El precio de la Libertad: Mi primer interrogatorio por terrorismo en Sierra Leona
- Joseba Etxebarria

- 13 ene 2019
- 6 min de lectura
Actualizado: hace 4 días
Eran las nueve y media de la mañana cuando me despedía de Ubaldino y de otros buenos amigos en las puertas del centro Don Bosco que dirige en Freetown.
Como suele suceder en estos casos, era el momento de permitir que inmortalizaran el instante con alguna foto, de entregar y recibir abrazos sinceros. Había pasado los últimos días encerrado en una habitación, trabajando sin descanso frente a la pantalla, y ya tocaba regresar a la ruta… o eso creía yo.

No habían pasado ni cinco minutos cuando, ya encaminado hacia las afueras de Freetown rumbo a la frontera de Liberia, realicé una parada en el centro de la capital. Sin llegar a bajarme de la bicicleta, le pregunté a un policía la calle exacta que debía tomar para salir del asfixiante amasijo de gente y tráfico en el que me encontraba; mi dirección era Masiaka. Tanto él como su compañero me indicaron amablemente por dónde continuar, así que reanudé el pedaleo entre la alborotada melodía que componen las motos, los coches y las gargantas de los viandantes en esa ruidosa ciudad.
No había avanzado ni trescientos metros cuando una moto con dos individuos de paisano me adelantó y frenó en seco, obligándome a hacer lo mismo. Uno de ellos me enseñó, medio a escondidas, su placa policial e indicó que debía acompañarle de inmediato a la comisaría que quedaba a nuestras espaldas, junto a una pequeña rotonda con una torre de cuatro grandes relojes.
Le pregunté el motivo de aquella "invitación", informándole de que el mismo día que llegué a la ciudad ya me habían sometido a un primer registro exhaustivo. El espigado oficial se limitó a dejarme claro que debía afrontar un nuevo chequeo para satisfacer los deseos de su “boss”.
reinta segundos bastaron para verme rodeado por cerca de ochenta personas. Entre la multitud aparecieron varios policías más que venían de refuerzo. Uno de ellos, el único fuertemente armado, se descolgó el arma del hombro con la clara intención de amedrentarme. Entre los empujones de los agentes y los gritos de los civiles que jaleaban —“¡exigidle que os enseñe los documentos!”—, me arrastraron hacia la entrada de las dependencias policiales. Nadie allí había tenido que pagar entrada para disfrutar del injustificado acoso al que fui sometido en plena calle.
El despacho oscuro y la farsa del protocolo antiterrorista: Interrogatorio.
En la parte baja de las escaleras de la recepción se presentaron varios oficiales. Uno de ellos me invitó a subir para conocer al "estrellado". Con cara de pocos amigos y sin que nadie me hubiera solicitado aún el pasaporte, el jefe me ordenó entrar a su despacho; un espacio oscuro ideal para saciar su arrogancia lejos de las miradas de los civiles de la planta baja. Es la típica forma de actuar de los corruptos en cualquier parte del mundo.
Delante caminaban el jefe y varios oficiales; detrás de mí, seis policías me empujaban escaleras arriba al ritmo de mi constante y firme “don’t touch me!”. Una vez dentro del habitáculo, al pedir una explicación formal sobre este nuevo interrogatorio por terrorismo, recibí un fuerte impacto con ambas manos en el pecho que me desplazó varios centímetros hacia atrás.
—¿Por qué?— pregunté indignado.
—Es el boss y puede hacerlo— me soltó uno de los agentes.
Éramos más de quince personas metidas en aquella habitación. En ese instante entré en un estado de clara ansiedad que, por desgracia, me acompañaría durante varios días en la ruta.
Tras exigir una y otra vez que me devolvieran el pasaporte, recibí varios golpes más y me arrastraron literalmente escaleras abajo hasta el recibidor donde se encontraba Libertad. Al llegar, vi cómo mi compañera de viaje estaba siendo "toqueteada" y registrada sin mi consentimiento por varios policías. Allí, arrodillado en el suelo, soportando las burlas de más de veinte uniformados, me vi obligado a vaciar el equipaje. Estaba empapado en sudor, agobiado y sin ninguna defensa legal, lo que disparó mi nerviosismo. Entonces llegó el turno del ordenador y mis dos discos duros externos.
—Hay que examinar ese ordenador porque ahí tiene documentos— le escuché decir a uno de los encargados del registro.
Les expliqué con paciencia el motivo de mi viaje y les aclaré que ahí solo guardaba fotografías, vídeos y las notas de mi diario de ruta, además de los datos de localización de las personas con las que convivía. No les sirvió. Me exigieron que lo encendiera y les diera acceso.
