropezamos en los 67 kilómetros de la jornada, una gran antena de telefonía se estira orgullosa cual Torre Eiffel. Debajo de ella veo un muro que cubre su perímetro. —¡Estamos salvados! — piensa uno en voz alta. Detalle del interior de una jaima en Sahara Occidental Según me voy acercando, veo a un hombre con ropa militar y un pequeño perro que sale en mi busca, seguramente creyendo ver alucinaciones. Hassan es el primero de los salvavidas que encontraremos en esta tierra. Junto a él y su pequeña y juguetona compañera pasaremos la noche, no sin antes tomar un buen té en tres pequeñas dosis, el ritual para dar comienzo a cada nueva amistad. Con el desayuno a base de té, pan y aceite, damos comienzo a tres devastadores días en lo que a desgaste físico se refiere. Tres jornadas de soledad absoluta y fuerte viento frontal hasta llegar a El Aaiún. Largas distancias en las que, de no controlar la cabeza, pueden convertirse en jornadas infernales, pero las salvamos gracias también a Hassan, a Said y su familia —que dicen pertenecer al Frente Polisario—, y a Fdaili, su mujer y sus pequeños. Todos empujan a su manera para que esto continúe adelante. Llevo varios días con la cabeza trabajando en una decisión que creo debo tomar y que no me permite centrarme como debiera en lo que he venido a hacer. Me pongo duro conmigo mismo mientras pedaleo y prácticamente dejo sentenciada la resolución. Yo a lo mío, otros a lo suyo. Aunque no será hasta unas semanas después cuando dé a conocer mi decisión y los claros motivos de esta. Recogida del ganado al atardecer Un pollo con patatas en El Aaiún y el valor de la hospitalidad. Y llegamos a la capital, abatidos y con quemaduras de consideración en algunas zonas del cuerpo. Allí aparece Mohamed, sin más, en medio de una larga avenida que da la sensación de sobrarle espacio o de faltarle gente por algún lado y que da entrada a la ciudad. Mi generoso amigo también habla un perfecto español. —¿De dónde vienes, alma de cántaro?— me dice, a lo que respondo con una larga carcajada. Por un momento, consigue que el agotamiento desaparezca, pero no la sudada que llevo encima. —¿Y esa expresión? ¿De dónde la has sacado?— le pregunto aún con lagrimones en los ojos. —Muchos años trabajando en España, hermano. ¿Qué te trae a esta tierra? ¿Has comido?— Y juntos, yo sudado hasta las uñas y él con su camisa de manga corta y cuadros grises, nos sentamos en una terraza en el centro de la ciudad a comer un pollo con patatas. Un refresco de cola acompaña el menú. —Joder, amigo, ni me acuerdo de cuándo comí esto por última vez— le comento. El camarero, por si fuera poco, adorna el centro de la mesa con una ensalada que tiene un poquito de todo, con salsa de tomate y mostaza a ambos lados. ¡Atracón al canto! En cada conexión que puedo hacer a internet, siempre me encuentro un correo o mensaje privado especial. Con frecuencia, amigas que siguen el viaje desde hace tiempo y con las que tengo un grado alto de confianza me cuentan cómo les va la vida; otras y otros muchos dan ánimos de forma muy emotiva, y algunos empujan en forma de colaboración con el proyecto. Pero ese día, un correo entre todos ellos trajo consigo la confirmación de un amor eterno. Volvemos a volar, pero esta vez hacia el sur, por la costa rumbo a Boujdour. Vistas del atardecer en el Sahara desde mi tienda de campaña Retratos en el desierto con Hussein y Brahim. Decido abandonar la cansina carretera y adentrarme un poco más en el desierto, donde me doy de bruces con dos grandes jaimas. Allí está Ahmed junto a su hermana y hermano pequeños. Como siempre sucede en este territorio, cualquier persona que encuentras en los alrededores, aunque estés a varios cientos de metros, te invita a compartir todo lo que tiene. Sea lo que sea, durante el tiempo que haga falta. De su boca vuelvo a escuchar la palabra libertad durante los tres tés. —Pues trabajo en el mundo de la fotografía y estoy viajando por el mundo intentando hacer algo para que la vida de un puñado de pequeños cambie de una vez por todas. No sé si con esto conseguiré algo, pero me hace sentir bien y me consta que a otros también. Digamos que trabajo de una forma un tanto especial por sus derechos— le respondo a la pregunta de a qué te