Nacida para ser libre: Diario de una vuelta al mundo en bicicleta | Sáhara
- Joseba Etxebarria

- 11 abr 2019
- 15 min de lectura
Actualizado: hace 4 días
Siete menos diez de la mañana del domingo 14 de abril de 2013. Más de tres años ya de vuelta al mundo en bicicleta. Hemos entrado en el Sáhara Occidental. Seguimos compartiendo el diario de un viaje en bicicleta.

Mi idea era cruzar la línea divisoria por la tarde, pero una gran duna, a escasos cinco kilómetros de esta, se presentó invitándonos a acompañarla esa noche. Mi compañera está de acuerdo; retrasamos unas horas la entrada en la tierra que clama libertad.
Se trata de la única gran duna accesible y en forma de “L” que puede protegernos del viento. Al otro lado de la tranquila, estrecha y maltrecha carretera, hay un mar de ellas, pero están demasiado lejos y el terreno es arenoso. Toca empujar a mi compañera más de trescientos metros hasta llegar al rincón que previamente había ojeado.
Es temprano aún y ya tenemos el campamento montado. Cámaras en mano, subo hasta lo más alto de nuestra generosa amiga. Libertad se queda vigilando que nadie ronde nuestra jaima mientras observa detenidamente la ascensión. La música, como siempre en estos casos, también me acompaña. Generosa, nuestra anfitriona me regala unas impresionantes vistas desde la parte más alta de su joroba. El silencio actúa como condimento al atracón visual. Abajo, mi compañera no me pierde de vista. Hay conexión.
Este es uno de esos muchos momentos en los que uno se siente egoísta como nadie: lo tengo todo y no puedo compartirlo con aquellos que quisiera. Fotos, tomas de vídeo y memoria; podremos hacerlo un tiempo después. En nuestras alforjas tenemos arroz y media cebolla, y mientras degusto la paella típica de este viaje, Libertad espera impaciente a que le suelte prenda sobre el momento vivido arriba.
—Tenemos tiempo, amiga, ahora toca engañar un poco al estómago— le digo.

Atrapados en una tormenta de arena.
Hasta aquí, todo perfecto. Tres de la mañana y el viento cambia de dirección. Nuestra amiga, aun queriéndolo, no puede seguir protegiéndonos. La ventisca entra en la “L” por un lateral y con ella toda la arena que le cabe en las garras. La tienda se infla, dejando el espacio libre para que la tormenta atraviese la mosquitera y entre como Pedro por su casa. En pocos segundos se forma una nube en el interior que me obliga a anudarme la funda de la colchoneta en la cabeza, ya que es imposible respirar sin ella.
Salgo rápidamente para quitarle a Libertad la funda de plástico que, al inflarse como la tienda, la está ahogando. No es suficiente y tengo que elegir entre ella o la tienda; mi amiga es lo primero. Rápido la desprendo de las alforjas, la tumbo sobre la arena, le coloco el plástico como puedo y amontono las alforjas sobre ella. Con la luz de la linterna frontal apuntando a la tienda, veo que dos de las clavijas se han soltado: el sobretecho campa a sus anchas y se puede desgarrar.
Como puedo, tiro del resto de clavijas a la vez que voy enrollando la segunda piel de nuestra jaima. El criminal viento no da tregua y en pocos minutos se han amontonado casi tres centímetros de arena en el interior. Las flexibles varillas dan hasta donde dan y tengo que soltarlas también. Sin reparar en el desorden, me protejo como puedo detrás de mi compañera y el montón de alforjas, sin soltar el manojo de la tienda que tengo en los brazos. La arena se me está clavando como alfileres. Apago la luz porque asusta tenerla encendida. Toca esperar a que amanezca. Más de dos interminables horas.
Lo que había comenzado como una perfecta despedida de Marruecos, en tan solo veinte minutos se convirtió en una pesadilla que me haría dormir en alerta hasta bien entrados en Senegal.

Rumbo a Esmara: Entre la sed y los controles policiales.
Amanece en una gasolinera aún cerrada, pero es un refugio y necesito desprenderme del rebozado de arena que llevo encima. Mientras espero a que llegue el encargado, organizo el desbarajuste que tenemos montado. Poco más tarde, un coche con cuatro ocupantes llega al sitio: el hombre de la gasolinera, el del desangelado bar y dos amigos de estos que serán los encargados de malinformarme sobre la ruta y las opciones de agua. También resultan ser los anfitriones de un desayuno a base de té, cómo no, pan y aceite.

