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- Pandemia y resiliencia: Cuando tienes la certeza de continuar la vuelta al mundo en bicicleta | Camboya
La Vuelta al mundo en bicicleta. Recuerdo que unos días antes dábamos la bienvenida al 2020 en medio de una preocupación generalizada por la fuerte caída del turismo en Camboya, especialmente en Battambang. Las Navidades acababan de finalizar y llegaban las primeras noticias al país sobre un nuevo virus en China. Se hablaba de que ya había salido del gigante asiático y comenzaba a propagarse por los países vecinos. Incluso algunos decían que ya había entrado en Camboya. —Casi todo lo que llega aquí lo hace desde China— les decía a Bunlang y otros amigos durante una cena en la que bromeaban con las toses. La caída total del turismo y más de tres años de saturación de trabajo en Human Gallery, sumado al proyecto de educación, me invitaban a recordar que el problema físico que me había traído a Camboya antes de tiempo ya no era una excusa. Basándome en esto y en la intuición que tan buenos resultados me había dado durante los primeros cuatro años de viaje, decidí retomar la vuelta al mundo en bicicleta que me había visto obligado a paralizar tiempo atrás. “¡Vamos a ello, Joseba!”, me repetía una y otra vez durante las horas siguientes, como si necesitara de una nueva aprobación interna para dar el paso. Vuelvo a ver el mundo desde la bicicleta. Khmaw, mi tercera compañera en esta vuelta al mundo. —Llevas años preocupándote más por la situación de otros que por la tuya y es momento de pensar un poco más en lo que tú necesitas. Para seguir haciendo algo por los demás, necesitas estar bien tú— son las dos frases que más me han repetido en el último año mis amigos más cercanos, esos que se han mantenido firmes también en los momentos complicados. El cierre de una etapa y el engaño del distribuidor. El uno de marzo llegaba el cierre de Human Gallery. Para ello necesité, entre otras cosas, encontrar un lugar especial donde las fotografías expuestas siguieran cumpliendo con su principal cometido: la sensibilización. Estaba claro que Pomme contaba con el espacio y la magia suficientes para recibirlas. Hacía tiempo que Orbea me había confirmado que mi nueva bicicleta —en esta ocasión una MTB— llevaba ya semanas dentro de un contenedor marítimo con destino a Camboya y que llegaría a la tienda del distribuidor en unos días. Y llegó, pero para no variar en este país, la cosa se truncó. El distribuidor, después de muchos mensajes, me respondió indicándome que habían cometido un error y se la habían vendido a otra persona. Esto cambiaba la situación radicalmente. Pasaban los días y el distribuidor seguía empecinado en no responder a mis WhatsApp, faltando a su palabra de buscar una solución a su grave error. Después de cinco años viviendo aquí, palpando y sufriendo el lamentable cambio en la mentalidad de la mayoría de sus gentes, estoy más que acostumbrado a esta forma de actuar, así que comencé a buscar una alternativa. En Camboya, el afán por generar y amasar la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible se ha convertido en la base de una gente a la que en su día admiré y apoyé en profundidad. La fecha marcada en el calendario para el reinicio del viaje era el primero de junio. Aunque aún quedaba un tiempo para ello, la necesidad aumentaba y el tiempo apremiaba por el inminente cierre de fronteras. En uno de los muchos desplazamientos a la Embajada de España en Bangkok —ya que en Camboya no hay—, pude hacerme con las alforjas que necesitaba, pero me faltaba lo principal: la bicicleta. El porqué de una Mountain Bike y el flechazo con Khmaw. El día que tomé la decisión de reiniciar la vuelta al mundo, también decidí que, tras más de cuatro años de viaje sobre dos bicicletas híbridas, era el momento de hacerlo sobre una mountain bike. La experiencia adquirida me servía para saber que sobre una bici de touring uno no puede acceder a ciertos lugares (o sí, pero a duras penas). Yo quería adentrarme más, si cabe, en esos rincones de difícil acceso, que es donde principalmente suelen encontrarse las personas que salimos a buscar en este viaje. Visita a una tienda de bicicletas en Battambang, mensajes a otras tres en Phnom Penh, una nueva tienda en la ciudad... y seguía sin encontrar a mi nueva compañera de viaje. Todas eran de tallas pequeñas y precios desorbitados que yo no podía pagar, ya que llevaba tres años destinando mensualmente a los niños de nuestro proyecto de educación la mayor parte de mis ingresos. Pero en uno de esos días en los que los astros se alinean, en los que uno hace un alto, se serena y desbloquea la cabeza, recordé que en la ciudad había una empresa de tours en bicicleta cuyo propietario conocía y que, aun siendo de segunda mano, podía disponer de la compañera que necesitaba. La rápida propagación del Covid-19 ya había animado al gobierno camboyano, al tailandés, al laosiano y al vietnamita al cierre de sus fronteras sin previo aviso. Estábamos bloqueados. Conocí a 'la negra' en la primera visita que le hice al amigo de Soksabike. Fue un amor a primera vista. En ruta por Camboya Khmaw estaba junto a su hermana gemela, siendo las últimas de una hilera de catorce bicicletas dentro del taller mecánico. Estaban arrinconadas, como si nadie las tuviera en cuenta, a pesar de resaltar sobre el resto por su especial altura. La talla XL era la que buscaba desde el inicio y la culpable de no haberla encontrado antes. Tocaba decidir cuál de las dos hermanas pasaría a formar parte de esta maravillosa historia. Aunque las dos tenían la misma edad, Khmaw contaba con una serie de roces en el cuadro que me animaron a decidirme por ella. —Esta tiene más experiencia— me dije convencido. Y junto a ella salí al exterior. Estaba tan seguro de mi elección que mi revisión fue bastante más breve que la que los técnicos le hicieron; de hecho, mis tactos eran más una caricia que un control. Un par de vueltas a la manzana, más por cumplir que por otra cosa, y directos a casa. Los doscientos dólares del precio de salida se quedaron en ciento ochenta. Ingenio, soldaduras rudas y listos para la ruta. Ahora, ya más sosegado, tocaba buscarle unos portabultos y mejorar ese manillar que se me hacía difícil de dirigir. Lo más importante es que en esta ocasión los astros se habían acordado de nosotros y nos brindaban a Khmaw y a mí la oportunidad de revivir compartiendo una vida. O al menos una parte de ella. Era obvio que en Camboya, o al menos en Battambang, iba a ser imposible localizar un manillar de mariposa y unos portabultos capaces de cargar tanto peso, así que tocaba ingeniárselas para fabricar ambos. En esta ciudad no son muy dados al aluminio; a ellos les gusta más lo rudo, el hierro, y los pocos talleres que hay no suelen aceptar trabajos tan especiales. Tres años atrás, con la preparación y decoración de Human Gallery, había contratado a una empresa de soldadura de hierro para ciertos detalles, así que me dirigí a ellos. Les presenté el croquis del manillar y del portabultos delantero que previamente había dibujado y detallado con medidas, y aceptaron el trabajo. Aproveché el momento para tomar un café y mirar otros elementos necesarios para completar mínimamente a Khmaw. Cinco horas después regresé al taller y me encontré con un manillar válido para pilotar un avión Antonov, pero no una bicicleta. Una vez más se habían equivocado, y una vez más tocaba pagar íntegra la equivocación. Camboya también es especial para esto. Me había quedado sin dinero al destinarlo todo a seguir cubriendo la escolarización de los niños beneficiarios de nuestro proyecto de educación Alas para el futuro, pero disponía de lo elemental para volver a emprender una aventura así: pasión, motivación, ilusión, energía, los astros mirándonos de reojo, mi nueva-vieja compañera mejorada hasta en el color y un manillar capaz de soportar muchos kilos de bananas. Todo listo para el nuevo desafío. Seis de la mañana del 2 de junio de 2020: estamos en ruta. Eso sí, en plena pandemia. En ruta por el norte de Camboya. Este viaje no lo hago solo: tú también formas parte de la ruta. Viajar en bicicleta por el mundo documentando la falta de incumplimiento de los Derechos Humanos, es una aventura maravillosa, pero también está llena de imprevistos, averías mecánicas, problemas de salud y desafíos económicos que ponen a prueba nuestra resistencia. Este proyecto se gestiona de forma totalmente independiente y sale adelante gracias al corazón y la solidaridad de personas como tú. Si este relato te ha tocado el alma y quieres aportar tu granito de arena para que Khmaw y yo podamos seguir sumando kilómetros y dando voz a quienes no la tienen, te invito a colaborar con el proyecto. Cada pequeña ayuda nos mantiene en movimiento. Infórmate sobre cómo puedes apoyarnos. ¡Gracias por pedalear a nuestro lado!
