El precio de la Libertad: Mi último interrogatorio por terrorismo en Sierra Leona
- Joseba Etxebarria

- 16 ene 2019
- 7 min de lectura
Actualizado: 2 jun
Y conseguí entrar en Liberia, sí, pero para ello tuve que sufrir la humillación de otros.
Tenía pensado salir del centro Don Bosco, del que es responsable mi amigo Ubaldino, a primera hora de la mañana. Sin embargo, decidí retrasar la partida y dar prioridad a escribir en el blog lo que había sucedido en mi primer intento de abandonar Freetown, ya con el visado de Liberia en mi pasaporte. Había dado mi palabra al “boss” y a varios oficiales de que haría saber al mundo los métodos que utiliza la policía en esta ciudad, y no podía fallar.
En medio del breve escrito me avisaron de que una persona del consulado español me esperaba al final del largo pasillo. Mr. Arnold, como se presentó, era un sierraleonés de la ciudad de Bo que ejercía como representante del consulado. Hablaba un perfecto inglés pero ni una sola palabra de español, lo que me sorprendió bastante. Sentado en uno de los sofás junto a Tomás, un misionero indio del centro, escuchó mi frustración:
—Hoy no me hacéis falta— le dejé claro con rabia—. Fue ayer, cuando iniciaron este absurdo interrogatorio por terrorismo, cuando os necesité. No hoy— zanjé.
—Cuando entraste en Sierra Leona tenías que habernos llamado para informarnos de que estabas en el país— fue su única respuesta. Minutos después me entregó un papel de no más de ocho centímetros, cortado y escrito a mano, con dos teléfonos a los que llamar en caso de un nuevo problema.
Haciendo el mínimo ruido para no despertar a quienes me habían tendido la mano durante la semana, abandoné el centro y puse rumbo a la comisaría central. Quería recoger el escrito oficial que la víspera le había solicitado a Samuel Kargbo (D/ Supt. de C.I.D.), el jefe de la sección.
Al llegar, los despachos de los oficiales estaban cerrados, pero no el suyo. Toqué la puerta y su vaga voz me dio permiso para entrar.
—Buenos días— le dediqué con respeto pero sin ninguna gana. —Vengo a recoger el escrito que os solicité ayer—.
—No lo han preparado y no lo puedo firmar. La gente ha salido a comer y yo no lo voy a escribir— soltó con desgana.
Me percaté de cómo se las gastaban algunos caraduras en esa comisaría. Al ver que se tumbaba de nuevo en el sofá, salí de allí cerrando la puerta, no sin antes guardarme un papel donde anotó su nombre, cargo y un número de teléfono que, por desgracia, usaría en varias ocasiones en la ruta hacia Liberia.
La avería de Libertad y la paranoia policial.
Me había quedado claro que las autoridades en Sierra Leona estaban en alerta máxima y que cualquier “intruso” con un tono de piel más claro que el de ellos podía convertirse en sospechoso en décimas de segundo. Decidí empujar a mi compañera por las calles menos transitadas, aquellas donde los sabuesos policiales no buscaran víctimas fáciles. La idea evitó un nuevo arresto, pero el rodeo me retrasó considerablemente. Es imposible camuflarse: un blanco con semejante bicicleta por las estrechas callejuelas de una ciudad masificada siempre es el centro de todas las miradas.
Casi tres horas y media más tarde logré salir de aquella maldita capital. Libertad seguía cargando con el material necesario para el proyecto, ni un gramo más, pero yo le endosé una buena "kilada" extra. Me había echado encima un amasijo de rabia, incertidumbre y desconfianza que sabía me acompañaría durante muchos kilómetros. Tenía que encontrar la fórmula para sustituir esos innecesarios kilos por gramos de esperanza. Complicada tarea en una bicicleta y con casi seiscientos kilómetros por delante hasta el siguiente respiro.
Para colmo, mi compañera había enfermado seriamente tras los duros días de pedaleo por los caminos del noreste. Aquellas pendientes empedradas, los ríos y los lodazales que cubrían mis rodillas habían deteriorado los rodamientos. Los ruidos en la parte trasera me lo advertían y, pocos kilómetros antes de entrar en Waterloo, mi infatigable amiga se vino abajo en el peor momento. Parado a un lado del asfalto, con la desesperación como bandera, miré al cielo:
—¿Qué estoy haciendo mal?— grité con la cabeza alta.
A mi derecha, un grupo de jóvenes observaba mi reproche en silencio, inmóviles. Fue la primera vez que agradecí la impasibilidad de alguien en este país. En ese instante, una motocicleta se detuvo.
—¿Tienes algún problema?— me preguntó un sargento llamado Francis, vestido con traje de camuflaje.

