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Yo tengo un amigo de Bilbao | Marruecos



Miro a un lado y veo el último perfil de la Península, miro al otro y el contorno de las montañas me indica la entrada a un continente que terminará por transformarme a golpe de esfuerzo.


Son muchas las ganas que tengo por descubrir el país vecino y mis ansias aceleran el ritmo del pedaleo en estas primeras horas en Marruecos. -Tranquilo compañero-, me quiere decir mi ya buena amiga Libertad con un nuevo pinchazo. Primero de esta vuelta a la aventura y el número treinta y cuatro de nuestro periplo por el mundo. Está claro que los dos días que Maravilla y la novata pasaron juntas, sirvieron de algo. -Tenemos el resto de vida por delante y Mohamed nos está esperando-, me aclara.


Mohamed y Libertad en la zona de acampada

El nuevo samaritano, como buen musulmán, se acerca al intuir problemas en la bicicleta del visitante. -¿Has pinchado?-, pregunta en un claro español. Mohamed ha trabajado, como otros muchos compatriotas suyos, en el país que un día cumplió con su sueño de recibir una oportunidad para sacar adelante a su familia a base de esfuerzo. Se movió por Galicia, Asturias y en La Rioja recogiendo uva, siendo ésta última la tierra que aún lleva en el corazón. -Veo que vas bien preparado-, me dice al ver todo el despliegue de material esparcido en su terreno. -Te queda una buena subida, la última antes de llegar a Tánger y se te va a echar la noche, así que, si quieres, puedes pasar la noche aquí mismo. La semana pasada acampó aquí también un inglés que regresaba de Sahara en bicicleta-. Antes de reparar la rueda trasera, mi primer amigo en el país magrebí, ya se había presentado con una gran torta de pan horneado por su mujer, mantequilla también de la casa y queso trabajado con sus ya cansadas manos. Todo ello acompañado por lo que sería, a partir de ese momento, la generosa excusa de un gran pueblo para abrir las puertas de sus hogares a un blanquito que viaja en una gran bicicleta; un té.


Primera noche con la tierra africana bajo mi espalda, con vistas al estrecho de Gibraltar y en buena compañía. Primeras clases de árabe. De momento no puedo pedir más.


En Tánger las estrechas calles son una constante

La entrada en Tánger supuso el asedio al “turista”. -¿Un hotel barato? ¿Quieres comer bueno? ¿Me das un euro?-. Así que nuestro paso por la ciudad norteña duró menos que una gominola en la puerta de un colegio.


Acampada y tiempo para reponer fuerzas en Marruecos

A veintidós kilómetros de Larache y sin pegar ojo en toda la noche, me veo obligado a desmontar mi jaima en plena ventisca si no quiero terminar haciendo parapente en el Atlas, y antes de que amanezca ya estamos pedaleando cuesta arriba, empapados y ante la atenta mirada de los madrugadores vendedores de fruta que se reparten los metros de carretera durante nuestros primeros minutos de pedaleo.


Marruecos siempre ha estado en mi agenda fotográfica pero, sin saber aún muy bien el motivo, nunca se había ganado la prioridad que sí habían conseguido otros territorios. La ruta atlántica es la que había preparado para seguir en el país debido al gran peso que mi compañera carga, pero en los primeros días ya me estaba arrepintiendo de no haber entrado en el Atlas convencido de que allí podía descubrir la otra versión de esta Tierra y haber comenzado a trabajar en serio. Son muchas las grandes autocarabanas europeas, en su mayoría antipáticos y maleducados franceses con aires de superioridad, que me cruzo o adelantan en la ventosa carretera, y eso, para un viajero que busca relaciones humanas y tranquilidad, nunca es bueno. Menos aún bonito. Pero pronto llegaríamos a Rabat y una sonriente policía sería la encargada de levantarme el ánimo. Con ella llegaron dos bonitos días y la tranquilidad hasta la frontera con Mauritania.


Detalle de la ciudad de Rabat, capital de Marruecos

Mi intención era entrar en Rabat para, de cabeza, acudir al consulado español a informarme sobre la posibilidad de sacar el visado mauritano en la misma frontera. Y así lo hice. Pablo, Pablete para los amigos, realizó una excelente gestión por teléfono con su colega encargado de los visados del próximos país que visitamos. Después de un buen rato de charla, me confirma lo que sospechaba; -Me dicen de la embajada de Mauritania que es imposible sacarlo en la frontera, debes hacerlo aquí en Rabat sí o sí-, termina diciéndome mientras mira de reojo y con ganas la portada de nuestro blog en la pantalla de su ordenador. -Importante lo que estás haciendo, Joseba. Cuídate mucho y suerte-.