- Niños soldado: Los hijos del éxodo | Sierra Leona
Los hijos del éxodo y la misericordia, ‘educados’ en un ambiente desesperanzado, acaban reclutados como carne de cañón para guerras sin final ni solución política; conflictos que los organismos internacionales se limitan a poner entre paréntesis como problemas crónicos sin resolver. Son jóvenes, hijos de campesinos o refugiados, que se ven convertidos a la fuerza en soldados adolescentes. Chicos que aún gustan de llamarse “freedom fighters” (combatientes de la libertad), pero que luchan con un espíritu y unos métodos radicalmente distintos a los de los antiguos frentes de liberación, aquellos que soñaban revoluciones y peleaban contra la opresión colonial. Equipados con los restos de otros naufragios históricos y haciendo gala de la disciplina de una banda de piratas, combaten y mueren en guerras casi siempre olvidadas por nuestros medios de comunicación. Se calcula que, solo en la pequeña Sierra Leona, fueron entre 6.000 y 10.000 los niños soldado que combatieron en la guerra civil durante la década de los noventa. Niños soldado. El pequeño Kaba de Sierra Leona El valor de la vida en la ruta africana. Sierra Leona es uno de los países más difíciles que he pisado a lo largo de mi vuelta al mundo en bicicleta. Un rincón del planeta donde, en gran parte del territorio, la vida parece valer menos que un litro de agua embotellada. "La pobreza, sus consecuencias, son inimaginables. Es imposible asimilar lo que éstas suponen para quienes sufren la carencia absoluta de las cosas más elementales para el desarrollo de sus vidas." Entré en el país desde la frontera con Guinea y lo hice con un propósito muy claro en mi mente: poner el foco de mi fotografía documental y humanitaria para recoger la historia de uno de los muchos ex niños soldado que aún viven su traumático recuerdo en absoluto silencio. Algo que, tras muchas jornadas de búsqueda y gracias al espíritu de escucha del Proyecto Voice, conseguí llevar a cabo entre un sinfín de lágrimas compartidas. Durante los primeros días en el terreno, visité el primer orfanato del país en la localidad de Port Loko. Allí comprendí que la educación es la única herramienta capaz de romper estas dinámicas destructivas. "Para alentar revoluciones de amor, no de sangre, hay que formar ciudadanos libres que sean críticos." Menelik y su hija Nala de Sierra Leona Testigos de la guerra: Víctor y José Luis. Poco después me encontraba en Makeni. Allí conocí a Victor Mosele, un misionero javeriano nacido en Italia con casi treinta años de duras vivencias en Sierra Leona. Entre sus múltiples experiencias se encuentran dos capturas por parte de los rebeldes del Frente Revolucionario Unido (RUF) durante la sangrienta guerra civil. Aún conservo sus memorias con el mismo respeto y cuidado que me las regaló. Antes de su primera captura en 1996, Víctor estaba a cargo de treinta y tres escuelas que acogían a más de seis mil alumnos. El dato más desgarrador es que algunos de esos mismos estudiantes estarían, poco después, entre sus propios captores. Niños entrenados a la fuerza para luchar en guerras que jamás fueron suyas. No muy lejos de Víctor se encontraba mi buen amigo José Luís, un misionero agustino recoleto, navarro de los pies a la cabeza. Junto a él y su comunidad pasé siete maravillosos días. Gracias a su hospitalidad descubrí un poco más la profunda historia que guarda este país y, de paso, logré recuperar varios de los kilos que había perdido durante el año y medio de intenso pedaleo que hasta entonces llevaba recorriendo el continente africano. APOYA NUESTRO PROYECTO DE EDUCACIÓN INFANTIL "ALAS PARA EL FUTURO". El motor de esta web y de mi trabajo fotográfico va mucho más allá del arte: busca transformar vidas. A través del proyecto Alas para el Futuro, coordinamos y financiamos la escolarización de niños y niñas en la comunidad de Banan (Battambang, Camboya). Tras el doloroso cierre físico de Human Gallery en agosto de 2025 debido al conflicto armado fronterizo, el proyecto sigue adelante gracias al compromiso personal y, sobre todo, a ti. Hoy, Alas para el Futuro se financia íntegramente a través de la venta de mis fotografías en esta web y de tus donaciones online. La pobreza extrema genera realidades inimaginables para estos pequeños. Si quieres unirte y cambiar su futuro, tienes varias formas de colaborar: Compra una fotografía en nuestra tienda online: Cada imagen que vistes en tu hogar se traduce en educación. Haz una donación online: Cualquier aportación suma directamente a su escolarización. Si puedes y deseas apoyarnos, tanto nuestros niños como yo, te estaremos eternamente agradecidos. ¡Tu ayuda vuela alto!