—Sí, estás en el Sáhara ya— me confirman.
—No tienes agua hasta algo más de cuarenta kilómetros— me aseguran en un claro español.
Aseados mi compañera y yo, y sacudida la tienda en condiciones, volvemos a ponernos en ruta hacia Esmara. El fuerte viento no nos ha abandonado en ningún momento, pero esta vez nos empuja en vez de destrozarnos. Paramos en el primero de los treinta y ocho controles policiales en el Sáhara. Aún no estamos hartos de estos y pasamos un buen rato charlando con los dos gendarmes.
Treinta, cuarenta, cincuenta kilómetros y vemos menos posibilidad de agua que la primera pareja de dromedarios con los que nos cruzamos en ruta. Estamos sin suministro desde hace más de hora y media y el sol trabaja cada vez con más energía. El aire es asfixiante y consigue que mi lengua se pegue al paladar, y este, a su vez, a la única neurona que me queda activa.
Veinte kilómetros más y nos damos de frente con un pequeño pueblo. Los amigos de la gasolinera estaban equivocados: no eran cuarenta, sino setenta los kilómetros que nos separaban del ansiado líquido. Allí, en una pequeña casa, me sacan una garrafa de cinco litros con agua helada, a la que me abrazo como un niño a su peluche en la cuna. La familia me invita a pasar la noche con ellos, pero necesito descansar y rechazo la invitación. Haberla aceptado hubiera supuesto someterme a una nueva y larga entrevista, y mi cuerpo no estaba para tal labor. Hoy no, lo siento.
Como por arte de magia, ese agua me da fuerzas para pedalear con energía hasta Esmara. Un total de 135 kilómetros desde que nos despedimos de la duna. El viento, seguro que arrepentido de la noche que nos brindó, continúa de nuestra parte y hay que aprovechar el momento. Los gendarmes vuelven a darnos el alto antes de entrar en la ciudad y, pocos metros después, lo hace también la policía. Comienzo a fruncir el ceño.
—Es por tu seguridad— esta será una de las frases que más veces escucharé en este territorio que clama libertad, y a la que siempre responderé de igual forma: —Este país lo forma buena gente, no hay problema con mi seguridad. La cosa es que a vuestro rey le encanta controlar a todo aquél que entra en esta tierra—.

El muro militar y la burocracia del desierto.
El motivo por el cual nos desviamos de la costa por unos días y llegamos hasta Esmara no era otro que acceder al campo de refugiados, pero me indican que no puedo llegar desde allí; que debo entrar en Mauritania para subir hasta Argelia y entrar en Tinduf. Casi nada. Mi ánimo se desploma como un árbol al recibir el último hachazo.

Me dirijo, sudado y con la camiseta perfectamente teñida del color del desierto, hacia el campamento del ejército marroquí que, además de liarse a porrazos y pelotazos con los saharauis cada poco, protege a los operarios de la ONU que “trabajan” en la zona. Son cuatro kilómetros empujando a mi compañera por una impracticable pista empedrada.

Trescientos metros antes de llegar, dos soldados comienzan a darme el alto con los brazos arriba, pero continúo empujando a Libertad hacia ellos. Insisten y yo también, lo que hace que nos saludemos a medio camino. Mientras hablo con ellos como puedo, veo a otros atrincherados y armados hasta los dientes a ambos lados de la pista, y a otros tantos en lo alto de una pequeña loma. Defecto profesional: mis ojos trabajan de forma independiente en muchos casos, aun suplicándoles un descanso. Sin llegar a los cinco minutos, puedo contar hasta catorce soldados alrededor mío. Uno de ellos está armado y tiene cara de pocos amigos. El de mayor rango, de no más de treinta años y el último en llegar, se presenta en un perfecto español.
—No puedes estar aquí, es zona militar y está especialmente protegida— me dice.
—Pues ya ves qué hora es y los minutos de luz que me quedan. Venía a charlar con alguien de la ONU para, además de solicitar información sobre el campo de refugiados, pedir el favor de pasar la noche aquí— le respondo sin perder de vista al resto.
Este llama desde su móvil a no sé quién y, al terminar la charla, me dice que mis intenciones son imposibles.
—Bueno, ¿pero no puedo hablar directamente con alguno de ellos?— le pregunto a sabiendas de la respuesta. Le muestro el amplio dossier que llevo encima donde se recoge la información sobre el proyecto, entrevistas y fotografías.
—Bueno, ¿pero no puedo hablar directamente con alguno de ellos?— le pregunto a sabiendas de la respuesta. Le muestro el amplio dossier que llevo encima donde se recoge la información sobre el proyecto, entrevistas y fotografías.
—Espera que llame al jefe a ver qué me dice—.

