Tengo un amigo de Bilbao: Diario de una vuelta al mundo en bicicleta | Marruecos
- Joseba Etxebarria

- 28 feb 2019
- 12 min de lectura
Actualizado: hace 4 días
Diario de viaje en bicicleta.
Miro a un lado y veo el último perfil de la península; miro al otro y el contorno de las montañas me indica la entrada a un continente que terminará por transformarme a golpe de esfuerzo. Son muchas las ganas que tengo de descubrir el país vecino y mis ansias aceleran el ritmo del pedaleo en estas primeras horas en Marruecos.
—Tranquilo, compañero— me quiere decir mi ya buena amiga Libertad con un nuevo pinchazo.
Tan solo es el primero en África y el número treinta y cuatro de nuestro periplo por el mundo. Está claro que los dos días que Maravilla y la novata pasaron juntas sirvieron de algo. —Tenemos el resto de la vida por delante y Mohamed nos está esperando— me aclara.

El nuevo samaritano, como buen musulmán, se acerca al intuir problemas en la bicicleta del visitante.
—¿Has pinchado? —pregunta en un claro español.
Mohamed ha trabajado, como otros muchos compatriotas suyos, en el país que un día cumplió con su sueño de recibir una oportunidad para sacar adelante a su familia a base de esfuerzo. Se movió por Galicia, Asturias y La Rioja recogiendo uva, siendo esta última la tierra que aún lleva en el corazón.
—Veo que vas bien preparado —me dice al ver todo el despliegue de material esparcido en su terreno—. Te queda una buena subida, la última antes de llegar a Tánger, y se te va a echar la noche encima. Así que, si quieres, puedes quedarte aquí mismo. La semana pasada acampó en este lugar un inglés que regresaba del Sáhara.
Antes de reparar la rueda trasera, mi primer amigo en el país magrebí ya se había presentado con una gran torta de pan horneado por su mujer, mantequilla también de la casa y queso trabajado con sus ya cansadas manos. Todo ello acompañado por lo que sería, a partir de ese momento, la generosa excusa de un gran pueblo para abrir las puertas de sus hogares a un blanquito que viaja cargado: un té. Fue mi primera noche con la tierra africana bajo mi espalda, con vistas al estrecho de Gibraltar y en buena compañía. Mis primeras clases de árabe. De momento, no puedo pedir más.

El viento del Atlántico y el dilema del visado.
La entrada en Tánger supuso el asedio al “turista”: “¿Un hotel barato? ¿Quieres comer bueno? ¿Me das un euro?”. Así que nuestro paso por la ciudad norteña duró menos que una gominola en la puerta de un colegio.
A veintidós kilómetros de Larache, y sin pegar ojo en toda la noche, me veo obligado a desmontar mi jaima en plena ventisca si no quiero terminar haciendo parapente en el Atlas. Antes de que amanezca ya estamos pedaleando cuesta arriba, empapados y ante la atenta mirada de los madrugadores vendedores de fruta que se reparten los metros de asfalto.
Marruecos siempre ha estado en mi agenda fotográfica pero, sin saber aún muy bien el motivo, nunca se había ganado la prioridad que sí habían conseguido otros territorios. La ruta atlántica es la que había preparado para avanzar debido al gran peso que mi compañera carga. Sin embargo, en los primeros días ya me estaba arrepintiendo de no haber entrado en el Atlas, convencido de que allí podía descubrir la otra versión de esta tierra y comenzar a trabajar en serio. Son muchas las grandes autocaravanas europeas —en su mayoría antipáticos y maleducados franceses con aires de superioridad— las que me cruzo o me adelantan en la ventosa carretera, y eso, para un viajero que busca relaciones humanas y tranquilidad, nunca es bueno. Menos aún bonito. Pero pronto llegaríamos a Rabat y una sonriente policía sería la encargada de levantarme el ánimo. Con ella llegaron dos bonitos días y la tranquilidad hasta la frontera con Mauritania.

Mi intención era entrar en Rabat para, de cabeza, acudir al consulado español a informarme sobre la posibilidad de sacar el visado mauritano en la misma frontera. Y así lo hice. Pablo, Pablete para los amigos, realizó una excelente gestión por teléfono con su colega encargado de los visados del próximo país que visitamos. Después de un buen rato de charla, me confirma lo que sospechaba:
—Me dicen de la embajada de Mauritania que es imposible sacarlo en la frontera, debes hacerlo aquí en Rabat sí o sí— termina diciéndome mientras mira de reojo y con ganas la portada de nuestro blog en la pantalla de su ordenador—. Importante lo que estás haciendo, Joseba. Cuídate mucho y suerte— sentencia.