Antes de emprender esta segunda parte del viaje, y entre la mucha información sacada de internet, me constaba que varios eran los que habían arriesgado a sacar el visado en la frontera mauritana y habían conseguido entrar. Y yo no estoy menos loco.


Costa de Rabat

Viajo en bicicleta y con una causa de peso, así que decidí que exprimiría al máximo el tiempo que me permita el visado de cada país. Por norma general, estos comienzan a contar desde el momento que te lo pegan en el pasaporte, no cuando te ponen el sello de entrada en la frontera, y yo acabo de entrar en Marruecos hace pocos días y me restan otros muchos. Esto quiere decir que si saco el visado en Rabat, para cuando llegue a la complicada frontera mauritana, éste ha caducado, los policías que allí habitan probablemente se hayan jubilado y tenga que pelearme con sus sustitutos para, después de pagar nuevamente la visa, entrar en el caluroso país. No queda otra; arriesgo y salgo de Rabat sin el visado en la mano, porque además, la aventura también forma parte de este viaje. Pero no, las cosas pueden cambiar en décimas de segundo…


Junto a mi buena amiga Zineb en los mercados de Rabat

-Hola ¿Hablas español?-, le pregunto a una policía a la salida de Rabat. -Hola. Lo hablo un poco-, me responde. -¿Por dónde voy mejor para coger la carretera de la costa?, no la nacional-, le vuelvo a preguntar aún con el gusanillo en el cuerpo por la aventura que nos espera hasta Mauritania tras la respuesta recibida en el consulado. -Puedes seguir por aquí a la izquierda, pero tienes que callejear bastante y te va a ser complicado llegar. O puedes retroceder y llegar directamente por una avenida-. Por su insistencia en la segunda opción, me queda claro que no quiere que ande dando tumbos por la capital. -¿De dónde vienes y a dónde vas?-, me pregunta sin dejar de regalarme una sonrisa tras otra. -Los policías aquí en Marruecos, la verdad, sois bastante simpáticos-, le digo con sinceridad. -Muchas gracias-, acompañadas de una nueva sonrisa-. -Soy de Bilbao y estoy dando una vuelta por el mundo en bicicleta-. -Yo tengo un amigo que también es de Bilbao-, me deja claro toda orgullosa. Es tarde y el sol se va a esconder en un par de horas, así que su aclaración pone en funcionamiento todos mis sentidos un tanto adormilados. Antes de pestañear yo por cuarta vez, la impoluta funcionaria ya había llamado desde su móvil a Juan, el bilbaino. Me pasa el teléfono, hablo con el nuevo anfitrión dos minutos y quedo con él en la puerta del consulado español hasta donde se desplaza en taxi y desde bien lejos. -¿Hay alguna forma de que nos podamos ver luego otra vez?-, le pregunto a Zineb con mi pie izquierdo ya sobre el pedal. –Juan es vecino mío y como de la familia. Luego nos vemos, sí-, termina diciéndome. El del Ondárroa, que no de Bilbao, es un tío grande en todos los sentidos. Sufrido pescador de altura desde los doce años, de manos trabajadas y corazón limpio. De esos que se ven con frecuencia en la tierra donde uno nació. -Joder, te he visto de lejos y sabía que eras tú-, le digo más contento que unas pascuas. Caminando y con una sonrisa de oreja a oreja, nos dirigimos hacia su casa. -¡Qué bien me está tratando mi buena amiga la vida en este viaje. Me presenta a los mejores!-, le digo. -Un placer conocerte, compañero. Aún no eres consciente del favor que me estás haciendo-. termino diciéndole mientras subimos y bajamos los descascarillados bordillos y esquivamos a los locos taxistas.


Tiempo para el café con Juan y Saida en su casa de Rabat, Marruecos

En casa nos abre la puerta Saïda, la joven mujer de Juan que le mima tal y como merece. Y a la inversa. A partir de aquí, todo son insistencias para hacerme sentir como en casa; -Come más. Saca toda la ropa que necesites lavar. Date una buena ducha que te vendrá bien. Sigue comiendo. Siéntate y descansa-… Hasta que llega el momento que Juan me ofrece quedarme un día más. -Puedes quedarte mañana también y Saïda te acompaña a la embajada de Mauritania para sacar el visado-. -Amigo mío, si no tenías ya ganada una plaza en el cielo, seguro que esto te abre las puertas de una suite en él-, pienso. ¡Asunto solucionado! La sonrisa de la joven policía, no solo me cautivó, consiguió que el resto de mis días en su tierra y en la ocupada por su gobierno no los utilice para pensar en si tendría que dar un masaje a los policías mauritanos de la frontera para poder entrar en el país. –Libertad, podemos pedalear tranquilos-. Y hablando de la siempre risueña amiga, al timbre llama. Y a mí, una nueva sonrisa se me despliega en la cara. -Vamos todos a cenar a mi casa con mi familia-, nos invita Zineb después de pasar un ratillo de lo más agradable en el salón. Si hay algo que realmente me apasiona de esta aventura que vivimos desde hace más de quinientos días, es fundirme con las familias y descubrir su día a día desde dentro de su hogar. Como fotógrafo que soy, mis ojos no pierden detalle en esos casos y aunque no entienda ni papa, siento cada instante con la misma ilusión que un niño cuando toca la bocina que Libertad porta en uno de sus brazos. ¡Soy un privilegiado! En casa nos esperaban Jalit, el bonachón padre de Zineb, y sus hermanas Sofía y la cumpleañera Jaticha. Saïda, la mamá estaba en Casablanca cuidando de la abuela enferma estos días. Un verdadero privilegio vivir este tipo de momentos, por muy duros que sean en muchas otras ocasiones.


