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La fuerza de un deseo: Mi encuentro con Oishi en el desierto de Thar | Rajasthan, India

  • Foto del escritor: Joseba Etxebarria
    Joseba Etxebarria
  • 30 sept 2020
  • 7 min de lectura

Actualizado: 28 may


Había visitado La India en varias ocasiones, pero esta iba a ser mi primera vez en el Estado de Rajasthan. Lo haría montado sobre una bicicleta cargada hasta la saciedad, con doce dólares en el bolsillo y, como siempre, la pasión y el deber por bandera. Tan solo hacía cinco meses que había iniciado la vuelta al mundo, lo que me convertía en un auténtico novato en este universo del "ciclo-nomadismo", pero la intuición me decía que debía adentrarme en el mágico desierto de Thar. Y acertó. El desierto me regaló a Oishi. Oishi: 13 años de edad. Rajasthan, La India.


Oishi | India
Años después sigues empujándome en los momentos difíciles

Era octubre de 2010 y hacía tres semanas que había aterrizado en La India. Volaba "por obligación" desde Estambul, después de que el personal de la embajada de Irán en Ankara me informara de que las fronteras terrestres de Pakistán se encontraban cerradas por orden gubernamental. La Embajada de Siria me había negado el visado, y eso que mi solicitud iba acompañada de una carta de recomendación de la Embajada de España; la misma que me había desaconsejado continuar mi viaje por Armenia, Georgia, Kazajistán, Uzbekistán y Tayikistán porque el invierno se me echaría encima con graves repercusiones.


Rumbo a las puertas del Thar, en Rajasthan.


Después de unos días callejeando por la vieja Delhi, salí rumbo al fascinante, caliente, extenso y árido desierto de Thar. Seguía adelante con el proyecto personal que me animaba, día tras día: la recogida de los trescientos sueños en forma de dibujos que me había propuesto cargar en la bicicleta durante la primera parte de mi periplo alrededor del mundo. Si la responsabilidad de cargar con las ilusiones de todos esos niños y niñas era, cuanto menos, excitante, el descubrir, fotografiar y compartir cientos de historias humanas hacía que todo el desgaste, el hambre, el frío y el calor merecieran la pena.


Tras varios días de pedaleo por las caóticas carreteras del norte de India, alternando pistas con asfalto, llegué a la mágica ciudad de Bikaner. Estábamos a las puertas del desierto y los nervios controlados comenzaban a aflorar. El Thar iba a ser el primero de los tres desiertos que atravesaría durante mis primeros cuatro años de viaje.


Allí, en Bikaner, conocí a Ujual, un chico de veintidós años que se acercó a mí con respeto pero con las pupilas como platos al verme sobre semejante bicicleta. Acababa de entrar en la ciudad y era la primera y única parada que realizaba. Ujual, fiel a la hospitalidad india, me invitó a su casa para conocer a su familia. Con ellos pasé tres maravillosos pero agotadores días en los que visité dos escuelas y la estación de tren. Incluso me dio tiempo a callejear junto a él por la zona vieja de la ciudad, descubriendo los entresijos de la vida local.


Adentrándome en la inmensidad del desierto.


Siempre intentaba recoger los dibujos en las zonas más alejadas, esas a las que a buen seguro nadie se desviaría para hacerlo, y menos aún montado en una bicicleta. Así que salí de Bikaner con la esperanza de poder acercarme lo máximo posible a la frontera con Pakistán, pero con la certeza de que, en algún momento, podría volver a tomar la carretera nacional que me llevara a Jaisalmer. Ujual me había ayudado a preparar la ruta para los siguientes días, sin dejar de insistir en que lo que pretendía hacer era una locura. Pero uno de los componentes de la aventura es la adrenalina, y yo, en esos momentos, estaba sobrado de ella.


De Kalasar hasta Akasar para enlazar la carretera 37 hasta Kolayat, donde sabía que podía hacer la primera parada. Sabía que a pocos kilómetros iba a atravesar un canal donde podría cargar agua. Seguí por la 37 hacia Goru y de ahí hasta el cruce de Ranjeetpura. Me encontraba justo en el eje de la frontera pakistaní y el canal de agua, así que en cierta medida estaba tranquilo. De ahí en adelante quedaría en manos de las almas que encontrara en el camino. El monzón había pasado y no tendría problemas en ese sentido, pero el sol atizaba con fuerza. La siguiente parada sería en Radhakisthan, donde esperaba poder pasar la noche.


El desierto es mi lugar preferido de entre todos los rincones que he tenido la suerte de pisar a lo largo y ancho de este maravilloso planeta. Ahí estás tú contigo mismo. Nada te distrae. El intento de engaño no sirve de nada. El ego no te va a salvar; más bien todo lo contrario. Estás tú, tu motivación y la energía que hayas reservado previamente. La más mínima ingenuidad te pasa factura, de las caras y con propina. Ahí el aire te seca las neuronas.


Un oasis humano en Raichandwala.