dedicas. —Mi padre y mi madre están con el rebaño de ovejas y vendrán dentro de un par de horas, cuando el sol comience a caer. Si quieres, podemos ir a buscarles y les haces unas fotos— me propone cuando le digo que mi especialidad es inmortalizar miradas. Tengo un buen presentimiento y este termina por confirmarse cuando llegamos en su viejo Land Rover y conozco a nuestros nuevos anfitriones: Hussein y Ahlaila, su mujer. Desde el primer momento, mi viejo amigo y yo conectamos a fondo. Habla bastante bien español, ya que sirvió en el ejército español hace tiempo. Se ofrece a ser retratado cuando descubre el motivo de mi viaje; fotos y tomas de vídeo que a los pocos días verían la luz en este blog. Los días con Hussein y su familia fueron de los más emotivos que he vivido en estos casi ochocientos días de andanzas por el mundo. Y he vivido unos pocos ya… Volvemos a la ruta a primera hora de la mañana y, tras una larga jornada con viento de frente, damos con Brahim, otro curioso amigo con el que pude volver a soltar varias carcajadas y compartir momentos de gran emoción. —¡Qué alegría que hayas parado! Además eres español. Llevo muchos años intentando que alguno pare, pero nada. Eres la primera persona que lo hace en los doce años que llevo aquí metido— me aclara mientras comienzo a notar el característico nudo en la garganta que me acompaña en este viaje. Brahim es un hombre de setenta y un años que vive en una pequeña jaima que se cae a trozos. El viento es perenne aquí y su pequeña vivienda pocas embestidas más puede soportar. Él me lo confirma. Mi raquítico amigo también formó parte del antiguo ejército. —Mi mujer vive a las afueras de Boujdour con nuestras cincuenta ovejas. No tenemos hijos porque nunca hemos podido permitírnoslo. El dinero que estas dan no nos llega, ya que la leche que dan es mínima; no como en España, que las ovejas están gordas y dan dinero para vivir, supongo—. Esto termina por derrumbarme y tengo que salir de la jaima para respirar un rato. Mi amigo se da cuenta y sale detrás a ver si estoy bien. Me pide disculpas. —No tienes por qué preocuparte, porque aquí gano doscientos setenta euros al mes y con ello llevamos años saliendo adelante— termina. —Me duele que alguien que desea tener hijos no pueda sentirse realizado por culpa del maldito dinero, pero anda tranquilo porque estoy bien— le miento desde fuera del desastroso amasijo de telas. —He llegado a ponerme en medio de la carretera con los brazos levantados, delante de las grandes autocaravanas, para que paren y poder invitarles a té y a charlar un rato, pero no hay forma de que hagan un alto, siempre me esquivan. Siempre tienen prisa, o será porque pensarán que estoy loco—. Mi querido amigo cambia de tema y consigue ponerme por un momento en situación, soltando la primera de muchas carcajadas en su compañía. —¡Qué grande eres, amigo mío! Y encima sabes sacar tiempo para el cachondeo— le respondo sin haber terminado de reír. —Te vas a quedar a dormir, ¿no?—. —Por supuesto!—. —Voy a echar las redes a ver si hay suerte y mañana recojo algo. ¿Me acompañas? —me invita. Después de caminar casi un par de kilómetros y bajar un pequeño acantilado con unas vistas capaces de quitar el hipo, nos adentramos en el mar unos ciento sintonizados metros y le ayudo a desenredar su vieja red de plástico negro y verde. Un precioso momento que guardo con especial cariño en la memoria. Mi amigo es poco dado a la cocina —le pasa como a mí— y me toca preparar la especialidad de la casa: arroz con cebolla, pero en esta ocasión también tenemos tomates y un chorrito de aceite, como buen saharaui que es. Poco después, tras una bonita charla, me quedo dormido en el suelo, a su lado, como si fuera el hijo que no pudo ser. Grande, amigo. Grande. Una nueva lección aprendida. Historias que transforman el camino: Diario de viaje en bicicleta. A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza y la dignidad de la pequeña Oishi es un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo. El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber qué te ha transmitido esta historia. ¿Qué reflexiones te despierta la increíble determinación de Oishi frente a su realidad? ¡Gracias por formar parte de este viaje humano!