- El precio de la Libertad: Mi último interrogatorio por terrorismo en Sierra Leona
Y conseguí entrar en Liberia, sí, pero para ello tuve que sufrir la humillación de otros. Tenía pensado salir del centro Don Bosco, del que es responsable mi amigo Ubaldino, a primera hora de la mañana. Sin embargo, decidí retrasar la partida y dar prioridad a escribir en el blog lo que había sucedido en mi primer intento de abandonar Freetown, ya con el visado de Liberia en mi pasaporte. Había dado mi palabra al “boss” y a varios oficiales de que haría saber al mundo los métodos que utiliza la policía en esta ciudad, y no podía fallar. En medio del breve escrito me avisaron de que una persona del consulado español me esperaba al final del largo pasillo. Mr. Arnold, como se presentó, era un sierraleonés de la ciudad de Bo que ejercía como representante del consulado. Hablaba un perfecto inglés pero ni una sola palabra de español, lo que me sorprendió bastante. Sentado en uno de los sofás junto a Tomás, un misionero indio del centro, escuchó mi frustración: —Hoy no me hacéis falta— le dejé claro con rabia—. Fue ayer, cuando iniciaron este absurdo interrogatorio por terrorismo, cuando os necesité. No hoy— zanjé. —Cuando entraste en Sierra Leona tenías que habernos llamado para informarnos de que estabas en el país— fue su única respuesta. Minutos después me entregó un papel de no más de ocho centímetros, cortado y escrito a mano, con dos teléfonos a los que llamar en caso de un nuevo problema. Haciendo el mínimo ruido para no despertar a quienes me habían tendido la mano durante la semana, abandoné el centro y puse rumbo a la comisaría central. Quería recoger el escrito oficial que la víspera le había solicitado a Samuel Kargbo (D/ Supt. de C.I.D.), el jefe de la sección. Al llegar, los despachos de los oficiales estaban cerrados, pero no el suyo. Toqué la puerta y su vaga voz me dio permiso para entrar. —Buenos días— le dediqué con respeto pero sin ninguna gana. —Vengo a recoger el escrito que os solicité ayer—. —No lo han preparado y no lo puedo firmar. La gente ha salido a comer y yo no lo voy a escribir— soltó con desgana. Me percaté de cómo se las gastaban algunos caraduras en esa comisaría. Al ver que se tumbaba de nuevo en el sofá, salí de allí cerrando la puerta, no sin antes guardarme un papel donde anotó su nombre, cargo y un número de teléfono que, por desgracia, usaría en varias ocasiones en la ruta hacia Liberia. La avería de Libertad y la paranoia policial. Me había quedado claro que las autoridades en Sierra Leona estaban en alerta máxima y que cualquier “intruso” con un tono de piel más claro que el de ellos podía convertirse en sospechoso en décimas de segundo. Decidí empujar a mi compañera por las calles menos transitadas, aquellas donde los sabuesos policiales no buscaran víctimas fáciles. La idea evitó un nuevo arresto, pero el rodeo me retrasó considerablemente. Es imposible camuflarse: un blanco con semejante bicicleta por las estrechas callejuelas de una ciudad masificada siempre es el centro de todas las miradas. Casi tres horas y media más tarde logré salir de aquella maldita capital. Libertad seguía cargando con el material necesario para el proyecto, ni un gramo más, pero yo le endosé una buena "kilada" extra. Me había echado encima un amasijo de rabia, incertidumbre y desconfianza que sabía me acompañaría durante muchos kilómetros. Tenía que encontrar la fórmula para sustituir esos innecesarios kilos por gramos de esperanza. Complicada tarea en una bicicleta y con casi seiscientos kilómetros por delante hasta el siguiente respiro. Para colmo, mi compañera había enfermado seriamente tras los duros días de pedaleo por los caminos del noreste. Aquellas pendientes empedradas, los ríos y los lodazales que cubrían mis rodillas habían deteriorado los rodamientos. Los ruidos en la parte trasera me lo advertían y, pocos kilómetros antes de entrar en Waterloo, mi infatigable amiga se vino abajo en el peor momento. Parado a un lado del asfalto, con la desesperación como bandera, miré al cielo: —¿Qué estoy haciendo mal?— grité con la cabeza alta. A mi derecha, un grupo de jóvenes observaba mi reproche en silencio, inmóviles. Fue la primera vez que agradecí la impasibilidad de alguien en este país. En ese instante, una motocicleta se detuvo. —¿Tienes algún problema?— me preguntó un sargento llamado Francis, vestido con traje de camuflaje. Francis y Joseph después de solucionar los problemas de Libertad —Big problem, friend— le respondí, conteniendo el aliento—. Mi bicicleta se ha roto y no puedo pedalear. —Voy al pueblo y regreso con un mecánico— respondió, y se marchó como alma que lleva el diablo. No habían pasado cinco minutos cuando vi acercarse desde el otro lado de la carretera a otro policía, este caminando y con un arma larga colgada del hombro. Sin pedirme el pasaporte ni mediar palabra, fue directo al grano: —Tienes que acompañarme a la comisaría para hacerte un examen de seguridad—. —Me han retenido ya varias veces en Freetown y me han revisado de arriba a abajo. Todo está en regla. Por favor, mi bicicleta está rota— le respondí con nerviosismo, ofreciéndole el papel con el teléfono de Samuel Kargbo. De nada sirvió. Estábamos inmersos en un tenso tira y afloja cuando, por fortuna, Francis regresó con el mecánico. El sargento intercedió de inmediato, ordenando al policía armado que se retirara: “Este hombre tiene un grave problema y le vamos a ayudar. Sé que tiene todo en regla”. Francis me pidió que lo esperara en el primer cruce tras pasar el puente, pero tras una hora de tensa espera en un punto estratégico, el sargento no aparecía y el policía hostil regresó con refuerzos para arrastrarme a la comisaría de Waterloo. Allí comenzó otro absurdo escrutinio donde el sargento al mando llegó a preguntarme si mi nacionalidad era coreana. Tras una llamada tensa a Samuel Kargbo, me dejaron "libre". Al salir, Francis me tocó la espalda y me tendió la mano con culpa: “Te estaba esperando en el otro extremo del cruce”, se justificó. Acepté su ayuda y caminamos hacia el taller de su amigo Joseph, quien con martillo en mano fabricó una arandela artesanal para los rodamientos traseros. Duraría poco, lo sabía, pero me permitió volver a montar y pedalear como un loco para salir de allí. Humillación en el cuarto oscuro de Joru: Un nuevo interrogatorio por terrorismo. Los días pasaban en un silencio absoluto. Solo hablaba al atardecer para solicitar permiso para acampar dentro de las escuelas y librarme de las trombas de agua nocturnas. Mi sonrisa se había transformado en desconfianza. Waterloo, Masiaka, Yonibana, Bo, Blama y Kenema quedaron atrás con mi cámara de fotos prácticamente apagada; no tenía intenciones de escuchar a nadie. A duras penas llegamos a Joru, adentrándonos en una intratable pista enfangada donde los camiones quedaban atrapados durante días. Se estaba cociendo el verdadero motivo de este escrito. Podía olerlo. Uno de los kamikazes en las intransitables pistas de Sierra Leona Luchando contra el barro y las pendientes en Sierra Leona La tranquilidad como compañera durante los últimos días en el norte de Sierra Leona Al llegar a un puesto de control en mitad de la nada, me esperaban casi media docena de agentes. Unos uniformados y otros de paisano. Tipos aburridos en un puesto remoto que vieron en un ciclista extranjero la oportunidad perfecta para ejercer su impunidad y divertirse a mi costa. El pretexto, cómo no, era el protocolo antiterrorista dictado por su gobierno. —Te vamos a hacer un interrogatorio por terrorismo además de un chequeo completo a tu equipaje— me aclaró el oficial al cargo. Me obligaron a meter todo el material en una pequeña habitación trasera para ocultarlo de las miradas de la pista. Dentro no había luz; solo una vieja mesa, una silla, una moto rota y una linterna china colocada de pie sobre el tablón, proyectando sombras siniestras en el techo que convertían la escena en algo realmente macabro. Tras tres horas de registro minucioso donde revisaron hasta la jabonera sin encontrar absolutamente nada, la frustración de los agentes se transformó en hostilidad. —¡Desnúdate!— me ordenó el oficial. Me quité la ropa bajo la atenta mirada de los seis individuos apoltronados en las sombras. Después de otra serie de hostiles preguntas, el oficial me pidió que diera una vuelta sobre mí mismo y me agachara. Filtré la humillación con sarcasmo: “You’re crazy”, les dije. Fue entonces cuando el más chulo de todos, un agente joven de paisano, quiso quebrarme por completo. Se levantó de la silla, se colocó a mi lado y, con una sangre fría espantosa, apagó su cigarrillo encendido directamente sobre el empeine de mi pie derecho. El dolor fue agudo, abrasador. Sostuve la mirada, filtré la quemadura durante unos segundos eternos para ponerme completamente de pie, y le dije al oído con una voz que le heló la sangre: —Como me vuelvas a tocar, te mato—. Se lo dije en un perfecto español, pero la vibración de mis palabras la entendió como si fuera su propia lengua. Se sentó de golpe, intimidado. Miré al sargento a los ojos, me di la vuelta, recogí mi ropa de la mesa que había detrás mío y salí de aquella habitación completamente desnudo, sin que nadie se atreviera a respirar. En el porche me vestí, pinché la ampolla que se había formado en mi empeine, cargué las alforjas en Libertad y salí cojeando de la comisaría en mitad de la noche más oscura de mis días en Sierra Leona. Mostrando el dedo corazón al viento, me alejé de la vista de aquella gente para adentrarme, sin prisa, en aquél oscuro camino hacia no sabía donde. Aquella noche no llovió, pero tampoco dormí. La pasé en vela, intentando convencerme de que el ser humano aún merecía la pena y buscando las fuerzas necesarias para pedalear los últimos kilómetros hasta la frontera de Liberia. El agua, una constante en el norte de Sierra Leona Entrada al Parque Natural de Gola en Sierra Leona Una de las tantas visitas a las escuelas en la vuelta al mundo en bicicleta La dualidad del camino. El viaje nos expone a lo mejor del ser humano, pero también a la cara más oscura del abuso y la impunidad. Mantener intacto el propósito de luchar por los derechos de los más vulnerables se vuelve una tarea titánica cuando el propio camino te golpea con tanta crueldad. Esta crónica es una de las más duras de mi cuaderno de bitácora, y abrir este espacio de debate me ayuda a procesar lo vivido. ¿Cómo crees que se puede gestionar psicológicamente el miedo y la injusticia en mitad de una aventura en solitario? ¡Gracias por no dejarme solo en esta ruta!