—Big problem, friend— le respondí, conteniendo el aliento—. Mi bicicleta se ha roto y no puedo pedalear.
—Voy al pueblo y regreso con un mecánico— respondió, y se marchó como alma que lleva el diablo.
No habían pasado cinco minutos cuando vi acercarse desde el otro lado de la carretera a otro policía, este caminando y con un arma larga colgada del hombro. Sin pedirme el pasaporte ni mediar palabra, fue directo al grano:
—Tienes que acompañarme a la comisaría para hacerte un examen de seguridad—.
—Me han retenido ya varias veces en Freetown y me han revisado de arriba a abajo. Todo está en regla. Por favor, mi bicicleta está rota— le respondí con nerviosismo, ofreciéndole el papel con el teléfono de Samuel Kargbo. De nada sirvió.
Estábamos inmersos en un tenso tira y afloja cuando, por fortuna, Francis regresó con el mecánico. El sargento intercedió de inmediato, ordenando al policía armado que se retirara: “Este hombre tiene un grave problema y le vamos a ayudar. Sé que tiene todo en regla”. Francis me pidió que lo esperara en el primer cruce tras pasar el puente, pero tras una hora de tensa espera en un punto estratégico, el sargento no aparecía y el policía hostil regresó con refuerzos para arrastrarme a la comisaría de Waterloo.
Allí comenzó otro absurdo escrutinio donde el sargento al mando llegó a preguntarme si mi nacionalidad era coreana. Tras una llamada tensa a Samuel Kargbo, me dejaron "libre". Al salir, Francis me tocó la espalda y me tendió la mano con culpa: “Te estaba esperando en el otro extremo del cruce”, se justificó. Acepté su ayuda y caminamos hacia el taller de su amigo Joseph, quien con martillo en mano fabricó una arandela artesanal para los rodamientos traseros. Duraría poco, lo sabía, pero me permitió volver a montar y pedalear como un loco para salir de allí.
Humillación en el cuarto oscuro de Joru: Un nuevo interrogatorio por terrorismo.
Los días pasaban en un silencio absoluto. Solo hablaba al atardecer para solicitar permiso para acampar dentro de las escuelas y librarme de las trombas de agua nocturnas. Mi sonrisa se había transformado en desconfianza. Waterloo, Masiaka, Yonibana, Bo, Blama y Kenema quedaron atrás con mi cámara de fotos prácticamente apagada; no tenía intenciones de escuchar a nadie.
A duras penas llegamos a Joru, adentrándonos en una intratable pista enfangada donde los camiones quedaban atrapados durante días. Se estaba cociendo el verdadero motivo de este escrito. Podía olerlo.



Al llegar a un puesto de control en mitad de la nada, me esperaban casi media docena de agentes. Unos uniformados y otros de paisano. Tipos aburridos en un puesto remoto que vieron en un ciclista extranjero la oportunidad perfecta para ejercer su impunidad y divertirse a mi costa. El pretexto, cómo no, era el protocolo antiterrorista dictado por su gobierno.
—Te vamos a hacer un interrogatorio por terrorismo además de un chequeo completo a tu equipaje— me aclaró el oficial al cargo.
Me obligaron a meter todo el material en una pequeña habitación trasera para ocultarlo de las miradas de la pista. Dentro no había luz; solo una vieja mesa, una silla, una moto rota y una linterna china colocada de pie sobre el tablón, proyectando sombras siniestras en el techo que convertían la escena en algo realmente macabro.
Tras tres horas de registro minucioso donde revisaron hasta la jabonera sin encontrar absolutamente nada, la frustración de los agentes se transformó en hostilidad.
—¡Desnúdate!— me ordenó el oficial.
Me quité la ropa bajo la atenta mirada de los seis individuos apoltronados en las sombras. Después de otra serie de hostiles preguntas, el oficial me pidió que diera una vuelta sobre mí mismo y me agachara. Filtré la humillación con sarcasmo: “You’re crazy”, les dije.
Fue entonces cuando el más chulo de todos, un agente joven de paisano, quiso quebrarme por completo. Se levantó de la silla, se colocó a mi lado y, con una sangre fría espantosa, apagó su cigarrillo encendido directamente sobre el empeine de mi pie derecho.
El dolor fue agudo, abrasador. Sostuve la mirada, filtré la quemadura durante unos segundos eternos para ponerme completamente de pie, y le dije al oído con una voz que le heló la sangre:
—Como me vuelvas a tocar, te mato—.
Se lo dije en un perfecto español, pero la vibración de mis palabras la entendió como si fuera su propia lengua. Se sentó de golpe, intimidado. Miré al sargento a los ojos, me di la vuelta, recogí mi ropa de la mesa que había detrás mío y salí de aquella habitación completamente desnudo, sin que nadie se atreviera a respirar. En el porche me vestí, pinché la ampolla que se había formado en mi empeine, cargué las alforjas en Libertad y salí cojeando de la comisaría en mitad de la noche más oscura de mis días en Sierra Leona. Mostrando el dedo corazón al viento, me alejé de la vista de aquella gente para adentrarme, sin prisa, en aquél oscuro camino hacia no sabía donde.
Aquella noche no llovió, pero tampoco dormí. La pasé en vela, intentando convencerme de que el ser humano aún merecía la pena y buscando las fuerzas necesarias para pedalear los últimos kilómetros hasta la frontera de Liberia.



La dualidad del camino.
El viaje nos expone a lo mejor del ser humano, pero también a la cara más oscura del abuso y la impunidad. Mantener intacto el propósito de luchar por los derechos de los más vulnerables se vuelve una tarea titánica cuando el propio camino te golpea con tanta crueldad.
Esta crónica es una de las más duras de mi cuaderno de bitácora, y abrir este espacio de debate me ayuda a procesar lo vivido. ¿Cómo crees que se puede gestionar psicológicamente el miedo y la injusticia en mitad de una aventura en solitario? ¡Gracias por no dejarme solo en esta ruta!