Maravillosa hospitalidad en Marruecos. Con Zineb y familia en Rabat

Por la mañana, Saïda consigue con su traducción que el casi siempre antipático funcionario que está al otro lado de la ventanilla de una embajada o consulado y que porque no le hayas entrado por el ojo intenta que tu viaje muera ahí mismo, me entregue el pasaporte unas horas más tarde con el visado de su país bien pegado él en una de las páginas y con fecha de entrada para el veinticinco de abril, y de salida tres meses después. Esto quiere decir que, si todo va bien, podremos pedalear un mes y medio por Mauritania en busca de historias humanas para, seguido, intentar hacer algo porque cambien a mejor. Bien por Zineb, Juan, Saïda, Jalit, Sofía, Jaticha y la otra Saïda; la mamá que trajo a las tres. Se os quiere, familia.


Recuerdo que cuando conocí a Juan, sus primeras palabras fueron: -¡tú estas loco!-. Y en la cena del segundo día en su hogar, me dijo: -eres la persona más sorprendente que he conocido en mi vida. Viajas por el mundo sin hablar idiomas. Y continúas-. Pues sí amigo mío, pero el mérito es de las personas que habitan este maravilloso Planeta y que hacen lo posible por entenderme.


Y por la mañana, continuamos rumbo a Sahara…


Colores en los mercados de Marruecos

Mohammedia, Casablanca, El Jadida… Un susto en la noche al salir de mi jaima para cambiar de agua al canario… Safi y Essaouria. Vemos los primeros camellos… Zineb me pregunta en un mensaje si no he encontrado más gente buena por el camino… Hussein me regala tres huevos, tres tomates, una cebolla y algo de aceite… Azoz, Jaafr, Mjid, Abd Rahmam, Abd Rahim y Mohmad, unos obreros de la construcción, me invitan a almorzar pan con aceite junto a ellos… Duermo debajo de un increíble árbol después de intentar charlar con un pastor de cabras… Llegamos a los veinticinco mil kilómetros pedaleados… Seguimos tragándonos todo el viento frontal que campea a sus anchas por Marruecos… Continúo con hambre hasta que el bueno de Lahcen Taouil me acoge en su hogar y me la sacia… Y por fin, en una parada a cubierto por los nubarrones que se nos venían encima, una sonriente pequeñaja se nos acerca para saludar. No hablamos el mismo idioma. Es más, no nos entendemos un carajo, pero la continua sonrisa en su rostro me contagia y nos fundimos en una charla silenciosa. Un breve momento, sumamente emotivo, me invita a abrazarla como si fuera mi pequeña.


Mi joven amiga Atma itmet y su muñequita

Atma Itmet (6) me recuerda, con su sonrisa contagiosa y su simpatía angelical, a mi ahijada Miranda, esa pequeña que tanto adoro. Así que, por su simpatía, porque la vida así lo quiere y porque yo también lo deseo, o sea, porque tiene que ser a ella, le entrego a mi nueva amiga el primer muñecote que Libertad carga en sus alforjas, la bonachona de Blanca creó y la familia de Un lápiz, un dibujo me entregó para hacer felices por un breve momento a un pequeño puñado de pequeños. El que teníamos destinado para alguien en Marruecos. La cara de asombro de Atma Itmet al ver semejante grupo de muñecotes desplegado sobre una vieja piedra de molino y poder elegir uno, me acompañará, a buen seguro, durante muchos kilómetros en esta apasionante aventura. ¡Hasta siempre amiga mía!


Atardecer en Marruecos

Y pasamos Tamri donde los frenos de disco comienzan a darme quebraderos de cabeza. Y llega Brahim con su té, un bocadillo de crema de cacahuete y su casa construida en la tierra que sus abuelos le dejaron y derribada ahora por la policía y el ejército. Y Fátima, una pequeña de diez años sin madre y con su historia de maltrato diario por parte de su padre al que no pude conocer personalmente porque se encontraba en Agadir. Aparece Amhl, que me abre las puertas de su hogar por una noche y sus compañeros de trabajo con no se cuántos tés.