- Arena roja y uniforme de gala: Visitando escuelas en Sierra Leona
Llegué a la escuela en domingo, a última hora de la tarde… Como suele suceder cuando alcanzo estos centros una vez finalizadas las clases, me encontré con varios niños jugando al fútbol en un improvisado campo de arena. Les pregunté por el director con la idea de pedirle permiso para pasar la noche en una de las destartaladas y polvorientas aulas: todo un lujo. Hacía más de dos meses y medio que las fuertes lluvias tropicales nos acompañaban en ruta y se hacía imposible acampar al raso sin un techo de fina chapa donde resguardarnos. Algunos de los niños salieron corriendo sin apenas haberme dado tiempo a terminar la frase. Minutos después, cómo no, mi buen amigo Abubakar llegaba con una gran sonrisa y un crecido escuadrón de chicos y chicas detrás de él. Por supuesto, me dio permiso para aquella noche y para las que me hicieran falta. Me lo confirmó mientras me invitaba a tomar, como buen anfitrión musulmán, un té caliente. Charlamos un buen rato, principalmente sobre la durísima situación de las familias de la zona. Frente a nosotros, un sinfín de niñas y niños llegaban de todos los rincones del pueblo; la noticia de que un hombre blanco con una gran bicicleta estaba en el colegio, corrió como la pólvora. Todos escuchaban sentados a nuestro alrededor, sobre la roja arena y sin interrumpir la conversación. La mayoría no le quitaba ojo a mi compañera de ruta, Libertad, y a su abultado equipaje. Fue entonces cuando Abubakar me pidió que al día siguiente, antes de continuar mi camino, les explicara a los chavales desde dónde venía pedaleando y el motivo de mi viaje. —Si a mí me impresiona, a ellos mucho más— me dejó claro. —Amigo mío, pero mañana es lunes y es festivo para vosotros— le dije, a la vez que aplaudía su iniciativa. —No es problema. Mañana vendrán todos los niños encantados para escucharte— me respondió con total seguridad. Y así fue. Uno de mis momentos preferidos en la vuelta al mundo, las visitas a las escuelas La realidad de la educación en Sierra Leona. Habíamos quedado a las ocho de la mañana, pero una hora antes ya tenía cerca de una veintena de silenciosos niños pegados a una de las ventanas, mirando a través de los pequeños huecos cómo recogía mi tienda de campaña. Fuera, pegado a la descuadrada puerta, un cubo grande con agua me daba los buenos días: sin solicitarla me habían preparado la ducha. Esta era una parada fundamental dentro del propósito de mi vuelta al mundo en bicicleta con el Proyecto Voice. En países como este, conocer de primera mano la realidad educativa es un bofetón de realidad. Las estadísticas oficiales suelen hablar de que cerca del 70% de los niños logran iniciar la educación primaria en escuelas de Sierra Leona, pero la realidad sobre el terreno es mucho más descarnada: el abandono escolar es masivo debido a la pobreza extrema, la necesidad de mano de obra infantil en el campo y la falta de infraestructuras básicas. Ver el porcentaje tan alto de menores que no están escolarizados —o que apenas pueden asistir de forma intermitente— te hace comprender el valor titánico que tiene cada aula en pie. Por eso, la sorpresa de aquella mañana fue mayúscula. A pesar de ser un día festivo, todos los chicos y chicas acudieron puntuales a la escuela vistiendo sus uniformes de gala, impecables dentro de la humildad del entorno. Para ellos, mi visita era un honor absoluto, por ello todos querían salir guapos en las fotografías. El bálsamo tras los humillantes interrogatorios policiales. Aquella calidez humana era el bálsamo que mi alma necesitaba desesperadamente. Venía de Freetown, la capital, donde se había iniciado una extensa y dolorosa lista de humillantes interrogatorios policiales a los que fui sometido por todo el territorio. Las autoridades locales me miraban con sospecha, hasta el punto de retenerme e interrogarme una y otra vez bajo acusaciones delirantes de espionaje o vínculos terroristas con facciones como Al Shabaab. Mi motivación se había mermado considerablemente por la tensión de sentirme perseguido en cada puesto de control. Sin embargo, la parada en este centro, la hospitalidad de Abubakar y la luz en la mirada de sus alumnos, consiguieron elevar mi energía y recordarme el sentido real de este viaje. Pocos días después, con el peso de nuevos interrogatorios policiales a las espaldas, pero con el corazón lleno por los niños, cruzaba la frontera con Liberia. Recordando mis vivencias visitando escuelas en Sierra Leona. Impulsando la educación en la ruta. A través del Proyecto Voice y nuestras actuales acciones con Alas para el futuro en Camboya, trabajamos de forma directa para proteger y apoyar la escolarización y el desarrollo de los niños en las comunidades más vulnerables. Cada fotografía y cada crónica busca dar voz a quienes a menudo no la tienen. Tu colaboración en este cuaderno de bitácora es vital para que este mensaje llegue más lejos. ¿Qué opinas sobre el esfuerzo de estas comunidades por acudir a la escuela incluso en días festivos? Comparte esta entrada para ayudarnos a visibilizar su realidad. ¡Gracias por pedalear con nosotros!
