Historias humanas en Sierra Leona: La mirada de Joseph
- Joseba Etxebarria

- 24 feb 2019
- 3 min de lectura
Actualizado: 1 jun
Hay lugares en el mundo donde la infancia no se mide en juguetes, sino en la capacidad de resistencia. Sierra Leona es uno de ellos. Llegar a Port Loko en bicicleta implica arrastrar el polvo del rojo camino, pero también abrir los ojos a realidades que te desarman en cuestión de segundos. Fue allí, entre las paredes gastadas de un pequeño orfanato local, donde pasé tres días que se me quedaron grabados a fuego. Tres días en los que comprendí que las cicatrices de un país no solo están en su historia, sino en los ojos de aquellos que la sufrieron. Allí conocí a Joseph.
Joseph tiene apenas ocho años, pero carga a sus espaldas con una biografía que quebraría a cualquier adulto. Cuando apenas era un bebé de dos años, su padre lo abandonó, dejando a su madre sola y sin recursos al cargo del pequeño. Por si el desamparo no fuera suficiente, la tragedia volvió a golpear con crueldad al año siguiente: su madre falleció, dejando a Joseph completamente huérfano en medio de un mundo que no suele dar segundas oportunidades.
A pesar de la tormenta que ha sido su corta vida, cuando hablas con él, rápidamente entiendes que Joseph prefiere aferrarse a la luz. Si le preguntas qué es lo que más le hace feliz en este mundo, te lo resume con la pureza de un niño: le encanta comer pollo con arroz —un lujo extraordinario en estas latitudes—, pintar con tiza en la vieja pizarra de la clase del orfanato y, por encima de todo, jugar a las canicas con sus amigos. Cuando mira al futuro, sus ojos brillan con una determinación asombrosa: de mayor quiere ser profesor. Quiere enseñar, devolverle al mundo algo de la estructura que a él le fue negada.
Descubriendo realidades e historias humanas en Sierra Leona.
Sin embargo, como fotógrafo y viajero, uno aprende a mirar más allá de las palabras. El verdadero retrato de Joseph se dibuja en los detalles cotidianos, en esos gestos invisibles que captas cuando te sientas en un rincón a observar cómo transcurre la vida en el orfanato.
A la hora de la comida, Joseph no come; devora. Traga como si no hubiera un mañana, como si el plato que tiene delante fuera el último que va a ver en su vida, un instinto primario que delata los años de carencias pasadas. Su generosidad, y su necesidad, conviven de una forma conmovedora: es el primero en recoger de manera voluntaria los platos de los demás chavales para llevarlos al fregadero, pero en el trayecto, sus dedos rápidos y precisos rescatan con mimo cualquier grano de arroz que sus compañeros hayan dejado olvidado. No se puede desperdiciar nada. La comida es vida.
En cuanto el estómago está lleno y tiene un rato libre, si no está haciendo rodar las canicas por la tierra, Joseph busca un libro. Da igual el tema o si es un manual escolar desgastado; ojea cada página con una curiosidad insaciable, devorando las letras con la misma hambre con la que limpia los platos. Es un niño magnético. Los demás chavales del orfanato le adoran, lo buscan, se contagian de su energía. Una energía que, a veces, simplemente se agota por el peso de la supervivencia: es capaz de quedarse profundamente dormido de pie, apoyado contra una pared, vencido por el cansancio físico de un cuerpo que aún está creciendo en un entorno hostil.
Documentar estas historias humanas en Sierra Leona es, sin duda, la parte más dura y a la vez más valiosa de mi viaje en bicicleta por el mundo. Joseph es el vivo ejemplo de la resiliencia africana. Un niño abandonado por el destino que, sin embargo, sueña con tizas, pizarras y un plato de arroz, mientras regala alegría a quienes le rodean. A veces, para cambiar el mundo, solo hace falta la fuerza de un niño de ocho años que se niega a rendirse.
La lección de Port Loko.
Pasar tres días en el orfanato de Port Loko me demostró que, a menudo, quienes menos tienen son los que nos dan las mayores lecciones de dignidad y vida. Joseph sueña con ser profesor y educar a las próximas generaciones de su país, recordándonos el poder transformador de la esperanza.
Estas crónicas cobran todo su sentido cuando abrimos debates reales sobre las realidades que a veces preferimos no mirar. ¿Cómo crees que podemos, desde la distancia o el conocimiento de estas realidades, apoyar el futuro de niños como Joseph? ¡Gracias por pedalear a mi lado!