Momento para fotografiar mentalmente todo lo que se mueve y lo que no. Mientras mis ojos y memoria trabajan, un 4x4 sale de la zona militarizada. Cuatro desgarbados soldados con más polvo encima que yo se suman a la reunión.
—Estamos todos— le digo al nuevo amigo cuando termina la conversación telefónica. Este se ríe y me dice que dentro quedan otros ochocientos. También que el gran jefe está en camino—. Si no te permiten pasar la noche aquí, que será lo más probable, te vienes a mi casa, te duchas, cenas y duermes tranquilo, y ya mañana continúas camino.
Mientras esperamos la llegada del "boss", cuento dos 4x4 blancos con una enorme antena en el frontal, nuevos e impolutos, que salen del recinto a toda velocidad levantando una polvareda de escándalo. Una persona en cada vehículo. En las puertas delanteras se lee claramente UN. Ni saludan a los soldados a los que han tintado de polvo, ni a mí, pero fijan su vista en Libertad. Pocos minutos después, otro vehículo de igual calibre entra con las mismas prisas. En este viajan cuatro personas de alto nivel dadas sus vestimentas; dos mujeres y dos hombres. Estos tampoco se paran a preguntar si necesito un apósito o una fabada asturiana. En fin, es lo que toca, aunque no debiera ser así, dado que ellos también acostumbran a beber cuando tienen sed.
Antes de pasar la media hora, llega el jefe. El capitán, el subjefe y su asistente me estrechan la mano. Intento explicarles el motivo de mi visita pero no me dan tiempo.

—Me dicen que quieres hablar con alguien de la ONU además de pasar la noche aquí, y ni una ni otra cosa puede ser, pero tranquilo que yo te pago una habitación en el hotel de un amigo— me dice el jefe a través de mi amigo el sargento, sin darme tiempo a pestañear.
—No se hable más— me digo por lo bajines.
—Ni pestañees, Joseba— siento cómo me dice Libertad.

Vuelvo a empujar a mi compañera los mismos cuatro kilómetros de la ida y, tras pedalear un par de ellos más, llegamos al "hotel", que no resulta ser tal. Se trata de una vieja pensión sin agua corriente ni servicios, con un pequeño lavabo fuera y un viejo catre en una sucia habitación de no más de seis metros. Pero el habitáculo tiene cuatro esquinas y en una de ellas, alguien generoso, ha dejado un pequeño balde sumamente importante para estos casos. Como siempre digo llegados estos momentos: “A caballo regalado no le mires el juanete”.
La inmensidad de la meseta y el encuentro con Hassan.
En el mapa había visto que el trayecto hasta El Aaiún iba a ser, cuanto menos, complicado. Y no iba muy desencaminado… Unir Esmara con la capital iba a regalarnos nuevos amigos, sí, pero también un sol capaz de derretirnos y un viento frontal bestial. Cosas del desierto. Comenzamos a subir hacia el noroeste.
El primero de estos cuatro días fue casi perfecto. El viento soplaba de espaldas a ratos y del lado derecho otros tantos. En pocos kilómetros habíamos subido hasta una gran meseta tan plana como la memoria de algunos políticos. Por momentos, las vistas que tengo a mi izquierda me obligan a realizar paradas para observar, en la quietud, aquello hasta donde mi vista da de sí: un mar de arena y piedras. Una tierra nacida para ser libre. Viajamos sin coches en una estrechísima carretera de poros abiertos. No hay gente, ni agua. No hay casi vida, pero la poca que hay puedo sentirla en mi piel y emocionarme cuando llega a calar dentro.
Sin apenas darme cuenta de lo pedaleado, cuando más centrado estoy en mi mundo, el cuerpo comienza a avisarme a través de los músculos:
—Compañero, vete pensando en elegir el sitio donde pasar la noche—.
Aún tengo bien fresca en la memoria la noche pasada. Pedaleo y pedaleo hasta encontrar un lugar a resguardo que no llega. Ese aviso me obliga a dejar de volar y me coloca nuevamente sobre el suelo que peleamos. No queda mucho tiempo de luz y no aparece el rincón que nos dé tranquilidad, pero en la única colina con la que nos tropezamos en los 67 kilómetros de la jornada, una gran antena de telefonía se estira orgullosa cual Torre Eiffel. Debajo de ella veo un muro que cubre su perímetro.
—¡Estamos salvados! — piensa uno en voz alta.