- Historias humanas en Sierra Leona: La mirada de Joseph
El aplicado Joseph, siempre con un libro en las manos Hay lugares en el mundo donde la infancia no se mide en juguetes, sino en la capacidad de resistencia. Sierra Leona es uno de ellos. Llegar a Port Loko en bicicleta implica arrastrar el polvo del rojo camino, pero también abrir los ojos a realidades que te desarman en cuestión de segundos. Fue allí, entre las paredes gastadas de un pequeño orfanato local, donde pasé tres días que se me quedaron grabados a fuego. Tres días en los que comprendí que las cicatrices de un país no solo están en su historia, sino en los ojos de aquellos que la sufrieron. Allí conocí a Joseph. Joseph tiene apenas ocho años, pero carga a sus espaldas con una biografía que quebraría a cualquier adulto. Cuando apenas era un bebé de dos años, su padre lo abandonó, dejando a su madre sola y sin recursos al cargo del pequeño. Por si el desamparo no fuera suficiente, la tragedia volvió a golpear con crueldad al año siguiente: su madre falleció, dejando a Joseph completamente huérfano en medio de un mundo que no suele dar segundas oportunidades. A pesar de la tormenta que ha sido su corta vida, cuando hablas con él, rápidamente entiendes que Joseph prefiere aferrarse a la luz. Si le preguntas qué es lo que más le hace feliz en este mundo, te lo resume con la pureza de un niño: le encanta comer pollo con arroz —un lujo extraordinario en estas latitudes—, pintar con tiza en la vieja pizarra de la clase del orfanato y, por encima de todo, jugar a las canicas con sus amigos. Cuando mira al futuro, sus ojos brillan con una determinación asombrosa: de mayor quiere ser profesor. Quiere enseñar, devolverle al mundo algo de la estructura que a él le fue negada. Descubriendo realidades e historias humanas en Sierra Leona. Sin embargo, como fotógrafo y viajero, uno aprende a mirar más allá de las palabras. El verdadero retrato de Joseph se dibuja en los detalles cotidianos, en esos gestos invisibles que captas cuando te sientas en un rincón a observar cómo transcurre la vida en el orfanato. A la hora de la comida, Joseph no come; devora. Traga como si no hubiera un mañana, como si el plato que tiene delante fuera el último que va a ver en su vida, un instinto primario que delata los años de carencias pasadas. Su generosidad, y su necesidad, conviven de una forma conmovedora: es el primero en recoger de manera voluntaria los platos de los demás chavales para llevarlos al fregadero, pero en el trayecto, sus dedos rápidos y precisos rescatan con mimo cualquier grano de arroz que sus compañeros hayan dejado olvidado. No se puede desperdiciar nada. La comida es vida. En cuanto el estómago está lleno y tiene un rato libre, si no está haciendo rodar las canicas por la tierra, Joseph busca un libro. Da igual el tema o si es un manual escolar desgastado; ojea cada página con una curiosidad insaciable, devorando las letras con la misma hambre con la que limpia los platos. Es un niño magnético. Los demás chavales del orfanato le adoran, lo buscan, se contagian de su energía. Una energía que, a veces, simplemente se agota por el peso de la supervivencia: es capaz de quedarse profundamente dormido de pie, apoyado contra una pared, vencido por el cansancio físico de un cuerpo que aún está creciendo en un entorno hostil. Documentar estas historias humanas en Sierra Leona es, sin duda, la parte más dura y a la vez más valiosa de mi viaje en bicicleta por el mundo. Joseph es el vivo ejemplo de la resiliencia africana. Un niño abandonado por el destino que, sin embargo, sueña con tizas, pizarras y un plato de arroz, mientras regala alegría a quienes le rodean. A veces, para cambiar el mundo, solo hace falta la fuerza de un niño de ocho años que se niega a rendirse. La lección de Port Loko. Pasar tres días en el orfanato de Port Loko me demostró que, a menudo, quienes menos tienen son los que nos dan las mayores lecciones de dignidad y vida. Joseph sueña con ser profesor y educar a las próximas generaciones de su país, recordándonos el poder transformador de la esperanza. Estas crónicas cobran todo su sentido cuando abrimos debates reales sobre las realidades que a veces preferimos no mirar. ¿Cómo crees que podemos, desde la distancia o el conocimiento de estas realidades, apoyar el futuro de niños como Joseph? ¡Gracias por pedalear a mi lado!
- La fuerza de un deseo: Mi encuentro con Oishi en el desierto de Thar | Rajasthan, India
Había visitado La India en varias ocasiones, pero esta iba a ser mi primera vez en el Estado de Rajasthan. Lo haría montado sobre una bicicleta cargada hasta la saciedad, con doce dólares en el bolsillo y, como siempre, la pasión y el deber por bandera. Tan solo hacía cinco meses que había iniciado la vuelta al mundo, lo que me convertía en un auténtico novato en este universo del "ciclo-nomadismo", pero la intuición me decía que debía adentrarme en el mágico desierto de Thar. Y acertó. El desierto me regaló a Oishi. Oishi: 13 años de edad. Rajasthan, La India. Años después sigues empujándome en los momentos difíciles Era octubre de 2010 y hacía tres semanas que había aterrizado en La India. Volaba "por obligación" desde Estambul, después de que el personal de la embajada de Irán en Ankara me informara de que las fronteras terrestres de Pakistán se encontraban cerradas por orden gubernamental. La Embajada de Siria me había negado el visado, y eso que mi solicitud iba acompañada de una carta de recomendación de la Embajada de España; la misma que me había desaconsejado continuar mi viaje por Armenia, Georgia, Kazajistán, Uzbekistán y Tayikistán porque el invierno se me echaría encima con graves repercusiones. Rumbo a las puertas del Thar, en Rajasthan. Después de unos días callejeando por la vieja Delhi, salí rumbo al fascinante, caliente, extenso y árido desierto de Thar. Seguía adelante con el proyecto personal que me animaba, día tras día: la recogida de los trescientos sueños en forma de dibujos que me había propuesto cargar en la bicicleta durante la primera parte de mi periplo alrededor del mundo. Si la responsabilidad de cargar con las ilusiones de todos esos niños y niñas era, cuanto menos, excitante, el descubrir, fotografiar y compartir cientos de historias humanas hacía que todo el desgaste, el hambre, el frío y el calor merecieran la pena. Tras varios días de pedaleo por las caóticas carreteras del norte de India, alternando pistas con asfalto, llegué a la mágica ciudad de Bikaner. Estábamos a las puertas del desierto y los nervios controlados comenzaban a aflorar. El Thar iba a ser el primero de los tres desiertos que atravesaría durante mis primeros cuatro años de viaje. Allí, en Bikaner, conocí a Ujual, un chico de veintidós años que se acercó a mí con respeto pero con las pupilas como platos al verme sobre semejante bicicleta. Acababa de entrar en la ciudad y era la primera y única parada que realizaba. Ujual, fiel a la hospitalidad india, me invitó a su casa para conocer a su familia. Con ellos pasé tres maravillosos pero agotadores días en los que visité dos escuelas y la estación de tren. Incluso me dio tiempo a callejear junto a él por la zona vieja de la ciudad, descubriendo los