Antes de emprender esta segunda parte del viaje, y entre la mucha información sacada de internet, me constaba que varios ciclistas habían arriesgado a sacar el visado en la frontera mauritana y habían conseguido entrar. Y yo no estoy menos loco. Como avanzo con calma y con una causa de peso, decidí que exprimiría al máximo el tiempo que me permita el visado de cada país. Por norma general, estos comienzan a contar desde el momento en que te lo pegan en el pasaporte, no cuando te ponen el sello de entrada en la frontera. Yo acababa de entrar en Marruecos hacía pocos días y aún me restaban muchos por delante. Esto quería decir que si sacaba el visado en Rabat, para cuando llegara a la complicada frontera mauritana, este habría caducado y tendría que pelearme con las autoridades locales para pagar de nuevo. No quedaba otra: arriesgaba y salía de Rabat sin el visado en la mano. Al fin y a la postre, la aventura también forma parte de este diario de viaje en bicicleta.
Pero no, las cosas pueden cambiar en décimas de segundo…

Un encuentro providencial a la salida de Rabat.
—Hola, ¿hablas español?— le pregunto a una policía a la salida de Rabat. —Hola. Lo hablo un poco— me responde. —¿Por dónde voy mejor para coger la carretera de la costa?, no la nacional— le vuelvo a preguntar, aún con el gusanillo en el cuerpo por la aventura que nos espera. —Puedes seguir por aquí a la izquierda, pero tienes que callejear bastante y te va a ser complicado llegar. O puedes retroceder y llegar directamente por una avenida.
Por su insistencia en la segunda opción, me queda claro que no quiere que ande dando tumbos por la capital.
—¿De dónde vienes y a dónde vas?— me pregunta sin dejar de regalarme una sonrisa tras otra. —Los policías aquí en Marruecos, la verdad, sois bastante simpáticos— le digo con sinceridad. —Muchas gracias— me devuelve junto a una nueva sonrisa. —Soy de Bilbao y estoy dando un paseo en bicicleta por el mundo. —¡Yo tengo un amigo que también es de Bilbao!— me suelta toda orgullosa.
Es tarde y el sol se va a esconder en un par de horas, así que su aclaración pone en funcionamiento todos mis sentidos. Antes de que pueda pestañear por cuarta vez, la impoluta funcionaria ya había llamado desde su móvil a Juan, el bilbaíno. Me pasa el teléfono, hablo con el nuevo anfitrión dos minutos y quedo con él en la puerta del consulado español, hasta donde se desplaza en taxi desde bien lejos.

—¿Hay alguna forma de que nos podamos ver luego otra vez?— le pregunto a Zineb con mi pie izquierdo ya sobre el pedal. —Juan es vecino mío y es como de la familia. Luego nos vemos, sí— termina diciéndome.
El de Ondárroa —que no de Bilbao— es un tío grande en todos los sentidos. Sufrido pescador de altura desde los doce años, de manos trabajadas y corazón limpio. De esos que se ven con frecuencia en la tierra donde uno nació.
—Joder, te he visto de lejos y sabía que eras tú —le digo más contento que unas pascuas.
Caminando y con una sonrisa de oreja a oreja, nos dirigimos hacia su casa.
—¡Qué bien me está tratando mi buena amiga la vida en este viaje! Me presenta a los mejores— le comento.
—Un placer conocerte, compañero. Aún no eres consciente del favor que me estás haciendo— me responde él mientras subimos y bajamos los descascarillados bordillos esquivando a los locos taxistas.