Según me voy acercando, veo a un hombre con ropa militar y un pequeño perro que sale en mi busca, seguramente creyendo ver alucinaciones. Hassan es el primero de los salvavidas que encontraremos en esta tierra. Junto a él y su pequeña y juguetona compañera pasaremos la noche, no sin antes tomar un buen té en tres pequeñas dosis, el ritual para dar comienzo a cada nueva amistad.
Con el desayuno a base de té, pan y aceite, damos comienzo a tres devastadores días en lo que a desgaste físico se refiere. Tres jornadas de soledad absoluta y fuerte viento frontal hasta llegar a El Aaiún. Largas distancias en las que, de no controlar la cabeza, pueden convertirse en jornadas infernales, pero las salvamos gracias también a Hassan, a Said y su familia —que dicen pertenecer al Frente Polisario—, y a Fdaili, su mujer y sus pequeños. Todos empujan a su manera para que esto continúe adelante.
Llevo varios días con la cabeza trabajando en una decisión que creo debo tomar y que no me permite centrarme como debiera en lo que he venido a hacer. Me pongo duro conmigo mismo mientras pedaleo y prácticamente dejo sentenciada la resolución. Yo a lo mío, otros a lo suyo. Aunque no será hasta unas semanas después cuando dé a conocer mi decisión y los claros motivos de esta.

Un pollo con patatas en El Aaiún y el valor de la hospitalidad.
Y llegamos a la capital, abatidos y con quemaduras de consideración en algunas zonas del cuerpo. Allí aparece Mohamed, sin más, en medio de una larga avenida que da la sensación de sobrarle espacio o de faltarle gente por algún lado y que da entrada a la ciudad. Mi generoso amigo también habla un perfecto español.
—¿De dónde vienes, alma de cántaro?— me dice, a lo que respondo con una larga carcajada. Por un momento, consigue que el agotamiento desaparezca, pero no la sudada que llevo encima.
—¿Y esa expresión? ¿De dónde la has sacado?— le pregunto aún con lagrimones en los ojos.
—Muchos años trabajando en España, hermano. ¿Qué te trae a esta tierra? ¿Has comido?—
Y juntos, yo sudado hasta las uñas y él con su camisa de manga corta y cuadros grises, nos sentamos en una terraza en el centro de la ciudad a comer un pollo con patatas. Un refresco de cola acompaña el menú.
—Joder, amigo, ni me acuerdo de cuándo comí esto por última vez— le comento.
El camarero, por si fuera poco, adorna el centro de la mesa con una ensalada que tiene un poquito de todo, con salsa de tomate y mostaza a ambos lados. ¡Atracón al canto!
En cada conexión que puedo hacer a internet, siempre me encuentro un correo o mensaje privado especial. Con frecuencia, amigas que siguen el viaje desde hace tiempo y con las que tengo un grado alto de confianza me cuentan cómo les va la vida; otras y otros muchos dan ánimos de forma muy emotiva, y algunos empujan en forma de colaboración con el proyecto. Pero ese día, un correo entre todos ellos trajo consigo la confirmación de un amor eterno. Volvemos a volar, pero esta vez hacia el sur, por la costa rumbo a Boujdour.