Me había quedado sin agua. Calculaba que llevaba más de dos horas sin mojar el reseco paladar y la preocupación era real. Sabía más o menos dónde me encontraba, pero no tenía ni idea de cuándo iba a encontrar a alguien. En esos momentos me acordaba de las historias que varios amigos subsaharianos me habían contado en España antes de iniciar mi viaje: odiseas sufridas para llegar a alcanzar la inhumana valla que separa África de España.


Fue entonces, mientras pedaleaba la complicada zona de Raichandwala, cuando conocí a la joven Oishi, protagonista de esta historia y responsable directa a la hora de aupar mi motivación en los muchos y difíciles momentos que llegarían durante el resto de mi viaje.


La preocupación estaba en uno de los puntos más altos cuando, a lo lejos, en el lateral izquierdo, intuí una construcción que se convertía en realidad según avanzaba. No era ningún espejismo. La casa era pequeña y la arena se había apropiado de una gran parte de ella. No vi a nadie, pero obviamente paré. No había puerta de entrada y accedí saludando en voz alta. Un gran cántaro de agua, medio lleno, formaba parte de la sencilla decoración. Salí para coger los cinco botes que cargaba sin líquido y, en ese momento, llegaron Mota y Khiraj, dos hermanos.


Aún no había llenado el primer bote cuando les pedí permiso para continuar con los otros cuatro. Mota se acercó para ayudarme mientras Khiraj examinaba la bicicleta, sin llegar a creer lo que sus ojos veían. A los pocos minutos llegó Babu, el padre, con un cántaro enmohecido de varios colores cargado sobre su hombro. El sudor del hombre delataba que había caminado mucho tiempo con el agua a sus espaldas, lo que le daba aún más valor. Me obligaron a descansar y acepté.


Si algo me han enseñado mis viajes es que la vida siempre te indica dónde está la línea roja. Es el ego y tu control sobre este quien te hará cruzarla o no.


El dolor frente a la ilusión de un sueño.


Aproveché el descanso para ofrecerles a Mota y Khiraj la posibilidad de dibujar su sueño. En Delhi habían publicado en el periódico un reportaje sobre mi viaje y lo cargaba en la bicicleta como medio para que la gente entendiera la razón de mi ruta. Se lo entregué al padre, pero ninguno sabía leer. Fue cuando saqué el resto de dibujos que otros menores me habían entregado hasta ese día cuando entendieron mi propuesta. Les entregué dos cartulinas en blanco y extendí las pinturas sobre un camastro que había en la entrada. Pronto comenzaron a dar color al papel. Mientras, Babu me indicaba sobre el mapa la ruta hacia Jaisalmer, mirándome a los ojos con cierta preocupación.


En ese momento, vi a lo lejos a alguien que se acercaba desde una zona de pequeños arbustos. Era Oishi.


Llegaba con los dedos de las manos distanciados entre sí, como si algo les impidiera unirse, y una increíble luz en sus ojos. Se trataba de una buena amiga de los hermanos. Al entrar en la casa y ver todos aquellos colores desplegados, sus ojos se cargaron de una inocente ilusión: ella también quería dibujar. Saqué una nueva cartulina y, sin apenas tiempo para entregársela, giró sus manos mostrándome las palmas.


Sus dedos estaban completamente hinchados y amarillos. Tenía más de quince grandes pinchos clavados, lo que le había provocado una importante infección. El dolor era tal que ni siquiera los dedos podían tocarse entre sí. Babu me explicó que Oishi trabajaba extrayendo de la arena, a mano, los arbustos espinosos que se veían frente a la casa. Trabajaba junto a sus padres, a quienes conocí poco después.


Por aquellas fechas, cargaba dos pequeños botiquines en la bicicleta. Del primero saqué un cúter, unas pinzas, betadine y algodón. Los pinchos llevaban tiempo clavados y la piel los había cubierto por completo. Conseguí extraerle el primero haciendo un pequeño corte, pero al segundo intento Oishi me pidió que lo dejara. Mientras le limpiaba la herida, la pequeña no dejaba de mirar a sus amigos y a las pinturas.


Para Oishi, la ilusión de trazar su sueño sobre el papel era mucho más importante que el dolor que sentía al tener los lápices entre sus dedos. Intenté retirarle la cartulina en dos ocasiones al ver el sufrimiento en su rostro, pero no hubo forma. Sus ojos mostraban un dolor real, pero también una determinación inquebrantable. Ella sabía mejor que nadie dónde estaba su línea roja y si debía cruzarla o no. ¿Quién era yo para ponerle límites?


Una hora y media después, Oishi se acercó a mí ofreciéndome su dibujo, acompañado de una mirada cargada de humildad, ilusión y plena satisfacción. ¡Qué lección!


Decidí no pasar la noche allí porque tenía la certeza de que, por la mañana, me costaría una barbaridad despedirme de ellos, especialmente de la pequeña Oishi.


Oishi - India
Agradecido de habernos cruzado en el camino.


Historias que transforman el camino.


A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza y la dignidad de la pequeña Oishi es un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo.


El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber qué te ha transmitido esta historia. ¿Qué reflexiones te despierta la increíble determinación de Oishi frente a su realidad?


¡Gracias por formar parte de este viaje humano!


 
 

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