En casa nos abre la puerta Saïda, la joven mujer de Juan que le mima tal y como merece. Y a la inversa. A partir de aquí, todo son insistencias para hacerme sentir como en casa: “Come más. Saca toda la ropa que necesites lavar. Date una buena ducha que te vendrá bien. Sigue comiendo. Siéntate y descansa…”. Hasta que llega el momento en que Juan me ofrece quedarme un día más.
—Puedes quedarte mañana también y Saïda te acompaña a la embajada de Mauritania para sacar el visado.
«Amigo mío, si no tenías ya ganada una plaza en el cielo, seguro que esto te abre las puertas de una suite en él», pienso para mis adentros. ¡Asunto solucionado! La sonrisa de la joven policía no solo me cautivó, sino que consiguió que el resto de mis días en su tierra no los utilizara para pensar en si tendría que convencer a los guardias de la frontera para poder entrar.
—Libertad, podemos pedalear tranquilos.
Y hablando de la siempre risueña amiga, el timbre suena. Una nueva sonrisa se me despliega en la cara.
—Vamos todos a cenar a mi casa, con mi familia— nos invita Zineb después de pasar un ratillo de lo más agradable en el salón.
Si hay algo que realmente me apasiona de esta aventura que vivimos desde hace más de quinientos días, es fundirme con las familias y descubrir su día a día desde dentro de su hogar. Como fotógrafo, mis ojos no pierden detalle en esos casos y, aunque no entienda ni papa de su idioma, siento cada instante con la misma ilusión que un niño cuando toca la bocina que Libertad porta en uno de sus brazos. ¡Soy un privilegiado!
En casa nos esperaban Jalit, el bonachón padre de Zineb, y sus hermanas Sofía y la cumpleañera Jaticha. Saïda, la mamá, estaba en Casablanca cuidando de la abuela enferma esos días. Un verdadero regalo vivir este tipo de momentos.

Por la mañana, Saïda consigue con su traducción que el funcionario de la ventanilla de la embajada— esos que casi siempre son antipáticos y que, si no les entras por el ojo, intentan que tu viaje muera ahí mismo— me entregue el pasaporte unas horas más tarde. Ahí estaba, con el visado bien pegado en una de las páginas, con fecha de entrada para el veinticinco de abril y de salida tres meses después. Esto quiere decir que, si todo va bien, podremos pedalear un mes y medio por Mauritania en busca de retratos e historias para intentar hacer algo por cambiarlas a mejor. Bien por Zineb, Juan, Saïda, Jalit, Sofía, Jaticha y la otra Saïda; la mamá que trajo a las tres. Se os quiere, familia.
Recuerdo que cuando conocí a Juan, sus primeras palabras fueron: “¡Tú estás loco!”. Y en la cena del segundo día en su hogar, me dijo: “Eres la persona más sorprendente que he conocido en mi vida, entre otras cosas porque viajas por el mundo sin hablar prácticamente idiomas. Y sigues adelante”. Pues sí, amigo mío, pero el mérito es de las personas que habitan este maravilloso planeta, que me animan, empujan y hacen lo posible para que consiga llevar sus vivencias a otros. Y por la mañana, continuamos rumbo al Sáhara Occidental…

Kilómetros de hospitalidad y un susto en la ruta.
Mohammedia, Casablanca, El Jadida… Un susto en la noche al salir de mi jaima para cambiar de agua al canario… Safi y Essaouira. Vemos los primeros camellos. Zineb me pregunta en un mensaje si no he encontrado más gente buena por el camino. Hussein me regala tres huevos, tres tomates, una cebolla y algo de aceite. Azoz, Jaafr, Mjid, Abd Rahmam, Abd Rahim y Mohmad, unos obreros de la construcción, me invitan a almorzar pan con aceite junto a ellos. Duermo debajo de un increíble árbol después de intentar charlar con un pastor de cabras.
Llegamos a los veinticinco mil kilómetros pedaleados. Seguimos tragándonos todo el viento frontal que campea a sus anchas por Marruecos. Continúo con hambre hasta que el bueno de Lahcen Taouil me acoge en su hogar y me la sacia.
Y por fin, en una parada a cubierto por los nubarrones que se nos venían encima, una sonriente pequeñaja se nos acerca para saludar. No hablamos el mismo idioma. Es más, no nos entendemos un carajo, pero la continua sonrisa en su rostro me contagia y nos fundimos en una charla silenciosa. Un breve momento, sumamente emotivo, que me invita a abrazarla como si fuera mi pequeña.
Atma Itmet (6) me recuerda, con su sonrisa contagiosa y su simpatía angelical, a mi ahijada Miranda, esa pequeña que tanto adoro. Así que, por su simpatía, porque la vida así lo quiere y porque yo también lo deseo le entrego a mi nueva amiga el primer muñecote que Libertad carga en sus alforjas. La bonachona de Blanca los creó y la familia de Un lápiz, un dibujo me los entregó para hacer felices por un breve momento a un puñado de pequeños. El que teníamos destinado para alguien en Marruecos ya tiene dueña. La cara de asombro de Atma Itmet al ver semejante grupo de juguetes desplegado sobre una vieja piedra de molino y poder elegir uno me acompañará, a buen seguro, durante muchos kilómetros en esta apasionante aventura. ¡Hasta siempre, amiga mía!