—No tengo ningún problema en mostrar lo que hay dentro, pero no lo voy a hacer si no hay presente una persona del consulado español para velar por mi seguridad. Conozco mis derechos— zanjo con firmeza.
Siguieron registrándolo todo, incluidos los botes de protección solar que mi amiga Belén me había regalado en Marbella, pero me mantuve en mis trece. No iba a ceder con el ordenador (y para colmo, ¡el cónsul español en la zona es libanés, manda narices!).
Rumbo a la comisaría central: El C.I.D. y las acusaciones de posible vínculo con Al Shabab.
Una hora más tarde, Libertad y yo fuimos escoltados como si fuera el Papa en su "papamóvil": subidos en la parte trasera de una camioneta pick-up y custodiados por dos soldados armados camino a la comisaría central de Freetown. Me notificaron que el registro informático lo llevaría a cabo el C.I.D. (Departamento de Investigación Criminal), especializado en este tipo de asuntos.
Al llegar a las mismas dependencias donde una semana atrás ya me habían retenido durante cuatro horas, uno de los oficiales me espetó desde abajo con una sonrisa burlona:
—Ya te dije que tu bicicleta te iba a traer problemas—.
Varios de los agentes me saludaron como si nos conociéramos de toda la vida; algo normal tras las interminables horas de aquel primer escrutinio profundamente racista. Ya en la planta alta, me recibió en su climatizado despacho el director del departamento, Samuel Kargbo. Con una tranquilidad pasmosa, escuchó mis palabras:
—Este es el segundo registro al que me sometéis en siete días, y ya es demasiado. Soy la misma persona y mi bicicleta carga exactamente lo mismo. No pienso encender el ordenador si no está presente un representante de mi consulado que supervise el control. Es por mi integridad física, visto lo que acaba de pasar en la otra comisaría—.
—¿Conoces a alguien en la ciudad que hable español?— me preguntó un oficial al salir del despacho.
—Sí, pero no es una autoridad legal y su presencia aquí no tiene sentido. Quiero que el consulado tenga constancia de esto. Insisto, sé cuáles son mis derechos—.
—En Sierra Leona no existen los derechos— me regaló Abdul Koroma, otro de los oficiales.
Minutos después, el bueno de Ubaldino se presentó en las dependencias y se ofreció a hacer de traductor. Fue en ese preciso instante cuando los oficiales pusieron las cartas sobre la mesa y me notificaron el motivo real de la detención: me investigan por una presunta pertenencia a la célula yihadista Al Shabab, brazo armado de Al Qaeda que opera en el cuerno de África. Según su versión, el grupo operaba captando hombres en Sierra Leona para enviarlos a combatir con los rebeldes en Somalia. Está visto que a las autoridades les encanta utilizar palabras tan serias con demasiada ligereza y muy poca justificación.
Ubaldino me comentó que acudiría en persona al consulado para informar oficialmente de mi retención. Mientras tanto, mi buen amigo José Luis Garayoa —misionero agustino recoleto y navarro de pura cepa, con quien había convivido una semana en Kamabai y por el que siento una profunda admiración— me llamó alarmado al enterarse de mi situación.
El tiempo seguía corriendo. Habían pasado horas desde que el motorista me asaltara en la rotonda y la situación seguía encallada. Nadie decía nada, nadie se movía; lo único constante eran las crueles burlas de algunos oficiales que amagaban con meterle la tijera a mi pasaporte para romperlo.
Finalmente, a las doce y media del mediodía y sin darme ningún tipo de explicación, un oficial se acercó y me dijo que podía marcharme. Eso sí, con una condición: debía regresar al día siguiente a las diez de la mañana para recoger un escrito firmado por el segundo al mando. Un salvoconducto oficial que justificara mi viaje y me otorgara permiso explícito para pedalear por el país, ya que estaba convencido de que, antes o después, volvería a toparme con problemas similares en la carretera.
Mi intuición no iba desencaminada. Aquella agobiante mañana en Freetown era tan solo el entrante de un doloroso menú de despropósitos policiales. Por delante me quedaban seiscientos kilómetros de pistas de barro, mucha tensión, y varios interrogatorios más hasta alcanzar la frontera de Liberia…


La indefensión en las fronteras.
Cuando viajas solo y te despojan de tus derechos con una frase tan demoledora como "aquí los derechos no existen", la vulnerabilidad es total. Mantener la cabeza fría para exigir amparo consular y no dejarse pisar requiere una fuerza mental tremenda.
Esta primera parte del interrogatorio refleja a la perfección cómo el abuso de poder en ocasiones se disfraza de seguridad. ¿Alguna vez te has visto en una situación de absoluta indefensión lejos de casa? ¿Cómo reaccionó tu instinto?