  • Una operación para Meyja: Éxito de la campaña solidaria en Mauritania

    Nota del autor (Actualización): Esta campaña solidaria se puso en marcha originalmente en mayo de 2013 durante mi estancia en Mauritania dentro de mi vuelta al mundo en bicicleta, aún activa en 2026. Gracias a la increíble respuesta y generosidad de los lectores de este blog, los fondos necesarios se recaudaron en un tiempo récord. Hoy, esta entrada permanece en mi cuaderno de bitácora como testimonio de agradecimiento y como prueba de que, cuando nos unimos, podemos cambiar destinos. Maravillosos y fructíferos días en el orfanato. Gracias amigos! ¡Gracias por llegar hasta aquí e informarte sobre este proyecto! El 1 de mayo de 2013, Libertad y yo llegábamos al orfanato NAD en Mauritania después de atravesar el siempre duro pero mágico Sáhara Occidental. Hoy, tú alcanzas este mismo rincón a través de la pantalla, sosteniendo entre las manos la llave virtual que puede abrir la puerta de un futuro digno para una persona. Quedaban pocos minutos de luz cuando crucé la entrada del orfanato. Lo hacía de la mano de mi buen amigo Arturo, un mauritano generoso y solidario con todo aquel que lo necesita; una pieza clave en las zancadas al frente de esta gran familia. Arturo es el coordinador del centro NAD y fue quien me presentó a Aichetou y Yahya, presidenta y responsable de ejecutar todo lo necesario fuera del recinto. Enormes personas. Ambos se encontraban sentados en el suelo enmoquetado de una sencilla sala sin puerta, en la planta baja de este hogar creado a base de puro amor. Así dábamos comienzo a tres semanas al límite emocional. Noura, Chriffa, Salka, Nasser, Aziz, Mariam, Yacoub y el pequeño Arturito, los componentes de esta maravillosa familia, me daban la bienvenida impacientes por saber quién era el invitado. Junto a ellos, pero unos pasos por detrás, estaba la protagonista de esta dura historia con un más que seguro final feliz, la culpable de una impecable amistad: nuestra joven amiga Meyja. Su cuerpecito de cinco años es como el del resto, sí, pero necesita algunos arreglos médicos para poder crecer sana y a la par de sus hermanos. Tiene todo el derecho a ello. En el bloque anterior de este cuaderno de bitácora, puedes conocer sus injustos primeros pasos en este mundo. Días oscuros que jamás debieron ser. Rompiendo fronteras por una infancia digna. Ahora, Meyja nos necesita un poquito más. Necesita ese empujón para poder ir a la escuela como el resto de sus hermanos y para crecer como merece. De esta forma, estarás haciendo posible que la pequeña se convierta el día de mañana en una mujer en toda regla, con poder de decisión propia; que pueda formarse, volar libre, construir su propia vida y ayudar a los suyos. En nuestra mano está la llave que convierta a esta futura cenicienta en la mujer que merece ser. Habrá algunos que dirán aquello que tantas veces he escuchado en España: “Primero hay que ayudar a los de casa”. Estoy en total desacuerdo; es más, es una frase que me causa una profunda indignación. Y yo pregunto: ¿Y si fuera a la inversa? ¿Y si los de aquí tuvieran en sus manos los medios para ayudar a uno de tus pequeños si realmente le hiciera falta? Por eso, porque no debemos permitir que unas fronteras imaginarias impuestas por unos pocos consigan diferenciar a las personas, te pido que por favor no mires hacia otro lado después de leer estas líneas. Tengo la palabra de Aichetou