Inmensa la hospitalidad del pueblo bereber

Y los bereberes Okmane, Said y Abdellah, siempre hospitalarios, se dejan querer en un pequeño y precioso pueblo un tanto desviado de nuestra ruta. Continúo retratando a la gente y grabando vídeos. Y llega El Hanafi, un sabio personaje de corazón abierto que trabajó por unos años en Canarias y habla un perfecto español. Con sus tés, quesitos en porciones, pan y tres huevos fritos que me lanzan varios kilómetros contra el siempre agotador viento frontal. -Vas a encontrar muchas jaimas de aquí en adelante y siempre vas a ser bien recibido en ellas-, me dice en la despedida después de aprovisionarme bien de agua de lluvia para el camino. Y llega uno de esos momentos que nadie desea, salvo los del otro bando…


En ruta por el sur de Marruecos

Hacía unos cuantos kilómetros que habíamos dejado a El Hanafi en su desgastado pero limpio café de carretera. Pedaleamos, en medio de la nada, bajo un sol que muchas y muchos veraneantes europeos desearían para su piel, con los quesitos en porciones, los tres huevos fritos y los tés, ya a la altura de los tobillos.


No había pasado mucho tiempo cuando una destartalada furgoneta nos adelanta tan despacio que me da tiempo a ver como uno de sus dos ocupantes, el copiloto, fija su mirada en la cámara de vídeo que llevamos vista y con la que Libertad graba sus tomas en ruta. Puedo intuir cómo se relame el protagonista en cuestión. La furgoneta para unos metros más adelante, los suficientes para darme tiempo a pensar rápidamente y ponerme en alerta. El copiloto, ya en tierra, me cierra el paso. Tengo dos opciones: parar unos metros detrás de ellos, bajarme de la bicicleta y prepararme para el momento o intentar esquivar al iluso y jamás futurible reportero gráfico. Opto por la primera. Me paro unos metros por detrás y espero a que lleguen inclinado sobre Libertad y con el brazo derecho apoyado en el sillín pero con la mano libre para enganchar, llegado el caso, la barra que llevo en el lateral de mi compañera. El conductor, al que hasta entonces no había visto, tiene más pinta de gitano trapicheador que de marroquí. Un tipo sucio de ropa y de mirada. Y sin presentación alguna me dice que les dé la cámara de vídeo, la linterna que hasta ese día llevábamos siempre en el manillar por la falta de luz en los túneles y el teléfono móvil que suponían llevaba encima. -Ni la una, ni la otra, ni el otro os vais a llevar-, les digo en un clarísimo español, a lo que el chungo me responde echando la mano a la cámara. Un rápido manotazo que sorprende a los dos, es suficiente para darme tiempo a echar mano de la barra extensible que me regaló Sam en China. -Soy un serio problema para vosotros-, les digo en un idioma que sin llegar a entender en un principio, sí lo consiguen perfectamente al ver lo que les propongo. Veo como el otro mira la linterna y busca la forma de dar el tirón, pero está bien enganchada al manillar. -No te la vas a llevar-, insisto. Creo que a todos nos ha tocado en alguna ocasión regalar a otro una de esas miradas que lo dicen todo. Pues al de mirada sucia le tocó recibir la mía. Y la entendió a la perfección, porque se dio la vuelta, se montó en su asquerosa furgoneta y se marcharon rumbo a no sé dónde. Tema zanjado. La novata ya ha dejado de serlo.


En ruta a punto de alcanzar la línea divisoria con Sahara Occidental

Seguimos rumbo a Tan-Tan, ultima ciudad marroquí fuera de los territorios ocupados de Sahara.


El domingo catorce de abril, a las nueve menos diez de la mañana, entramos en Sahara Occidental Occidental.


Pero eso es otra historia.


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Ruta seguida en Marruecos

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  • Joseba Etxebarria Photography
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El fotógrafo humanitario Joseba Etxebarria agradece a Orbea su apoyo al proyecto Hacia el Sur, la vuelta al mundo en bicicleta por los Derechos Humanos.
El fotógrafo humanitario Joseba Etxebarria agradece a Kuperkic Forum su apoyo al proyecto Hacia el Sur, la vuelta al mundo en bicicleta por los Derechos Humanos.
El fotógrafo humanitario Joseba Etxebarria agradece a Mochileros en Tailandia su apoyo al proyecto Hacia el Sur, la vuelta al mundo en bicicleta por los Derechos Humanos.

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