entresijos de la vida local. Adentrándome en la inmensidad del desierto. Siempre intentaba recoger los dibujos en las zonas más alejadas, esas a las que a buen seguro nadie se desviaría para hacerlo, y menos aún montado en una bicicleta. Así que salí de Bikaner con la esperanza de poder acercarme lo máximo posible a la frontera con Pakistán, pero con la certeza de que, en algún momento, podría volver a tomar la carretera nacional que me llevara a Jaisalmer. Ujual me había ayudado a preparar la ruta para los siguientes días, sin dejar de insistir en que lo que pretendía hacer era una locura. Pero uno de los componentes de la aventura es la adrenalina, y yo, en esos momentos, estaba sobrado de ella. De Kalasar hasta Akasar para enlazar la carretera 37 hasta Kolayat, donde sabía que podía hacer la primera parada. Sabía que a pocos kilómetros iba a atravesar un canal donde podría cargar agua. Seguí por la 37 hacia Goru y de ahí hasta el cruce de Ranjeetpura. Me encontraba justo en el eje de la frontera pakistaní y el canal de agua, así que en cierta medida estaba tranquilo. De ahí en adelante quedaría en manos de las almas que encontrara en el camino. El monzón había pasado y no tendría problemas en ese sentido, pero el sol atizaba con fuerza. La siguiente parada sería en Radhakisthan, donde esperaba poder pasar la noche. El desierto es mi lugar preferido de entre todos los rincones que he tenido la suerte de pisar a lo largo y ancho de este maravilloso planeta. Ahí estás tú contigo mismo. Nada te distrae. El intento de engaño no sirve de nada. El ego no te va a salvar; más bien todo lo contrario. Estás tú, tu motivación y la energía que hayas reservado previamente. La más mínima ingenuidad te pasa factura, de las caras y con propina. Ahí el aire te seca las neuronas. Un oasis humano en Raichandwala. Me había quedado sin agua. Calculaba que llevaba más de dos horas sin mojar el reseco paladar y la preocupación era real. Sabía más o menos dónde me encontraba, pero no tenía ni idea de cuándo iba a encontrar a alguien. En esos momentos me acordaba de las historias que varios amigos subsaharianos me habían contado en España antes de iniciar mi viaje: odiseas sufridas para llegar a alcanzar la inhumana valla que separa África de España. Fue entonces, mientras pedaleaba la complicada zona de Raichandwala, cuando conocí a la joven Oishi, protagonista de esta historia y responsable directa a la hora de aupar mi motivación en los muchos y difíciles momentos que llegarían durante el resto de mi viaje. La preocupación estaba en uno de los puntos más altos cuando, a lo lejos, en el lateral izquierdo, intuí una construcción que se convertía en realidad según avanzaba. No era ningún espejismo. La casa era pequeña y la arena se había apropiado de una gran parte de ella. No vi a nadie, pero obviamente paré. No había puerta de entrada y accedí saludando en voz alta. Un gran cántaro de agua, medio lleno, formaba parte de la sencilla decoración. Salí para coger los cinco botes que cargaba sin líquido y, en ese momento, llegaron Mota y Khiraj, dos hermanos. Aún no había llenado el primer bote cuando les pedí permiso para continuar con los otros cuatro. Mota se acercó para ayudarme mientras Khiraj examinaba la bicicleta, sin llegar a creer lo que sus ojos veían. A los pocos minutos llegó Babu, el padre, con un cántaro enmohecido de varios colores cargado sobre su hombro. El sudor del hombre delataba que había caminado mucho tiempo con el agua a sus espaldas, lo que le daba aún más valor. Me obligaron a descansar y acepté. Si algo me han enseñado mis viajes es que la vida siempre te indica dónde está la línea roja. Es el ego y tu control sobre este quien te hará cruzarla o no. El dolor frente a la ilusión de un sueño. Aproveché el descanso para ofrecerles a Mota y Khiraj la posibilidad de dibujar su sueño. En Delhi habían publicado en el periódico un reportaje sobre mi viaje y lo cargaba en la bicicleta como medio para que la gente entendiera la razón de mi ruta. Se lo entregué al padre, pero ninguno sabía leer. Fue cuando saqué el resto de dibujos que otros menores me habían entregado hasta ese día cuando entendieron mi propuesta. Les entregué dos cartulinas en blanco y extendí las pinturas sobre un camastro que había en la entrada. Pronto comenzaron a dar color al papel. Mientras, Babu me indicaba sobre el mapa la ruta hacia Jaisalmer, mirándome a los ojos con cierta preocupación. En ese momento, vi a lo lejos a alguien que se acercaba desde una zona de pequeños arbustos. Era Oishi. Llegaba con los dedos de las manos distanciados entre sí, como si algo les impidiera unirse, y una increíble luz en sus ojos. Se trataba de una buena amiga de los hermanos. Al entrar en la casa y ver todos aquellos colores desplegados, sus ojos se cargaron de una inocente ilusión: ella también quería dibujar. Saqué una nueva cartulina y, sin apenas tiempo para entregársela, giró sus manos mostrándome las palmas. Sus dedos estaban completamente hinchados y amarillos. Tenía más de quince grandes pinchos clavados, lo que le había provocado una importante infección. El dolor era tal que ni siquiera los dedos podían tocarse entre sí. Babu me explicó que Oishi trabajaba extrayendo de la arena, a mano, los arbustos espinosos que se veían frente a la casa. Trabajaba junto a sus padres, a quienes conocí poco después. Por aquellas fechas, cargaba dos pequeños botiquines en la bicicleta. Del primero saqué un cúter, unas pinzas, betadine y algodón. Los pinchos llevaban tiempo clavados y la piel los había cubierto por completo. Conseguí extraerle el primero haciendo un pequeño corte, pero al segundo intento Oishi me pidió que lo dejara. Mientras le limpiaba la herida, la pequeña no dejaba de mirar a sus amigos y a las pinturas. Para Oishi, la ilusión de trazar su sueño sobre el papel era mucho más importante que el dolor que sentía al tener los lápices entre sus dedos. Intenté retirarle la cartulina en dos ocasiones al ver el sufrimiento en su rostro, pero no hubo forma. Sus ojos mostraban un dolor real, pero también una determinación inquebrantable. Ella sabía mejor que nadie dónde estaba su línea roja y si debía cruzarla o no. ¿Quién era yo para ponerle límites? Una hora y media después, Oishi se acercó a mí ofreciéndome su dibujo, acompañado de una mirada cargada de humildad, ilusión y plena satisfacción. ¡Qué lección! Decidí no pasar la noche allí porque tenía la certeza de que, por la mañana, me costaría una barbaridad despedirme de ellos, especialmente de la pequeña Oishi. Agradecido de habernos cruzado en el camino. Historias que transforman el camino. A lo largo de esta vuelta al mundo en bicicleta, he aprendido que los maestros más grandes no se encuentran en los libros, sino en los rincones más inesperados del planeta. La fuerza y la dignidad de la pequeña Oishi es un recordatorio constante de por qué sigo pedaleando y documentando las realidades de este mundo. El viaje continúa y estas crónicas cobran vida cuando las compartimos. Me encantaría saber qué te ha transmitido esta historia. ¿Qué reflexiones te despierta la increíble determinación de Oishi frente a su realidad? ¡Gracias por formar parte de este viaje humano!