Retratos en el desierto con Hussein y Brahim.
Decido abandonar la cansina carretera y adentrarme un poco más en el desierto, donde me doy de bruces con dos grandes jaimas. Allí está Ahmed junto a su hermana y hermano pequeños. Como siempre sucede en este territorio, cualquier persona que encuentras en los alrededores, aunque estés a varios cientos de metros, te invita a compartir todo lo que tiene. Sea lo que sea, durante el tiempo que haga falta. De su boca vuelvo a escuchar la palabra libertad durante los tres tés.
—Pues trabajo en el mundo de la fotografía y estoy viajando por el mundo intentando hacer algo para que la vida de un puñado de pequeños cambie de una vez por todas. No sé si con esto conseguiré algo, pero me hace sentir bien y me consta que a otros también. Digamos que trabajo de una forma un tanto especial por sus derechos— le respondo a la pregunta de a qué te dedicas.
—Mi padre y mi madre están con el rebaño de ovejas y vendrán dentro de un par de horas, cuando el sol comience a caer. Si quieres, podemos ir a buscarles y les haces unas fotos— me propone cuando le digo que mi especialidad es inmortalizar miradas.
Tengo un buen presentimiento y este termina por confirmarse cuando llegamos en su viejo Land Rover y conozco a nuestros nuevos anfitriones: Hussein y Ahlaila, su mujer. Desde el primer momento, mi viejo amigo y yo conectamos a fondo. Habla bastante bien español, ya que sirvió en el ejército español hace tiempo. Se ofrece a ser retratado cuando descubre el motivo de mi viaje; fotos y tomas de vídeo que a los pocos días verían la luz en este blog. Los días con Hussein y su familia fueron de los más emotivos que he vivido en estos casi ochocientos días de andanzas por el mundo. Y he vivido unos pocos ya…
Volvemos a la ruta a primera hora de la mañana y, tras una larga jornada con viento de frente, damos con Brahim, otro curioso amigo con el que pude volver a soltar varias carcajadas y compartir momentos de gran emoción.
—¡Qué alegría que hayas parado! Además eres español. Llevo muchos años intentando que alguno pare, pero nada. Eres la primera persona que lo hace en los doce años que llevo aquí metido— me aclara mientras comienzo a notar el característico nudo en la garganta que me acompaña en este viaje.
Brahim es un hombre de setenta y un años que vive en una pequeña jaima que se cae a trozos. El viento es perenne aquí y su pequeña vivienda pocas embestidas más puede soportar. Él me lo confirma. Mi raquítico amigo también formó parte del antiguo ejército.
—Mi mujer vive a las afueras de Boujdour con nuestras cincuenta ovejas. No tenemos hijos porque nunca hemos podido permitírnoslo. El dinero que estas dan no nos llega, ya que la leche que dan es mínima; no como en España, que las ovejas están gordas y dan dinero para vivir, supongo—.
Esto termina por derrumbarme y tengo que salir de la jaima para respirar un rato. Mi amigo se da cuenta y sale detrás a ver si estoy bien. Me pide disculpas.
—No tienes por qué preocuparte, porque aquí gano doscientos setenta euros al mes y con ello llevamos años saliendo adelante— termina.
—Me duele que alguien que desea tener hijos no pueda sentirse realizado por culpa del maldito dinero, pero anda tranquilo porque estoy bien— le miento desde fuera del desastroso amasijo de telas.
—He llegado a ponerme en medio de la carretera con los brazos levantados, delante de las grandes autocaravanas, para que paren y poder invitarles a té y a charlar un rato, pero no hay forma de que hagan un alto, siempre me esquivan. Siempre tienen prisa, o será porque pensarán que estoy loco—.
Mi querido amigo cambia de tema y consigue ponerme por un momento en situación, soltando la primera de muchas carcajadas en su compañía.
—¡Qué grande eres, amigo mío! Y encima sabes sacar tiempo para el cachondeo— le respondo sin haber terminado de reír.
—Te vas a quedar a dormir, ¿no?—.
—Por supuesto!—.
—Voy a echar las redes a ver si hay suerte y mañana recojo algo. ¿Me acompañas? —me invita.
Después de caminar casi un par de kilómetros y bajar un pequeño acantilado con unas vistas capaces de quitar el hipo, nos adentramos en el mar unos ciento sintonizados metros y le ayudo a desenredar su vieja red de plástico negro y verde. Un precioso momento que guardo con especial cariño en la memoria.
Mi amigo es poco dado a la cocina —le pasa como a mí— y me toca preparar la especialidad de la casa: arroz con cebolla, pero en esta ocasión también tenemos tomates y un chorrito de aceite, como buen saharaui que es. Poco después, tras una bonita charla, me quedo dormido en el suelo, a su lado, como si fuera el hijo que no pudo ser.
Grande, amigo. Grande. Una nueva lección aprendida.
Historias que transforman el camino: Diario de viaje en bicicleta.
A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza y la dignidad de la pequeña Oishi es un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo.
El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber qué te ha transmitido esta historia. ¿Qué reflexiones te despierta la increíble determinación de Oishi frente a su realidad?
¡Gracias por formar parte de este viaje humano!








