Historias humanas en Laos: El tierno reflejo de Phut y Ladsamy
- Joseba Etxebarria

- 5 mar 2019
- 4 min de lectura
Actualizado: hace 4 días
Nombre: Phut (5 años)
Nombre: Ladsamy (12 años)
Localidad: Na Mor, Laos (2011)
Historias humanas en Laos.
Pedalear por el norte de Laos es enfrentarse a una geografía indomable de montañas verdes y carreteras sinuosas que exigen el máximo de tus fuerzas. Sin embargo, la dureza del camino siempre encuentra su recompensa en los pequeños pueblos que salen al encuentro. Así fue como llegué a Na Mor, un rincón rural donde el ritmo de la vida lo marcan las cosechas y la luz del sol, y donde tuve la fortuna de cruzarme con dos almas que dejaron una huella imborrable en este diario de viaje: las hermanas Phut y Ladsamy.
Compartir techo y comida con su familia me permitió asomarme, aunque fuera por unas horas, a la pureza de sus realidades cotidianas. Estas son las verdaderas historias humanas que dan sentido a cada kilómetro recorrido.
El universo infantil según Ladsamy.
Durante la tarde, mientras el calor daba un respiro y nos acomodábamos en el porche de la casa, Ladsamy, con una madurez asombrosa para sus doce años, empezó a desgranar el mundo de su hermana pequeña ante mi curiosidad de fotógrafo y viajero.
Me contó que a Phut lo que más le gusta en este mundo es jugar a ser mamá, imitando los gestos de las mujeres del pueblo, pero con una curiosa condición: no le gusta nada mancharse. Respecto a ella misma, Ladsamy me confesó con los ojos brillantes que el lugar donde más disfruta es en la escuela. Le apasiona aprender, pero también espera con ilusión que llegue el fin de semana por una razón muy especial: acompañar a su madre a vender verduras en el mercado local. Cuando le pregunté por el futuro, su respuesta fue de una lealtad conmovedora; no sueña con grandes urbes ni horizontes lejanos, cuando sea mayor quiere seguir viviendo allí, en el pueblo, cerca de su familia y de sus amigas de la infancia.
Phut, la astucia de la pequeña de la casa.
Por mi parte, no me hizo falta mucho tiempo observando para darme cuenta de que Phut se las sabe todas. Tiene sumamente claro que, al ser la menor de cuatro hermanos, goza de ciertos privilegios y puede campar a sus anchas por toda la casa sin que nadie la reprenda demasiado.
Tiene un magnetismo divertido. Le encanta meter la mano en el cesto comunal del arroz pegajoso para moldear pequeñas bolas con los dedos, aunque luego se distraiga y ni siquiera se las coma. Y es totalmente cierto lo que decía su hermana: cuando juega con las amigas en el suelo arcilloso, despliega una meticulosidad casi obsesiva, colocando siempre una esterilla o un cartón viejo para proteger su ropa y no tocar el barro.
Siempre lleva colgado un pequeño bolso de tela que es su mayor tesoro; allí guarda celosamente una colección de palitos pulidos y unas pocas piedras de colores que cambian de valor según el juego del día. Phut está atenta a absolutamente todo lo que ocurre a su alrededor con unos ojos despiertos que lo registran todo, aunque, eso sí, a la hora de cenar come muy poco, prefiriendo la distracción al plato.
Ladsamy, el pilar de la ternura responsable.
Ladsamy es el contrapunto perfecto. Ejerce de buena hermana mayor a tiempo completo; se nota en cómo camina y en cómo habla. Siempre está pendiente del bienestar de los otros tres hermanos y de ayudar a su madre en las tareas del hogar. En esa dinámica familiar, Phut es indiscutiblemente su ojito derecho, mientras que Ladsamy ocupa ese lugar de orgullo en el corazón de su padre.
Es una niña increíblemente responsable, con una seriedad que denota haber asumido roles de cuidado demasiado pronto. Imagino que por el peso de esa invisible carga sonríe poco, pero cuando lo hace, ilumina todo el espacio. Es un ser adorable.
Al caer la noche, bajo la tenue luz de la vivienda, llegó el momento mágico del proyecto. Desplegué los materiales y Ladsamy se concentró sobre el papel en blanco. Tras un rato de silencioso esmero, se acercó y me entregó su dibujo: su sueño en trazos de colores pasaba a formar parte del amplio "museo" que ya cargan mis alforjas.
Como suele suceder en estos casos, donde la hospitalidad es tan transparente y real, me costó un mundo despedirme de aquella maravillosa familia. Volví a subirme a la bicicleta con el cuerpo descansado y el alma llena de estas pequeñas pero inmensas historias humanas en Laos.
Historias que transforman el camino.
A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza, la hospitalidad y la dignidad de las gentes que encuentro en la ruta son un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo.
El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber qué te ha transmitido esta historia. ¿Qué reflexiones te despierta la increíble hospitalidad de Hassan, Mohamed o Brahim frente a sus propias realidades?
¡Gracias por formar parte de este viaje humano!