- La emoción en estado puro: Mi encuentro con Marita en la Fundación Vicente Ferrer | India
Llevaba pedaleados en India algo más de 3.500 kilómetros. Me encontraba en el sur del país y la idea era visitar la Fundación Vicente Ferrer, una organización española que trabaja desde hace más de cincuenta años con los más desfavorecidos en el Estado de Andhra Pradesh. Llegué a la Fundación de noche, sin luces y sin que nadie me esperara allí, porque no había avisado de mi visita con anterioridad. No pasaron muchos minutos hasta que Ana, la maravillosa mujer de Vicente, se me presentó dándome la bienvenida a Anantapur, ciudad donde está ubicada la central de la organización. Vicente, marido de Ana y fundador de esta gran historia, fue, es y seguirá siendo una de las personas en las que baso muchos de mis valores y principios. Él fue y sigue siendo un ejemplo para millones de personas. Un año antes de mi llegada, Vicente había fallecido entre la más absoluta admiración del pueblo indio y de medio mundo. —Perdona por haber llegado un año tarde— le dije a Ana. —Nadie sabía lo que iba a suceder. Lo importante es que estás aquí y vas a poder conocer el legado que Vicente nos dejó— sentenció. Por aquel entonces yo tenía un blog, sencillo pero con mucha aceptación, donde escribía sobre mi día a día de la vuelta al mundo. Susana, una de mis buenas amigas en España y fiel seguidora, se enteró a través de las publicaciones de mi inminente visita a la Fundación y rápidamente me escribió un correo pidiéndome un gran favor: Joseba, desde hace cinco años tengo apadrinada a una niña de la Fundación Vicente Ferrer. Su nombre es Marita. Cada año me envían una felicitación acompañada de un dibujo hecho por ella. También me envían puntualmente fotografías para ver su evolución, pero me haría mucha ilusión saber qué tal está, cómo es su día a día y si es feliz con su familia. Por favor, ¿puedes hablar con quien corresponda en la Fundación para ver si puedes visitar a Marita y su familia, y contarme cómo es?”, decía claramente en el correo. Aquella primera noche en Anantapur le expliqué a Ana el favor que me había pedido mi amiga. —Has llegado en bicicleta hasta aquí y lo mínimo que puedo hacer por ti es lo posible para que conozcas a la niña y le des tu impresión a Susana— me respondió Ana. Por la mañana, a primera hora, uno de los guías de la Fundación pasó a buscarme para llevarme a conocer a la pequeña y feliz Marita. El guía hablaba perfectamente español y, a la vez que conducía el 4x4, me iba explicando cómo es la vida en aquella zona de India, el segundo Estado más seco del país y uno de los más pobres. —Marita vive con su familia a unos cien kilómetros de la Fundación, pero es uno de los viajes que más me gusta hacer porque la gente de esa zona es increíblemente amable y hospitalaria— me dijo el conductor con cierto grado de emoción. Jamás olvidaré aquel día. Era la séptima vez que visitaba India, pero nunca antes había sentido la emoción de una experiencia similar en el país. Y puedo decir que tengo muchas vividas y bien conservadas en el corazón… Llegamos a media mañana a la aldea. Antes de entrar, le pedí al guía que parase un momento en la carretera porque necesitaba serenarme. La emoción había formado un nudo en mi garganta que necesitaba deshacer. Me bajé del coche y descargué los sentimientos que me tenían bloqueado desde la salida. Marita era la razón de esta profunda historia y no podía permitir que mis lágrimas le arrebataran el protagonismo. Desde el mismo momento que cruzamos frente a la primera casa, pude sentir que todo el pueblo nos estaba esperando. El guía me indicó con el dedo cuál era el hogar de Marita. Conté seis casas al lado de la de la pequeña. En el centro de todas ellas había un espacio libre, como un lugar de juego y socialización para las familias. Allí se detuvo el vehículo. Enfrente nos esperaban varias decenas de personas, pero no conseguí localizar a Marita de inmediato. La emoción era tal que le pedí a mi compañero que me diera unos segundos antes de bajarme. De repente, vi a una niña hermosísima acercarse a nosotros. Era Marita. En sus manos tenía dos collares hechos a mano con multitud de flores de colores. En el suelo, sobre la arena, cientos de pétalos me daban la bienvenida: "Welcome Joseba", se leía con absoluta claridad. Aún no me había bajado del coche porque me temblaban demasiado las piernas. Las lágrimas, en vez de paralizarme, me animaron a abrir la puerta y abrazar a Marita como si se tratara de mi propia hija. La pequeña me abrazó como lo hubiera hecho con mi buena amiga Susana. ¡Qué momento! Después de más de un minuto de sincero abrazo, Marita me cogió de la mano y me llevó hasta la puerta de su casa para presentarme a sus padres y otros familiares, que se encontraban igual o más emocionados que yo. Fue un momento único. Me atrevo a confirmar que se trataba de uno de los instantes más conmovedores que había vivido desde que salí de España hacía ya más de seis meses. Una vez hube abrazado al resto de la familia —algo inusual en India—, comenzaron a acercarse los vecinos del pueblo. Niños y mayores se sumaban al encuentro después de colgarme del cuello más y más collares coloridos. Le pedí al guía que les tradujera unas palabras de agradecimiento, pero también que les dijera que yo simplemente era un amigo de Susana, y que era ella quien estaba haciendo posible un cambio en la vida de Marita y su familia. La Fundación Vicente Ferrer, entre otras muchísimas cosas, construye casas para miles de familias, y la de la pequeña era una de las tantas beneficiarias. Me enseñaron la vivienda que habían convertido, con mucho amor, en un gran hogar. Se trataba de una familia feliz. Realmente feliz. Marita es hija única —al menos por aquel entonces—, pero como dijo ella, todos los niños de la aldea eran sus hermanos. Fundación Vicente Ferrer. Junto a Marita y sus padres en su hogar Estuvimos algo más de una hora en la casa, recibiendo las ofrendas de todo el pueblo que, emocionado, se había acercado a conocer al hombre que llegaba en nombre de las miles de personas que desde España apoyan su causa. Estas fueron palabras textuales del guía. Visitamos la escuela donde estudiaba Marita. Allí nuestra visita también fue una fiesta; el colegio al completo nos esperaba impaciente. Nos recibieron con un baile típico de la zona y más flores que tuvimos que cargar en el 4x4 porque ya no nos cabían alrededor del cuerpo. Marita junto a algunas de sus compañeras de clase De la escuela, siempre de la mano de Marita, visitamos el pueblo y regresamos al hogar de la familia. Allí comimos y pasamos una tarde increíblemente maravillosa. Fotos y más fotos, sonrisas y más sonrisas de agradecimiento. Complicidad a raudales… Por aquel entonces, una parte importantísima de mi proyecto consistía en recoger los sueños de trescientos niños y niñas a través de sus propios dibujos. Los fui recopilando, uno a uno, en cada país que visité entre España y Vietnam, donde finalizaba la primera parte de esta vuelta al mundo por los Derechos Humanos a la que, muchos años después, continúo entregado en cuerpo y alma. Obviamente no podía marcharme de allí sin el sueño de Marita, así que desplegué sobre el mismo suelo todos los lápices de colores que cargaba en la bicicleta y una cartulina en blanco, al igual que había hecho con más de un centenar de niños durante los meses previos. Marita se encargó del resto y de allí salí con su sueño dibujado en trazos llenos de vida. Marita, su sonrisa y dibujo Marita era entonces una niña feliz, realmente feliz. Una niña amada por todos los que la rodean y que aprovechó la oportunidad que le dieron para estudiar. Como alguien dijo una vez, son las pequeñas acciones las que cambian el mundo. Y tú, mi querida amiga Susana, eres un claro ejemplo de ello. Si quieres descubrir más sobre la increíble historia de Vicente y Ana Ferrer, y cómo transformaron la vida de miles de personas en Anantapur, te animo de corazón a ver su película. Historias como la de Marita demuestran que la solidaridad no tiene fronteras. ¿Te ha conmovido esta experiencia tanto como a mí? ¿Has colaborado alguna vez con un proyecto de apadrinamiento? APOYA NUESTRO PROYECTO DE EDUCACIÓN INFANTIL "ALAS PARA EL FUTURO". El motor de esta web y de mi trabajo fotográfico va mucho más allá del arte: busca transformar vidas. A través del proyecto Alas para el Futuro, coordinamos y financiamos la escolarización de niños y niñas en la comunidad de Banan (Battambang, Camboya). Tras el doloroso cierre físico de Human Gallery en agosto de 2025 debido al conflicto armado fronterizo, el proyecto sigue adelante gracias al compromiso personal y, sobre todo, a ti. Hoy, Alas para el Futuro se financia íntegramente a través de la venta de mis fotografías en esta web y de tus donaciones online. La pobreza extrema genera realidades inimaginables para estos pequeños. Si quieres unirte y cambiar su futuro, tienes varias formas de colaborar: Compra una fotografía en nuestra tienda online: Cada imagen que vistes en tu hogar se traduce en educación. Haz una donación online: Cualquier aportación suma directamente a su escolarización. Si puedes y deseas apoyarnos, tanto nuestros niños como yo, te estaremos eternamente agradecidos. ¡Tu ayuda vuela alto!