y Yahya de que Meyja crecerá en el hogar seguro que han creado, y que volará libremente cuando ella misma lo decida. Hasta entonces, cualquiera tendrá la oportunidad de viajar a Mauritania, tocar la puerta de este hogar y abrazar en persona a nuestra pequeña. Balance e información de la campaña solidaria (Mayo 2013). La pequeña Meyja (5 años) fue sometida a rigurosas pruebas médicas en Nouakchott, la capital, para conocer el alcance real de las lesiones que sufre en su cabeza y vías respiratorias. A continuación, se detalla el presupuesto necesario para la intervención quirúrgica reconstructiva que requiere de forma urgente. Pruebas médicas a Meyja en la clínica para conocer el alcance de su lesión Documentación Médica: Los escáneres, informes clínicos y el presupuesto detallado emitido por la clínica privada de Nouakchott se encuentran digitalizados y expuestos en la galería de este post para la total transparencia de los donantes. Con total transparencia, compartimos el balance de la campaña solidaria: Concepto Detalle Financiero Cantidad Necesaria 1.700 Euros (615.000,00 Ouguiyas) Cantidad Recaudada 1.795 Euros Destino del Sobrante 95 Euros (Donados íntegramente al siguiente orfanato de la ruta) Estado actual de las donaciones (CUENTA CERRADA) El número de la cuenta bancaria, originalmente habilitado para las transferencias, ha sido retirado de este artículo de forma definitiva, puesto que el objetivo económico se alcanzó con éxito y, desde entonces, no se admiten más aportaciones para esta causa. 💖 Listado de Honor: Donantes del Proyecto. Belén Díaz (Cubrió en su totalidad los gastos de desplazamiento desde el orfanato en la ciudad de Nouadhibou hasta el hospital el la capital, Nouakchott, así como las pruebas médicas previas). Mari Cruz Soto Jose Ignacio Feliu Ana (Barcelona) Ingrid De Graeve Luis García Iván Vicente Emilia Donate María y su madre (Madrid) Emilio Jiménez Graciela Portilla Anónimo (Haro – La Rioja) Jose Ignacio De la Iglesia Montse Ferrer María de los Ángeles Valle María Garcia-Triviño María Inés Ruiz Enrique López Pedro Tirado Manuel Perez Victor Gil Jesús Martorell Mercé Homs Rafael Antonio Mérida José María (Torrelodones) Rafael Dengra Manolo Aguilar David Repiso José Miguel Malinalli Anónimo (Malgrat de Mar) Marco y Piedad Beatriz Arnáez Anónimo (Albacete) Soje (Las Palmas de Gran Canaria) Raúl Armenteros ¡Muchas, muchas gracias a todos por vuestra impecable confianza! Un final feliz: El primer día de escuela de Meyja. Nuestra joven amiga Meyja, tras el rotundo éxito de la operación médica, ha comenzado por fin la escuela y está radiante de felicidad. Ahora tiene una vida completamente nueva por delante y, lo más importante, las herramientas para ser dueña de su propio destino en el futuro. Gracias por llegar hasta aquí, por detener vuestro tiempo y por darle esta oportunidad histórica a Meyja. Joseba Nuestra joven amiga lista para su primer día de escuela. El poder de la comunidad. No existen fronteras capaces de frenar la empatía humana cuando nos unimos por una causa justa. El éxito de esta intervención médica en Mauritania es la prueba viviente de que el Proyecto Voice tiene sentido gracias a cada uno de vosotros, quienes empujáis desde el otro lado de la pantalla. Ver a Meyja recuperada y asistiendo a la escuela es el premio más grande de toda esta vuelta al mundo en bicicleta. ¡Celebremos juntos este triunfo de la solidaridad!

bottom of page