Y pasamos Tamri, donde los frenos de disco comienzan a darme quebraderos de cabeza. Y llega Brahim con su té, un bocadillo de crema de cacahuete y su casa construida en la tierra que sus abuelos le dejaron, derribada ahora por la policía y el ejército. Y Fátima, una pequeña de diez años sin madre y con su historia de maltrato diario por parte de su padre. Aparece Amhl, que me abre las puertas de su hogar por una noche, y sus compañeros de trabajo con no sé cuántos tés. Y los bereberes Okmane, Said y Abdellah, siempre hospitalarios, se dejan querer en un pequeño y precioso pueblo un tanto desviado de nuestra ruta. Continúo retratando a la gente y grabando vídeos.

Y llega El Hanafi, un sabio personaje de corazón abierto que trabajó por unos años en Canarias y habla un perfecto español. Nos recibe con sus tés, quesitos en porciones, pan y tres huevos fritos que me lanzan varios kilómetros contra el siempre agotador viento frontal.
—Vas a encontrar muchas jaimas de aquí en adelante y siempre vas a ser bien recibido en ellas— me dice en la despedida después de aprovisionarme bien de agua de lluvia para el camino.

Tensión en la carretera: Cara a cara con el peligro.
Y llega uno de esos momentos que nadie desea, salvo los del otro bando… Hacía unos cuantos kilómetros que habíamos dejado a El Hanafi en su desgastado pero limpio café de carretera. Pedaleamos en medio de la nada bajo un sol que muchos veraneantes europeos desearían para su piel.

No había pasado mucho tiempo cuando una destartalada furgoneta nos adelanta tan despacio que me da tiempo a ver cómo uno de sus dos ocupantes, el copiloto, fija su mirada en la cámara de vídeo que llevamos a la vista y con la que Libertad graba sus tomas en ruta. Puedo intuir cómo se relame el protagonista en cuestión. La furgoneta para unos metros más adelante, los suficientes para darme tiempo a pensar rápidamente y ponerme en alerta.
El copiloto, ya en tierra, me cierra el paso. Tengo dos opciones: parar unos metros detrás de ellos, bajarme de la bicicleta y prepararme para el momento, o intentar esquivar al iluso y jamás futurible reportero gráfico. Opto por la primera. Me paro unos metros por detrás y espero a que lleguen, inclinado sobre mi compañera de ruta y con el brazo derecho apoyado en el sillín, pero con la mano libre para enganchar, llegado el caso, la barra que llevo en el lateral. El conductor, al que hasta entonces no había visto, tiene más pinta de gitano trapicheador que de marroquí. Un tipo sucio de ropa y de mirada.
Sin presentación alguna, me dice que les dé la cámara de vídeo, la linterna que hasta ese día llevábamos siempre en el manillar por la falta de luz en los túneles y el teléfono móvil que suponían que llevaba encima.
—Ni la una, ni la otra, ni el otro os vais a llevar— les digo en un clarísimo español.
El tipo echa la mano a la cámara. Un rápido manotazo que sorprende a los dos es suficiente para darme tiempo a sacar la barra extensible que me regaló Sam en China.
—Soy un serio problema para vosotros— les espeto en un tono que, sin llegar a entender el idioma, sí comprenden al ver lo que les propongo.
Veo cómo el otro mira la linterna y busca la forma de dar el tirón, pero está bien enganchada al manillar.
—No te la vas a llevar— insisto.
Creo que a todos nos ha tocado en alguna ocasión regalar a otro una de esas miradas que lo dicen todo. Pues al de mirada sucia le tocó recibir la mía. Y la entendió a la perfección, porque se dio la vuelta, se montó en su destartalada furgoneta y se marcharon rumbo a no sé dónde. Tema zanjado.
Libertad, la novata, ya ha dejado de serlo.

Seguimos rumbo a Tan-Tan, última ciudad marroquí fuera de los territorios ocupados del Sáhara.
El domingo catorce de abril, a las nueve menos diez de la mañana, entramos en el Sáhara Occidental.
Pero eso es otra historia.
Historias que transforman el camino.
A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza, la hospitalidad y la dignidad de las gentes que encuentro en la ruta son un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo.
El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. ¿Qué te ha transmitido esta historia? ¿Qué reflexiones te despierta la increíble hospitalidad de Hassan, Mohamed o Brahim frente a sus propias realidades? ¡Gracias por formar parte de este viaje humano!