- Esclavitud moderna: Tres noches en la cantera | La India
Me encontraba en Maharashtra, un estado situado en el área central occidental de la India. Unos días antes había dejado atrás la caótica ciudad de Mumbai, donde conviví en la calle durante dos días con cuatro menores en situación de exclusión. Siguiendo la ruta de mi vuelta al mundo en bicicleta, había puesto el ojo, como casi siempre, en el extremo sur del país: concretamente en la ciudad de Kanyakumari. Pedaleando por una carretera en muy mal estado, coincidí con una familia que realizaba labores de reparación sobre el maltrecho asfalto. Varios de los trabajadores eran menores de edad. Paré durante unos minutos con la idea de preguntarles si sabían de algún lugar tranquilo en la zona donde pudiera acampar esa noche. Me indicaron que había un pequeño sendero a la izquierda de la carretera, a unos dos o tres kilómetros. Este camino me llevaría a una gran cantera, que era de donde procedían los montones de piedras repartidos por el asfalto. Allí pasaría tres difíciles días entre más de un centenar de almas sin vida, sin expresión en sus rostros y sin esperanza alguna. Esclavitud moderna Familia realizando trabajos de reparación en la carretera. Un refugio equivocado y un aviso a contrarreloj. Localicé el camino y, un poco más adelante, la cantera. La familia me había comentado que era un lugar tranquilo, lo que me hizo pensar que se trataba de una explotación abandonada o sin servicio. Pero nada más lejos de la realidad... Al llegar, coloqué a Maravilla a buen resguardo detrás de un muro natural de roca y comencé a caminar para localizar el mejor rincón que nos permitiera descansar unas horas durante la noche. Lo encontré entre un mar de piedras, grandes rocas y polvo. Con la tienda ya montada —no sin antes haber preparado bajo ella un colchón natural de pequeñas piedras para cubrir las puntiagudas rocas clavadas en el suelo—, escuché una voz. Desde lo alto de una pequeña colina de roca blanca, un hombre me gritaba mientras agitaba los brazos de un lado a otro. —“Boommmmmm boommmm, nooooo”—, me decía sin dejar de cruzar los brazos en alto. Al hacérsele imposible descender hasta donde yo me encontraba, decidí acercarme a él tanto como las grandes rocas me lo permitían. —“Boommmmmm boommmm”—, insistía el buen hombre a la par que me señalaba el camino por el que había entrado una hora antes. No habrían pasado ni cinco minutos cuando dos hombres, en un considerable estado de nerviosismo, se presentaron por uno de los laterales: —“Tienes que retirar de aquí tu tienda de campaña y la bicicleta ahora mismo. En veinte minutos va a estallar una carga de dinamita que han colocado nuestros compañeros justo aquí al lado”—, me dijeron en un buen inglés con el inconfundible acento indio. Sin tiempo para pensar, y con la ayuda de ambos, desmontamos rápidamente la tienda de campaña. Allí quedaba el colchón de piedras que con tanto esmero había preparado. El estallido y una invitación inesperada. Salimos al camino por el que había accedido y llegamos al cruce de la carretera principal, donde se encontraban más de una decena de operarios esperando la detonación. Desde allí presencié y grabé el momento del fuerte estallido. Hasta ese instante no fui consciente de que aquellos hombres, probablemente, me habían salvado la vida. La detonación no solo cumplió con su objetivo, sino que también arrancó una carcajada a cada uno de los operarios al verme saltar cual rana huyendo de su depredador. Una vez pasado el mal trago, el encargado de dar la orden de la detonación me invitó a pasar la noche en el barracón de los empleados más cualificados de la compañía. Una cena caliente y un catre de cuerda fueron más que suficientes para descansar como hacía mucho tiempo no lo hacía. A la mañana siguiente, tras escuchar los detalles del viaje que estaba realizando y ver el archivo visual que llevaba conmigo, me invitaron a acompañarles una segunda noche. Acepté la invitación. Durante el atardecer del día anterior, había visto al resto de los trabajadores llegar a sus chabolas después de su eterna jornada de trabajo; por no decir de esclavitud. Se trataba de los no cualificados. Los otros. Los sin vida. Aquellos que acostumbran a llevarse la peor parte del trabajo más duro, ese que pisotea la dignidad humana. Familias enteras con la mirada perdida y envueltas en una gruesa capa de polvo blanco. Esha, Bharati, Aruna y Kavita, esclavas en el siglo XXI, no tienen otro estilo de vida con el que poder comparar. Testigo de la injusticia a través de la fotografía documental. Aquella mañana, con la primera luz y el permiso del máximo responsable de la empresa, me subí a un viejo tractor en compañía de un chaval de no más de doce años. Khushi y su padre tenían como misión pasar el día conmigo para hacerme llegar a cada rincón de aquel cementerio en vida y ver el trabajo que desempeñaban, de sol a sol, "los otros". Esto me sorprendió sobremanera. Este tipo de empresas nunca permiten la entrada a sus instalaciones, y menos a un fotógrafo comprometido con la fotografía documental y humanitaria que viaja con un proyecto contra la vulneración de los Derechos Humanos. No permiten que nadie descubra las condiciones en las que la gente lleva a cabo sus labores diarias, más aún cuando muchos de ellos son menores de edad. Nuevamente nos encontrábamos certificando la esclavitud moderna a la que son sometidos millones de personas en el mundo. En muchos, muchísimos casos, niños en edad de ocupar su tiempo con juegos, en la escuela o simplemente dibujando sus sueños. Esto último era algo de lo que Maravilla y yo nos encargaríamos de recoger directamente de manos de algunos de ellos al anochecer, ya a su regreso de "la batalla", como parte de las dinámicas de mi Proyecto Voice. Yalitza es un claro ejemplo de la deshumanización que se está apoderando del mundo. Durante los cortos descansos que el injusto calor obligaba a realizar a aquella gente, llegaba mi turno de ayuda en la carga de los grandes remolques que arrastraban los tractores. Disha es una niña más, entre millones, a quien se le usurpan cada uno de sus derechos fundamentales. La noche se echaba encima y decidí, antes de meterme al estómago una inmerecida cena caliente, compartir momentos con aquellos niños que, por no haber llegado aún a la “edad idónea” para poder destrozarse manos y espalda cargando rocas, deambulaban por los alrededores de sus chabolas. Ya de noche, y con las explotadas familias en sus hogares, continué con la ardua labor de comprobar el día a día de sus sacrificadas vidas. Allí, junto a ellos, quedó una parte importante de mí. Se acercaba la Navidad en La India, pero no para los "sin vida". Alas para el Futuro: Educación infantil en Camboya. Detrás de cada entrada de este blog y de cada captura fotográfica, hay una misión social. Con el proyecto Alas para el Futuro, aseguramos la educación básica de un grupo de niños y niñas en la provincia de Battambang, Camboya, un lugar donde la falta de recursos golpea con dureza a los más vulnerables. Aunque la situación actual en el país es compleja y el conflicto armado entre Camboya y Tailandia nos obligó a cerrar las puertas físicas de Human Gallery, no nos hemos rendido. Actualmente, asumo la financiación del proyecto de manera personal, impulsada principalmente por las ventas de arte fotográfico en esta plataforma y el apoyo de personas solidarias. Romper el ciclo de la pobreza infantil es posible. ¿Nos ayudas a lograrlo? Adquiriendo mis fotografías a través de las galerías de esta web. Realizando una donación directa para cubrir gastos escolares. Ver crecer a estos niños con oportunidades es el mejor paisaje posible. Si decides arrimar el hombro, ¡gracias de corazón por formar parte de este viaje!







